
Trabajar con el sector artesanal en grandes ciudades como Bogotá, Medellín o Cali es siempre desafiante. Es mucho más cómodo hacerlo en comunidades que comparten una identidad cultural clara, donde es posible dibujar una imagen nítida: la historia, el entorno, las materias primas, los procesos y técnicas, los simbolismos y, finalmente, el acervo de cultura material que se expresa en los objetos.
Este martes tuve la alegría de participar en la primera jornada formativa con artesanos que participan en Litoral, un programa de la Alcaldía de Cali orientado a reconocer, fortalecer y preservar los oficios artesanales que habitan la ciudad. Junto a la maestra tejedora y querida amiga Patricia Hurtado, de la etnia Misak; el maestro luthier Addo Possu; y Manuel Sevilla, antropólogo, docente y coordinador del grupo de investigación Músicas del Río, compartimos una mañana con 147 artesanos en la que llegamos a una conclusión poderosa: Cali no solo recibe personas: recibe saberes, culturas, sonoridades y materiales que sostienen el alma del quehacer artesanal y reconfiguran la identidad caleña incesantemente.
Cali no solo recibe personas: recibe saberes, culturas, sonoridades y materiales que sostienen el alma del quehacer artesanal y reconfiguran la identidad caleña incesantemente.
En la ciudad ocurre un proceso constante de reinterpretación y resignificación creativa. Un diálogo entre el artesano y la ciudad, entre quienes llegan y quienes ya estaban, entre el artesano y su comunidad de origen, entre las artesanías y los nuevos contextos en los que cobran vida.
El maestro Addo, por ejemplo, ha estado detrás de múltiples adaptaciones en los instrumentos del Pacífico. Las restricciones legales sobre la piel de tatabro, sumadas a una mayor demanda, lo llevaron a experimentar con pieles de chivo y becerrón, que hoy se han integrado a la sonoridad tradicional de cununos, tambores y timbas. También han cambiado los sistemas de amarre, las estructuras, incluso los colores. El balso que sale transformado del taller de Addo ahora se pinta de rojo, azul y verde: símbolos de una ciudad y una cultura colorida que también reconfigura el instrumento. En ese gesto hay técnica, pero también política, memoria y territorio.
La marimba, corazón sonoro del Pacífico, siempre ha sido adaptación. Desde la colonia, cuando las comunidades afrodescendientes encontraron en la madera de chonta una resonancia cercana a sus músicas de origen, ha sido un instrumento de resistencia frente al desarraigo, el despojo y la migración, pero también un vehículo de permanencia, afirmación y reinvención constante.
En las riberas del Pacífico colombiano, de Tumaco a Bahía Solano, la marimba se consolidó como eje de un universo sonoro que integra música, danza, espiritualidad y memoria, y como instrumento central del conjunto tradicional, acompañado por cununos, bombos, guasá y cantos. Cada instrumento era único, concebido para un entorno acústico específico. Hoy, sin embargo, su afinación dialoga con estándares occidentales, impulsada por su circulación en escenarios urbanos y globales. Esta transición ha abierto tensiones entre preservación y transformación, pero también nuevas posibilidades de encuentro y expansión.
En las riberas del Pacífico colombiano, de Tumaco a Bahía Solano, la marimba se consolidó como eje de un universo sonoro que integra música, danza, espiritualidad y memoria.
Y con todo y adaptaciones, cada vez que suena una marimba —en un bar en Cali o en Nueva Orleans— lo que se escucha es el litoral. Son las comunidades afro, es el bosque, es el río. Y también es Cali. Esta misma semana, la cantante Nidia Góngora inicia una gira por Estados Unidos llevando la música del Pacífico colombiano.
“Las necesidades hacen que los instrumentos cambien de vestido”, dice Addo. Las marimbas que antes vivían colgadas, ahora tienen “tacones” para sostenerse en escenarios urbanos. Antes eran diseñadas para un entorno específico, hoy están preparadas para giras internacionales.
Patricia Hurtado, por su parte, llegó a Cali desde Silvia, Cauca, hace tres años, con un equipaje mínimo y profundo: saber tejer con identidad Misak. Muy pronto entendió que la lana no dialogaba con el calor caleño y comenzó a experimentar con cabuya y materiales reciclados a los que añade unas puntadas en lana azul rey y fucsia intenso que revelan su origen Misak.
Hija del agua, hija del arcoíris, Patricia teje memoria. Cada hilo que teje en Silvia o en Cali guarda un origen. Pero también, cada decisión material habla de adaptación. Como el Tampal Kuari —sombrero tradicional Misak— que antes se tejía en caña brava y hoy en paja tetera, más resistente y disponible, cultivada en territorios como Timbiquí o Guapi y comercializada desde el Valle del Cauca. Así, el oficio se transforma sin perderse y en su movimiento va tejiendo numerosas redes de intercambio cultural.
La jornada estuvo atravesada por muchas historias como estas. Historias de decisión, de vocación, de resistencia. Espacios que desmontan la idea de que los únicos conocimientos valiosos son los que se aprenden en la universidad. Cuando Dora Opua, artesana Wounaan, toma la palabra con firmeza —en un español que no hablaba al llegar a Cali— para reclamar un lugar para ella y su comunidad y para explicar el sentido profundo de los símbolos que teje, no hay duda: estamos frente a conocimientos valiosísimos que hacen la vida bella y la llenan de significados para quien quiera aprender a leer en otras lenguas y a mirar con otros ojos.
Y al final, cuando las máscaras y blindajes ya habían terminado de caer, una joven artesana de la guadua toma el micrófono y, entre lágrimas que ya son de todos, dice lo que todos sabemos pero pocas veces se nombra: lo importante que es sentirse valorado.
Una ciudad que reconozca sus mezclas, que abrace, que cobije. Un país también. Una historia, 147 historias. Un litoral de historias.
El sector artesanal es muestra clara de que las culturas no permanecen intactas: dialogan, se transforman, se adaptan, se contaminan, se expanden. Y son precisamente los artesanos —que hoy, 19 de marzo, celebran su día— quienes encarnan ese movimiento. No solo son portadores de memoria, sino también creadores activos de futuro. En sus manos, el patrimonio no solo se conserva: se rehace para tejer nuevas memorias.
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