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¿La buena infraestructura hace más feliz a la gente?

La verdadera medida del desarrollo urbano no es cuántas obras construimos, sino cuántas oportunidades generan esas obras para todas las personas.

Lucy Molano Rodríguez
Lucy Molano RodríguezArquitecta. Experta en participación, cultura ciudadana y gobernanza urbana.
02 SEP 2026 - 12:33Actualizado: 02 SEP 2026 - 17:37

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Hace unos meses conocimos los resultados de la Encuesta Mundial de Valores para Bogotá. Entre las 19 localidades urbanas estudiadas, Chapinero registró el mayor porcentaje de personas que se consideran felices (96 %), mientras que Ciudad Bolívar obtuvo el menor (76 %).

Esta encuesta, es uno de los proyectos de investigación social más importantes del mundo. Se aplica en más de cien países y analiza aspectos como la democracia, la confianza, la participación ciudadana, la familia, el medio ambiente y el bienestar. En esta ocasión, por primera vez, permitió observar con detalle las diferencias culturales, sociales y políticas entre las localidades urbanas de Bogotá. Sumapaz no fue incluida debido a su carácter predominantemente rural.

Mientras escuchaba la presentación de los resultados, recordé mis casi treinta años recorriendo Bogotá como servidora pública y profesora en temas urbanos, acompañando proyectos de infraestructura en las diferentes localidades de la ciudad. Entonces me surgió una pregunta inevitable: ¿Hasta qué punto la infraestructura de una ciudad puede influir en el bienestar, la calidad de vida y la percepción de felicidad de quienes la habitan?

La encuesta, por supuesto, no pretende establecer una relación de causa y efecto entre infraestructura y felicidad. Sin embargo, sí invita a reflexionar sobre las profundas diferencias que existen entre los territorios. Chapinero concentra una mayor oferta de espacio público, equipamientos, servicios, oportunidades y conexiones de transporte que muchas localidades del sur de Bogotá. Ciudad Bolívar, por el contrario, ha debido enfrentar históricamente mayores déficits urbanos y sociales. No es la infraestructura, por sí sola, la que hace felices a las personas, pero sí crea condiciones que facilitan el acceso a oportunidades, fortalecen el bienestar y mejoran la calidad de vida.

(...) invita a reflexionar sobre las profundas diferencias que existen entre los territorios (...)

Estas diferencias evidencian lo que en el urbanismo conocemos como desigualdades socioespaciales. Frente a ellas surge un principio orientador de la planificación contemporánea: la equidad socioespacial.

La equidad socioespacial busca orientar el desarrollo urbano hacia una distribución más justa de las oportunidades, los beneficios y también de las cargas que genera la ciudad. Su propósito es que todas las personas, sin importar el lugar donde viven, puedan acceder en condiciones más equitativas al transporte, al espacio público, a los equipamientos, a los servicios y a las oportunidades que ofrece la ciudad.

Este principio encuentra un sólido respaldo en dos referentes fundamentales. El primero es el Derecho a la Ciudad, desarrollado por Lefebvre, quien planteó que todos los habitantes deben tener la posibilidad no solo de habitar la ciudad, sino también de participar en su construcción, disfrutar de sus beneficios y transformar colectivamente el espacio urbano. El segundo es el Objetivo de Desarrollo Sostenible 11, que propone construir ciudades inclusivas, seguras, resilientes y sostenibles, reconociendo que el desarrollo urbano solo será verdaderamente exitoso cuando ponga a las personas en el centro de las decisiones.

Precisamente, esa reflexión dio origen hace algunos años a mi tesis de maestría La Metáfora de la Línea y el Punto, como les comenté en mi columna anterior. Con ella propongo que el desarrollo urbano no puede limitarse a trazar líneas sobre un plano para construir una vía, un puente o un sistema de transporte. También debe mirar los puntos: las personas, los barrios, las historias, el patrimonio y las comunidades que viven alrededor de cada proyecto. 

Hace un par de años tuve la oportunidad de escribir un artículo académico para el proyecto «La Democracia Importa», de la organización argentina Asuntos del Sur. Durante esa investigación confirmé que las desigualdades socioespaciales no son un fenómeno exclusivo de Bogotá, sino una realidad compartida por muchas ciudades de América Latina. Los invito a leer el artículo completo en este link para complementar lo dicho aquí: https://asuntosdelsur.org/wp-content/uploads/2024/07/Paper_molano.pdf

(...) las desigualdades socioespaciales no son un fenómeno exclusivo de Bogotá, sino una realidad compartida por muchas ciudades de América Latina.

Recientemente publiqué algunos videos en redes sociales mostrando el deterioro y el deficiente mantenimiento del espacio público en varios sectores del sur de Bogotá. Entre los cientos de comentarios hubo uno que me llamó especialmente la atención: alguien afirmaba que “la gente del norte es más limpia y ordenada que la del sur”.

Esa afirmación no solo es injusta; también desconoce décadas de desigualdad en la inversión pública y en el acceso a oportunidades urbanas. No se trata de enfrentar el norte con el sur, sino de reconocer que las condiciones del entorno también influyen en la forma como vivimos, usamos y cuidamos nuestros espacios. Las ciudades no pueden entenderse como territorios homogéneos. Como se afirmó durante la presentación de la Encuesta Mundial de Valores, prácticamente cada localidad representa una realidad distinta. En palabras de Felipe Mariño, director de Bogotá Cómo Vamos, “comprender mejor la ciudad y las realidades de cada territorio es una condición esencial para aportar a una Bogotá más equitativa y conectada con las necesidades de su ciudadanía”.

Afortunadamente, Bogotá también ofrece ejemplos esperanzadores. Uno de ellos es TransMiCable en Ciudad Bolívar. Allí no solo se construyó un sistema de transporte moderno. También se recuperó espacio público, se desarrollaron equipamientos de alta calidad como el Museo de la Ciudad Autoconstruida y el SuperCADE, y, sobre todo, se involucró a la comunidad durante todo el proceso. Esa combinación de infraestructura, participación ciudadana y apropiación social demuestra que las obras pueden convertirse en verdaderos proyectos de desarrollo urbano integral cuando las personas ocupan el lugar central.

Por eso, hablar de visibilizar el sur de Bogotá no significa reclamar privilegios. Significa defender la equidad socioespacial. Significa reconocer que todas las personas deberían tener las mismas oportunidades para acceder a una infraestructura de calidad, a un espacio público digno, a sistemas de transporte eficientes y a los servicios que hacen posible una vida mejor.

(...) hablar de visibilizar el sur de Bogotá no significa reclamar privilegios. Significa defender la equidad socioespacial.

La verdadera medida del desarrollo urbano no es cuántas obras construimos, sino cuántas oportunidades generan esas obras para que todas las personas puedan desarrollar su proyecto de vida con mayor bienestar. Una ciudad más equitativa probablemente también será una ciudad donde lás personas puedan sentirse más felices, independientemente de la localidad donde hayan nacido o donde vivan.

¿Cuál cree usted que sigue siendo la mayor deuda que Bogotá tiene con el sur de la ciudad?

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