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El traje nuevo del elector

Cada elección es una inmensa sastrería colectiva.

Fernando Ardila Patiño
Fernando Ardila PatiñoDocente universitario desde 1996, directivo de programas, estudioso de la normativa.
21 JUL 2026 - 15:41Actualizado: 21 JUL 2026 - 20:42

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Hechos recientes, en un lugar del planeta de cuyo nombre no quiero acordarme me recordaron que, en 1837, el escritor danés Hans Christian Andersen publicó El traje nuevo del emperador, una historia aparentemente infantil sobre un gobernante vanidoso, dos estafadores ingeniosos y un pueblo entero dispuesto a fingir que veía lo que no existía. Casi dos siglos después, el cuento conserva total vigencia, como si el tiempo no hiciera cambios en la conducta humana. Quizá han cambiado los telares por encuestas, los pregoneros por influenciadores, los mercaderes por consultores políticos y las plazas por redes sociales, pero el mecanismo sigue intacto: convencer a la gente de admirar algo inexistente y hacerle creer que quien lo cuestiona es ignorante, extremista o incapaz de comprender la supuesta grandeza del espectáculo. El cuento es algo así… o eso creo……..

Había una vez un reino extraordinario donde los ciudadanos se consideraban los más inteligentes del mundo, casi un milagro.

Tan inteligentes, de hecho, que jamás leían los documentos completos, nunca revisaban cifras, evitaban los programas de gobierno por razones de salud mental y obtenían toda su información política mediante videos de treinta segundos, cadenas de WhatsApp y expertos improvisados que analizaban simultáneamente economía, geopolítica, medicina, fútbol y extraterrestres. Era una sociedad profundamente ilustrada. (Eso creía ella).

En aquel reino apareció un grupo de tejedores muy especiales. No tejían telas. Tejían candidatos.

Eran expertos en fabricar personajes electorales, construir narrativas, diseñar emociones y vender ilusiones al por mayor, vender milagros por decir algo.

Trabajaban para poderosos comerciantes, dueños de fortunas, propietarios de medios de comunicación y otros benefactores anónimos que, por alguna extraña coincidencia estadística, siempre terminaban ganando contratos después de cada elección.

Los tejedores anunciaron su más reciente creación:

Hemos diseñado el candidato más brillante de la historia, único, como ningún otro.

¿Y cuáles son sus propuestas? preguntó alguien.

No cualquiera puede verlas.

¿Cómo así?

Son visibles únicamente para los inteligentes. Los ignorantes no podrán comprenderlas.

La noticia fue un éxito inmediato.

Los periódicos celebraron la profundidad de unas propuestas que jamás publicaron completas.

Los comentaristas alabaron la genialidad de unas ideas que nunca explicaron.

Los influencers defendieron con pasión documentos que jamás habían leído.

Y los ciudadanos comenzaron a asentir con entusiasmo.

Nadie quería correr el riesgo de parecer bruto.

El primero en revisar al candidato fue un importante dirigente político.

Buscó las propuestas.

No encontró nada.

Buscó cifras.

No encontró nada.

Buscó estudios.

No encontró nada.

Buscó un plan serio.

Tampoco encontró nada.

Pero después recordó que admitir aquello podría poner en duda su inteligencia.

Así que declaró solemnemente:

Magnífico.

Los demás hicieron exactamente lo mismo.

Unos alababan la estrategia económica.

Otros la reforma educativa.

Otros la política internacional.

Otros el programa ambiental.

Curiosamente, ninguno podía explicar en qué consistían. Pero todos coincidían en que eran extraordinarios, casi milagrosos.

Pronto apareció un fenómeno fascinante.

Quienes no veían el supuesto traje intelectual del candidato (forjado en una prestigiosa sastrería) comenzaban a dudar de sí mismos.

Quizás soy yo.

Tal vez no entendí.

Debe ser demasiado complejo para mí.

Poco a poco, la mentira dejó de necesitar mentirosos, todos estaban sólidos, estables, seguros.

La propia multitud empezó a sostenerla.

Llegó entonces el gran desfile electoral.

El candidato recorrió plazas, mercados y redes sociales luciendo un espectacular traje de ideas invisibles.

Prometía prosperidad. (acabar instituciones)

Prometía seguridad. (destripando los que no veían tan deslumbrante taje)

Prometía crecimiento. (renegociando lo ya saldado)

Prometía justicia. (bala es lo que hay)

Prometía cambio. (un gran deja vu)

Prometía continuidad. (mi amigo si sabe, parale bola)

Prometía lo contrario de la continuidad.

Prometía simultáneamente todo y nada.

Y la multitud aplaudía.

¡Qué solido!

¡Qué estable!

¡Qué seguro!

¡Qué liderazgo!

Nadie quería admitir que no había leído una sola página de lo que aquel hombre proponía.

Hasta que ocurrió una tragedia para los fabricantes de ilusiones.

Un ciudadano cualquiera decidió leer.

No un experto.

No un académico.

No un dirigente político.

Simplemente alguien que abrió el documento, revisó las cifras, contrastó fuentes y formuló preguntas incómodas.

Entonces dijo:

Pero si el candidato está desnudo.

El silencio fue inmediato.

Porque la verdad tiene una característica desagradable para los vendedores de humo:

una vez aparece, resulta difícil volver a esconderla.

Poco a poco otros empezaron a mirar mejor.

Descubrieron que muchas promesas no tenían financiación.

Que muchas cifras eran falsas.

Que muchos diagnósticos estaban equivocados.

Que muchas soluciones eran imposibles.

Y que buena parte del supuesto traje estaba confeccionado con aplausos, publicidad y miedo.

Entonces comprendieron algo tardíamente.

Los tejedores jamás habían engañado al reino.

El reino había colaborado activamente en su propio engaño.

Porque nadie obliga a una sociedad a ignorar.

Nadie obliga a un elector a no leer.

Nadie obliga a un ciudadano a reemplazar los datos por rumores.

Los estafadores existen desde el inicio de la historia.

Su materia prima favorita nunca ha sido el oro.

Ha sido la pereza intelectual.

Y esa sigue siendo la tela más rentable del mercado político.

Por eso la moraleja del cuento no es que existan candidatos vacíos.

Siempre existirán.

La verdadera moraleja es otra.

Cada elección es una inmensa sastrería colectiva.

Algunos venden disfraces.

Otros venden espejos.

Y al final, el mayor riesgo para una democracia no es elegir al peor emperador.

Es que millones de ciudadanos terminen admirando un traje inexistente por miedo a reconocer que nunca se tomaron el trabajo de mirar.

Tan solo un niño (los jóvenes) se atreve a decir la verdad, pero no es suficiente.

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