
Imagínese usted llegando un lunes a su turno en una planta ensambladora de Bogotá o de Itagüí, y que en lugar de su supervisor de siempre -ese señor con el overol azul y el termo de tinto- ahora quien le dice cuánto produce, cuándo va al baño y si le renuevan el contrato o no sea una pantalla, un algoritmo. Una caja negra que no da explicaciones, que no toma tinto y que, sobre todo, no tiene quién la demande. Esto no es ciencia ficción, es el presente de miles de operarios en Colombia, y la ley todavía está mirando para otro lado.
La Organización Internacional del Trabajo acaba de lanzar un informe contundente sobre la inteligencia artificial en la industria manufacturera, y las conclusiones deben ponernos a todos a pensar con seriedad. El mercado de la IA en fábricas se va a multiplicar por más de seis para el año 2040. Por seis. Eso es una transformación del tamaño de la Revolución Industrial, solo que comprimida en poco más de una década. Y Colombia, con toda la ilusión de su hoja de ruta digital, todavía no ha construido el andamiaje jurídico que proteja a la gente que opera esas máquinas.
El patrón invisible que nadie puede demandar.
En Colombia tenemos un problema filosófico antes de tener uno jurídico, pues seguimos pensando que el jefe tiene rostro. Que si lo tratan a uno injusto, uno puede ir a Recursos Humanos, o en el peor caso, al sindicato (cuando existe en la empresa). Pero ¿a quién le reclama el operario de una empresa logística en Cali que un sistema automatizado le bajó la calificación de desempeño sin explicación? ¿A quién le pregunta la trabajadora de una confección en Medellín por qué el algoritmo la pone siempre en los turnos más pesados?
La OIT le pone nombre a esto, llamándolo gestión algorítmica laboral. Es cuando los sistemas de IA coordinan, supervisan y hasta sancionan trabajadores en tiempo real. Y lo más preocupante del informe es que estos sistemas pueden intensificar el ritmo de trabajo y eliminar los tiempos de recuperación que los seres humanos necesitamos para, simplemente, seguir siendo personas. En Colombia no hay una sola norma que ponga freno a eso. Ni una.
(...) gestión algorítmica laboral. Es cuando los sistemas de IA coordinan, supervisan y hasta sancionan trabajadores en tiempo real.
La opacidad como forma de poder.
Hay algo profundamente antidemocrático en un sistema que te evalúa pero que no te puede explicar sus criterios. En Colombia tenemos un fetiche legítimo con los derechos laborales en el papel, como el Código Sustantivo del Trabajo, los convenios de la OIT ratificados o la jurisprudencia de las altas Cortes. Pero toda esa arquitectura jurídica parte del supuesto de que las decisiones que afectan al trabajador las toma un ser humano que puede rendir cuentas.
¿Qué pasa cuando la decisión de no renovarle el contrato a don Hernán la toma un modelo de machine learning entrenado con datos de hace diez años, donde el perfil “ideal” del trabajador era un hombre joven sin hijos? Pasa que don Hernán pierde el trabajo y nunca sabrá por qué. Y eso, en un país donde la informalidad y la precariedad ya son estructurales, no es un tema técnico, es una cuestión de justicia.
Lo que nos falta y lo que sí existe en otras partes.
No estamos inventando el agua tibia. Alemania ya tiene acuerdos marco (como el suscrito en Airbus) donde los comités de empresa participan activamente en la estrategia de digitalización. Es decir, los trabajadores tienen voz antes de que llegue el robot, no después de que los desplace. En Albania, están usando una herramienta de IA llamada MIRA para detectar trabajo no declarado, con un 30% más de precisión que los métodos tradicionales. Tecnología al servicio del trabajador, no contra él.
En Colombia, mientras tanto, la participación de los trabajadores o sus representantes en el diseño e implementación de tecnología en las empresas es casi nula. Y no porque no quieran, sino porque no existe ninguna norma que los obligue a sentarlos en esa mesa. La consulta previa a los trabajadores antes de introducir cambios tecnológicos sigue siendo una gentileza de las empresas más responsables, no una obligación legal.
En Colombia, mientras tanto, la participación de los trabajadores o sus representantes en el diseño e implementación de tecnología en las empresas es casi nula.
El cuerpo también paga la factura.
Hay otra dimensión que solemos olvidar en el debate sobre el futuro del trabajo, como es la física. La IA bien implementada puede salvarle la vida a un trabajador, como programas que simulan riesgos antes de que ocurran, los dispositivos que detectan fatiga muscular o estrés cardiovascular, el mantenimiento predictivo que evita que una máquina explote con alguien al lado. Todo eso existe y es maravilloso.
Pero también existe la ansiedad crónica de sentirse vigilado todo el tiempo. El estrés de trabajar a un ritmo que dictamina un sistema que nunca se cansa. Los accidentes en entornos donde robots y humanos comparten espacio sin protocolos claros. Y en Colombia, la normativa de Seguridad y Salud en el Trabajo todavía no ha absorbido la complejidad de estos escenarios. Seguimos aplicando manuales escritos en un mundo donde el mayor peligro era una banda transportadora mal protegida.
¿Qué hay que hacer? Tres cosas concretas ya.
No pretendo tener la última palabra en esto, sin embargo si vale la pena analizar a fondo de que manera se avanza en los siguientes aspectos:
Primero: Colombia necesita normas de transparencia algorítmica en el ámbito laboral. Cualquier sistema de IA que tome decisiones sobre trabajadores, tales como evaluación, selección, asignación de turnos, renovación de contratos, debe poder explicar sus criterios en lenguaje comprensible. Y el trabajador debe tener derecho a impugnar esas decisiones ante un ser humano que rinda cuentas.
Segundo: Hay que hacer obligatorias las evaluaciones de impacto laboral antes de implementar tecnología disruptiva. No como un trámite de papel, sino como un proceso real que mida desplazamiento de empleos, riesgos psicosociales y condiciones de trabajo. Con participación de los trabajadores o sus representantes. Con auditoría independiente.
Tercero: El Ministerio de Trabajo debe modernizar la inspección laboral para este nuevo contexto. No tiene sentido que los inspectores sigan revisando planillas de nómina a mano mientras en la planta de al lado un algoritmo toma decisiones que afectan a cientos de personas sin que nadie tenga acceso a ese sistema.
Colombia necesita normas de transparencia algorítmica en el ámbito laboral.
La oportunidad que no podemos desperdiciar
Quiero ser muy claro en relación con esto y es no soy ludita ni estoy pidiendo que le cerremos la puerta a la IA. Todo lo contrario. Colombia tiene una oportunidad enorme de saltar etapas en productividad, en competitividad internacional. La inteligencia artificial puede ser, si se maneja bien, la herramienta que nos permita reducir la informalidad, mejorar los salarios reales y crear empleos de mayor calidad.
Pero “si se maneja bien” no es una frase decorativa. Significa que Colombia tiene que construir ya (no mañana, no cuando llegue la siguiente crisis) el marco jurídico que ponga al trabajador en el centro de la transición digital. Tenemos la hoja de ruta técnica. Nos falta la armadura legal que proteja al que opera la máquina, no solo al que la vende.
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