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La derecha, la izquierda o el candidato disfrazado de empanada

Crónica breve de un país que todavía cree que la política es un partido de fútbol… mientras le vacían el estadio.

Fernando Ardila Patiño
Fernando Ardila PatiñoDocente universitario desde 1996, directivo de programas, estudioso de la normativa.
21 MAY 2026 - 19:03Actualizado: 22 MAY 2026 - 00:20

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En ese tramo del cuatrienio en el que Colombia entra oficialmente en temporada electoral, aparecen los candidatos presidenciales en todo su esplendor tropical: uno que le huye al debate como vampiro al agua bendita; otro que convierte cada aparición pública en un espectáculo tan estridente como gloriosamente ridículo; otra que intenta venderse como, la sensata, la técnica, la yo también, mientras alrededor orbitan decenas de aspirantes menores, no necesariamente buscando ganar, sino cotizarse lo suficiente para negociar ministerio, embajada, contrato o pedazo de torta cuando llegue el inevitable banquete burocrático de la derrota.

La derecha se disfraza de pueblo.

La izquierda se disfraza de sensatez fiscal.

Y el centro… un experto en parecer increíblemente inteligente mientras se toma cuarenta minutos para explicar por qué no tiene intención de pelearse con nadie que realmente importe.

El espectáculo es magnífico. Casi teatral. Un carnaval ideológico donde antiguos enemigos terminan compartiendo mesa, café y contratista.

Porque la gran ironía colombiana es esa: aquí ya nadie sabe muy bien quién es qué.

El espectáculo es magnífico. Casi teatral. Un carnaval ideológico donde antiguos enemigos terminan compartiendo mesa, café y contratista.

Hay exguerrilleros del M-19 defendiendo libre mercado y disciplina fiscal desde sectores conservadores. Hay antiguos hombres de derecha hablando hoy de justicia social, subsidios y reformas redistributivas. Hay políticos que hace veinte años gritaban “comunismo internacional” mientras hoy piden intervención estatal para salvar empresas privadas. Y hay sectores progresistas firmando tratados comerciales que antes denunciaban como herramientas del imperialismo financiero.

El país político colombiano es una tienda de disfraces ideológicos con alquiler por temporadas.

La derecha: orden, empresa y bala administrativamente organizada

La derecha colombiana suele venderse como la administradora seria del caos nacional. Habla de seguridad, autoridad, inversión y crecimiento económico. Cree profundamente en la propiedad privada, en el mercado y en que el Estado debe estorbar lo menos posible… excepto cuando toca rescatar bancos, EPS, concesiones, monopolios o empresarios “demasiado importantes para quebrar”.

Defiende:

Mano dura, Menos impuestos al gran capital, Incentivos empresariales, Seguridad militar, Tradición y familia, Subsidios focalizados, porque ayudar pobres está bien… siempre y cuando no se acostumbren.

Su votante clásico suele ser el comerciante, el empresario, el propietario agotado de pagar impuestos y el ciudadano que siente que el Estado solo aparece para cobrarle comparendos, también esos que lograron un salario digno y no quieren volver a saber de los pobres.

Su gran miedo político tiene nombre propio: Venezuela.

La derecha colombiana lleva veinte años usando a Venezuela como el coco latinoamericano. Ya no es un país vecino sino un espantapájaros electoral portátil.

Pero también tiene contradicciones deliciosas.

Muchos de sus dirigentes han vivido históricamente del Estado que dicen querer achicar. Critican subsidios mientras negocian exenciones tributarias gigantescas. Hablan de meritocracia mientras heredan curules como si fueran vajillas familiares.

La izquierda: igualdad, derechos y burocracia con vocación infinita

La izquierda, por su parte, promete corregir las injusticias históricas que dejó el mercado funcionando sin freno. Habla de salud pública, educación universal, reforma agraria, derechos laborales y redistribución.

Defiende:

Mayor presencia estatal, Impuestos a grandes capitales, Reforma social, Paz negociada, Transición energética, Programas sociales amplios.

Su votante clásico suele ser el joven precarizado, el maestro, el sindicalista, el campesino olvidado y el ciudadano que siente que el sistema económico funciona maravillosamente… para otros.

El problema aparece cuando el Estado crece tanto que termina necesitando formularios hasta para comprar un clip. Porque la izquierda latinoamericana a veces padece una fascinación casi romántica por la burocracia infinita: resolver la pobreza creando cuarenta oficinas nuevas para estudiar por qué existe la pobreza.

Y claro, la derecha aprovecha cada error para anunciar el inminente apocalipsis soviético tropical.

La derecha aprovecha cada error para anunciar el inminente apocalipsis soviético tropical.

Pero la realidad colombiana se burló de ambos

Porque mientras unos pelean con palabras importadas de la Guerra Fría, Colombia funciona con otro combustible: coaliciones, favores y supervivencia política.

Aquí nadie gobierna solo.

El presidente puede ganar con veinte millones de discursos heroicos, pero al día siguiente termina negociando con los mismos partidos gelatinosos de siempre: esos que nunca son gobierno ni oposición porque son algo más sofisticado… humedad institucional.

Y aparece la tercera criatura: la política por causa

Entonces surge otro fenómeno: ciudadanos cansados de izquierda y derecha que terminan votando por una causa específica:

El anticorrupción, El ambientalista, El animalista, El provida, El libertario, El regionalista, El candidato cuyo único programa consiste en prohibir algo.

Esa política monotemática tiene encanto porque parece honesta: yo vine a defender esto. El problema es que gobernar un país implica mucho más que salvar frailejones, perros o billeteras.

Porque el senador animalista también vota reforma tributaria. Y el anticorrupción también debe decidir sobre salud, defensa y relaciones exteriores.

La realidad siempre termina obligando a escoger bando, aunque sea con vergüenza moderada.

El deporte: el espejo perfecto del modelo político colombiano

Y aquí aparece uno de los mejores ejemplos del caos ideológico nacional: el deporte.

La izquierda suele hablar del deporte como derecho social, herramienta de paz y prevención de violencia. Escuelas barriales, actividad física comunitaria, inclusión y programas sociales, pero reduce su presupuesto hasta asfixiarlo o ni siquiera lo menciona en su programa de gobierno.

La derecha habla del deporte como industria, espectáculo y alto rendimiento. Estadios modernos, inversión privada, exenciones tributarias, grandes eventos y alianzas empresariales, pero exprime hasta el último centavo del presupuesto para premiar a sus prósperos empresarios del deporte industria.

En teoría, ambos discursos son compatibles.

En la práctica, terminan peleando por el presupuesto mientras los escenarios deportivos se caen a pedazos y los padres de familia se gradúan como grandes patrocinadores de los deportistas.

El resultado es tragicómico:

Unos prometen inclusión sin plata, otros prometen infraestructura concesionada hasta el año 2140; y los deportistas terminan vendiendo rifas para competir internacionalmente.

La joya máxima del espectáculo es ver políticos que jamás han trotado una cuadra, que jamás han jugado ni con tierra, hablando del “potencial transformador del deporte” mientras inauguran la misma cancha sintética tres veces, mejor si la dejo contratada su antecesor.

La joya máxima del espectáculo es ver políticos que jamás han trotado una cuadra, que jamás han jugado ni con tierra.

La verdadera pregunta no es izquierda o derecha

La pregunta real es mucho más incómoda:

¿Quién controla realmente el poder cuando se apagan las cámaras?

Porque mientras el ciudadano pelea en redes sociales defendiendo colores ideológicos como hincha poseído, los grandes acuerdos nacionales siguen ocurriendo en los mismos clubes, las mismas oficinas y los mismos apellidos de siempre.

La política colombiana tiene algo de obra de García Márquez mezclada con circo itinerante: los enemigos se insultan en tarima y negocian en privado mientras el país entero discute cuál caudillo gritó más duro.

Por eso quizá la discusión madura ya no sea, ¿derecha o izquierda? Sino:

  • ¿quién entiende el Estado?;

  • ¿quién tiene capacidad técnica?;

  • ¿quién no llega simplemente a enriquecerse?;

  • ¿quién tiene una causa real y no solo marketing con ruana prestada?;

  • ¿y quién es capaz de negociar sin vender el país por un ministerio y dos notarías?

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