
Cuentan las viejas leyendas europeas que, en 1284, el pequeño pueblo de Hamelín estaba hundido en una plaga de ratas. No era una metáfora política todavía; eran ratas reales: colas largas, dientes filosos y vocación natural por devorarlo todo. Las calles olían a podredumbre, los graneros desaparecían y los dirigentes del pueblo hacían lo que mejor saben hacer muchos dirigentes desde hace siglos: reuniones, discursos solemnes y absoluta inutilidad práctica.
Entonces apareció un extraño.
Un hombre vestido con colores extravagantes, casi ridículos, como si entendiera desde entonces que para dominar multitudes primero hay que llamar la atención. No llegó con estudios técnicos, ni con programas de gobierno, ni con cuadros estadísticos. Llegó con una flauta. Y con algo mucho más poderoso que cualquier plan administrativo: una promesa simple para un pueblo desesperado.
“Yo acabaré con la plaga.”
Y el pueblo, agotado de promesas incumplidas, aceptó el trato.
El flautista tocó su melodía y ocurrió lo imposible: las ratas comenzaron a seguirlo hipnotizadas, como funcionarios detrás de contrato nuevo o congresistas detrás de ministerio fresco. Miles de ellas caminaron detrás del músico hasta desaparecer en el río Weser, donde terminaron ahogadas mientras Hamelín celebraba el milagro.
La ciudad quedó limpia.
La crisis había terminado.
Y entonces apareció la costumbre más antigua de la política: incumplir.
El alcalde y los notables del pueblo decidieron que ya no hacía falta pagar. Después de todo, la plaga había desaparecido. ¿Para qué cumplirle al extraño? Le ofrecieron menos dinero, cambiaron las condiciones y empezaron a explicar jurídicamente por qué realmente no le debían nada. La clásica gimnasia moral del poder: cuando necesitan ayuda prometen; cuando recuperan tranquilidad redactan excusas.
El flautista se fue.
Pero regresó.
Y ahí comienza la parte verdaderamente incómoda del cuento. Porque esta vez no tocó para las ratas. Tocó para los hijos del pueblo.
La nueva melodía era distinta: más seductora, más profunda, más peligrosa. Y los niños comenzaron a seguirlo. No porque fueran malos. No porque fueran ingenuos. Lo siguieron porque el pueblo viejo ya había perdido toda capacidad de inspirarlos.
Ese detalle suele omitirse en las versiones infantiles.
Los niños no abandonaron Hamelín únicamente por culpa del flautista. También se fueron porque los adultos habían convertido el pueblo en un lugar incapaz de ofrecer futuro, confianza o esperanza. La traición abrió la puerta; la música solo ocupó el vacío.
Y quizás ahí comienza a parecerse demasiado a Colombia.
Porque durante décadas los viejos partidos, las mismas familias políticas, los mismos apellidos reciclados y los mismos mercaderes electorales han tocado siempre la misma melodía desafinada: promesas de seguridad, prosperidad, reformas, paz, orden, crecimiento y salvación nacional. Cambian los slogans, cambian las corbatas, cambian los colores de campaña, pero la partitura sigue siendo sospechosamente parecida.
Mientras tanto, las nuevas generaciones crecieron viendo:
Corrupción convertida en costumbre,
Reformas sociales aplazadas eternamente,
Políticos heredando curules como fincas,
y Ciudadanos trabajando toda la vida para financiar privilegios ajenos.
Entonces aparece un nuevo flautista.
Uno que entiende perfectamente el cansancio colectivo.
Uno que ya no necesita partidos tradicionales, porque tiene redes sociales y cuenta con la calles y la capacidad de convocatoria.
Uno que no toca flauta de madera sino algoritmo, espectáculo y emoción instantánea.
Uno que no ofrece ideología clara sino una melodía emocional capaz de sonar distinta al ruido viejo de siempre.
Y los jóvenes escuchan.
Porque el viejo establecimiento abrió el camino para eso. Décadas de incumplimientos incubaron el oído perfecto para una nueva canción política. Una melodía que promete destruirlo todo, cambiarlo todo, vengarlo todo o reinventarlo todo.
Lo profundamente inquietante es que, nadie sabe realmente hacia dónde conduce esa música.
En el cuento original nunca apareció el destino de los niños.
Ese vacío convirtió la leyenda en algo mucho más perturbador.
Tal vez encontraron un lugar mejor.
Tal vez terminaron en otro desastre.
Tal vez solo cambiaron un encantador por otro.
Pero hay algo seguro: Hamelín jamás volvió a ser igual. Porque el pueblo que durante años creyó controlar a sus dirigentes, terminó descubriendo demasiado tarde que había perdido lo único verdaderamente irremplazable: su futuro.
Y quizá esa sea la gran moraleja política de esta época electoral tropical y delirante: cuando una sociedad convierte el incumplimiento en sistema, la arrogancia en costumbre y la traición en método de gobierno, tarde o temprano aparecerá una nueva melodía. Más fuerte. Más seductora. Más peligrosa.
Porque la historia tiene un humor bastante cruel: los viejos políticos suelen fabricar con sus propias manos al flautista que finalmente termina llevándose a sus herederos políticos, a sus votantes y a la próxima generación entera, detrás de una canción que nadie sabe realmente dónde termina.
Conclusión: Leer un programa de gobierno exige esfuerzo; compartir un rumor de redes apenas un clic. Contrastar datos aburre; repetir chismes políticos entretiene. Así, muchos votan por emociones, algoritmos y titulares antes que por propuestas. El flautista lo sabe: no necesita convencer a ciudadanos informados, solo seducir a una sociedad distraída.
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