
No es fácil dilucidar si las guerras culturales son las que hoy dominan la escena de lo político o si son, más bien, uno de sus instrumentos más eficaces. Cada vez sospecho más lo segundo. Detrás de muchas de las disputas que monopolizan la conversación pública, el verdadero objetivo sigue siendo el mismo de siempre: el poder. Las emociones movilizan, las identidades fidelizan y, al final, los políticos terminan sucumbiendo a la libido imperandi, esa pulsión por conservar el poder a cualquier precio.
Las estrategias, sin embargo, no son idénticas. En una de las trincheras persiste un discurso relativamente consistente con unos postulados que, de manera permanente, terminan desmentidos por las actuaciones. Otras veces, se asume que basta con el relato, como si detenerse en la arquitectura jurídica, institucional o técnica necesaria para hacerlo posible fuera un asunto menor. Los medios dejan de ser una condición de posibilidad para convertirse en una distracción. Las garantías jurídicas, los controles institucionales o las advertencias de los técnicos pasan a verse como obstáculos para transformar la realidad, simples pruritos jurídicos o nimiedades frente a las causas verdaderamente importantes. En la otra orilla, el fenómeno opera de manera inversa: las actuaciones son bastante coherentes con unos principios que, sin embargo, se redefinen con sorprendente flexibilidad al ritmo de las necesidades electorales, incorporando aquellas banderas que prometen ampliar la base política.
El uso contemporáneo de la religión ilustra bien este último fenómeno. Para entenderlo recomiendo el documental Apocalipsis en los trópicos, que muestra cómo el poder político del movimiento evangélico en Brasil pasó de ser una fuerza marginal a convertirse en un actor electoral decisivo que hoy moviliza a más del 30 % del electorado. Allí donde se concentran millones de votantes, inevitablemente aparecen proyectos políticos dispuestos a reorganizar su discurso para interpelarlos. No sorprende entonces que dirigentes que se declaraban ateos hoy sitúen el poder divino —incontestable por definición— en el centro de sus proyectos políticos. Para un presidente que llega a la presidencia prácticamente como un llanero solitario, respaldado por un partido tan pequeño como Salvación Nacional, ese universo representa una posibilidad evidente de crecimiento y consolidación electoral.
No sorprende entonces que dirigentes que se declaraban ateos hoy sitúen el poder divino —incontestable por definición— en el centro de sus proyectos políticos.
En medio de las ambiciones políticas está el país. Están las personas, las comunidades, las empresas, las universidades, los colectivos, los movimientos ciudadanos y comunitarios. Allí es donde la ciudadanía tiene una responsabilidad insustituible: no permitir que su identidad política sea definida por dirigentes que dicen representar sus valores, sino por los valores mismos.
Esa responsabilidad implica rechazar con claridad aquello que debe rechazarse, venga de donde venga. Todo exceso o ilegalidad que hoy justificamos porque favorece a un político, partido o proyecto político con que nos sentimos identificados será mañana el precedente que invocarán los otros. Cada vez que relativizamos un abuso, una arbitrariedad o una erosión de las reglas de juego porque la protagonizan quienes sentimos cercanos, desplazamos un poco más los límites de lo aceptable. Y cuando el péndulo cambia inevitablemente de dirección, descubrimos que hemos contribuido a legitimar precisamente aquello que después lamentaremos. Ningún proyecto político gobierna para siempre, aunque el ejercicio del poder produzca esa ilusión. Las instituciones, los controles y las garantías existen precisamente porque el poder cambia de manos. Debilitarlos selectivamente es fortalecerlos para quienes gobernarán después.
Cada vez que relativizamos un abuso, una arbitrariedad o una erosión de las reglas de juego porque la protagonizan quienes sentimos cercanos, desplazamos un poco más los límites de lo aceptable.
Necesitamos más personas que opten por un ejercicio ciudadano activo y crítico, independientemente de quién ocupe el poder. Aportar a las causas que consideremos justas y cuestionar el ejercicio del poder cuando sea necesario. La democracia necesita ciudadanos críticos mucho más que seguidores incondicionales; personas capaces de exigir los mismos estándares a quienes apoyan y a quienes rechazan. Nunca áulicos del poder.
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