
La talanquera, ese artefacto noble que nació para lo básico, levántese después de pagar y deje pasar, terminó graduándose de filósofa sin que nadie lo notara. Lo que empezó controlando carros en un peaje, hoy regula cerebros en hora pico. Ya no solo decide quién entra o sale: ahora decide qué pensamos, cuándo opinamos y hasta con qué entusiasmo nos indignamos.
La evolución fue silenciosa, como suelen ser las cosas peligrosas. Pasó del hierro al hábito, del hábito a la costumbre, y de ahí a la obediencia automática. Hoy no levantamos la talanquera: la llevamos instalada en la cabeza. Filtra ideas, dosifica criterio y, si es necesario, baja la barra justo cuando aparece algo que incomoda. Eficiencia pura… con pensamiento en modo peaje.
Nos vendieron que esto era progreso. Que vivir más rápido era vivir mejor. Que producir más era evolucionar, que ganar dinero es ser exitoso. Y aquí estamos: sincronizados con el reloj de la industria, pero desconectados del ritmo de la vida. La revolución terminó siendo freno. La talanquera no organiza: domestica.
Nos vendieron que esto era progreso. Que vivir más rápido era vivir mejor. Que producir más era evolucionar, que ganar dinero es ser exitoso.
Miremos el paisaje...
El transporte “público”, público en la factura, privado en el negocio, no mueve ciudadanos, mueve flujos. Usted no viaja: usted es procesado. Ruta, tiempo, transbordo, hacinamiento… todo perfectamente calculado para que llegue, no cómodo, sino funcional.
La educación dejó de formar para empezar a verificar. Ya no importa pensar, importa cumplir. El estudiante mutó en usuario, el conocimiento en contenido y el aprendizaje en lista de chequeo. Pase por aquí, marque esto, apruebe aquello. Felicitaciones: ya es apto para no preguntar demasiado.
El deporte tampoco se salvó. Espacios construidos con impuestos públicos, pero con llave privada. El que paga entra, el que no, observa. Y si tiene suerte, le venden un proceso, un uniforme y la ilusión de que, el talento también se financia a cuotas. El juego terminó reglamentado antes de empezar.
La salud… ese laboratorio nacional que desde 1993 viene probando cuánto aguanta un paciente sin que se note. Números fríos: 9 EPS cerradas en 2002; 5, en 2010; 18, en 2018; 10, en 2022; y 4 más, rumbo a 2026. Un modelo que se cae por partes, pero que sobrevive gracias a una narrativa perfectamente alineada: la culpa siempre es del gobernante de turno, nunca del diseño. La talanquera mediática hace lo suyo: usted repite, el sistema respira.
Una domesticación fina, con silbato y recompensa: nos enseñaron que la bala es más eficiente que la palabra, que la cárcel resuelve lo que la política no quiere entender.
Una domesticación fina, con silbato y recompensa: nos enseñaron que la bala es más eficiente que la palabra, que la cárcel resuelve lo que la política no quiere entender, y que si la paz no aparece en un periodo, entonces hay que insistir… pero en la guerra, que eso sí da resultados medibles. La misma lógica aplicada al trabajo: menos hacer y más demostrar que se está haciendo. Formularios, reportes, evidencias, capturas, firmas… no importa producir, importa probar que uno no está robando oxígeno. El trabajador dejó de ser trabajador y pasó a ser sospechoso en periodo de prueba permanente, vigilado por la talanquera del “muéstreme qué hizo”, aunque lo haya hecho.
Y la diversión, que debería ser el último refugio de la libertad, también viene con barrera. Lo que ve, lo que escucha, lo que se vuelve tendencia… todo pasa por un filtro invisible. Ya no elegimos: nos eligen.
Así, sin darnos cuenta, nos volvimos expertos en esperar. Esperar el bus, el turno, la aprobación, la señal, el like. Esperar sin cuestionar. Obedecer sin notar. Pensar… con permiso previo.
Si indigna, sirve; si enfurece, mejor; si divide, perfecto. De eso come, de eso crece y de eso vive. Y así, sin pedir permiso, nos fue marcando el paso: pensar al ritmo del clic, opinar al ritmo del escándalo.
La talanquera no se quedó en el hierro: se volvió algoritmo. Ese nuevo portero invisible que no distingue entre verdad o mentira porque no le interesa; lo único que le importa es la reacción. Si indigna, sirve; si enfurece, mejor; si divide, perfecto. De eso come, de eso crece y de eso vive. Y así, sin pedir permiso, nos fue marcando el paso: pensar al ritmo del clic, opinar al ritmo del escándalo. Hasta lograr prodigios dignos de estudio: trabajadores convencidos de que, un salario digno quiebra la economía, mientras las utilidades récord se celebran en privado; ciudadanos creyendo que producir alimentos es un problema, mientras los importadores brindan con productos procesados que cruzan océanos. La talanquera ya no regula el paso: regula el criterio.
El experimento, claro, alcanzó su obra maestra en la política. Dentro de los partidos, la talanquera digital decidió que el mérito se mide en vistas y no en ideas. Hoy vale más un video viral que una hoja de vida, más un baile torcido que un argumento bien armado, más una frase ruidosa que un estudio serio. El escándalo cotiza alto, la propuesta ni se lista en bolsa. El que sabe estorba; el que entretiene asciende. Y así, sin sonrojo alguno, el generador de contenido desplazó al que piensa, el aplauso reemplazó al conocimiento y los técnicos quedaron archivados como si fueran VHS en plena era del “me gusta”.
Resultado: una sociedad entrenada para consumir consignas, gobernada por especialistas en repetirlas.
Hoy vale más un video viral que una hoja de vida, más un baile torcido que un argumento bien armado, más una frase ruidosa que un estudio serio.
La conversación en la calle es el mejor laboratorio: opiniones clonadas, frases recicladas, indignaciones prefabricadas. El argumento más sólido contra cualquier cosa es que “eso ya es viejo”. Y con eso basta. La talanquera baja, el debate termina.
Y como toda buena talanquera, también tiene versión épica, de esas que vienen con música de fondo y narrador solemne. “Este es un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad”, dijo Neil Armstrong en aquella coreografía lunar del Apollo 11 Moon Landing. La humanidad, emocionada, compró la idea del salto gigante y siguió caminando en fila india. Pero medio siglo después, en pleno 2026, el discurso tropieza con la misma piedra: ahora resulta que para volver a la Luna no hay trajes, no hay condiciones, no hay cómo. Curioso salto evolutivo: fuimos, volvimos… y ahora no podemos regresar. Ummmm. La talanquera también funciona así: le venden a uno la hazaña, le administran la duda y, mientras tanto, usted sigue esperando que levanten la barra.
Y, sin embargo, hay una ironía hermosa en todo esto.
Dependemos tanto de la red, del dato, del flujo constante, que, el día que se apague por crisis, por torpeza o por algún iluminado con complejo de salvador, el espectáculo se cae. Pantallas en negro, discursos en pausa, influencers en silencio. Y entonces, quizá, en ese apagón involuntario, alguien mire hacia arriba y descubra algo escandaloso:
Que el sol sigue saliendo sin algoritmo,
Que la vida no pide permiso,
Y que la talanquera… nunca fue necesaria.
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