
El viernes 20 de marzo, el DANE reveló cifras preliminares de las Estadísticas Vitales de 2025. Aunque no son definitivas, exponen una realidad inobjetable para Colombia: la figura que históricamente conocíamos como la "pirámide poblacional" está desapareciendo. Se le llamaba así porque su base ancha representaba a la inmensa cohorte joven, y se iba angostando hacia los grupos de mayor edad, culminando en una cima estrecha para los mayores de 60 años.
Hoy, esa pirámide se está convirtiendo en un rombo y pronto será una pirámide invertida. El grupo de mayor edad será mayoritario, mientras que los jóvenes y niños pasarán a ser la minoría.
Estas cifras evidencian un fenómeno que se nos adelantó drásticamente. Los países desarrollados vivieron esta transición demográfica entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, estabilizando su crecimiento poblacional. Actualmente, esas economías experimentan un profundo envejecimiento e incluso una contracción de su población total.
Ese proceso, que a las naciones ricas les tomó entre 100 y 150 años, Colombia lo está experimentando en un periodo comprimido de apenas 50 a 60 años. Esta transición demográfica acelerada se comporta exactamente como la hipertensión arterial: es una condición crónica y silenciosa que muestra pocos síntomas en su etapa inicial y que, trágicamente, suele diagnosticarse cuando el paciente ya está en una fase sin retorno.
Esta transición demográfica acelerada se comporta exactamente como la hipertensión arterial: es una condición crónica y silenciosa que muestra pocos síntomas en su etapa inicial...
El DANE divulga estas estadísticas vitales anualmente, y la caída en los nacimientos es una tendencia evidente desde hace tiempo. Sin embargo, solo hasta hace muy poco se empezaron a encender las alarmas. La clase política aún no asimila que debe hacer precisamente lo que ha evitado por décadas: adaptar unos sistemas de seguridad social diseñados para una población joven a la nueva realidad de una sociedad envejecida y sin tasas de reemplazo.
Pero vayamos despacio. Imagine por un momento la economía de un hogar donde conviven dos abuelos, padre, madre y cinco infantes. Solo dos personas producen para cubrir las necesidades de nueve. Pasa el tiempo; los abuelos ya no están, los padres siguen trabajando y los cinco infantes ahora son jóvenes empleados que, entre todos, apenas tienen un hijo. De repente, la carga financiera desaparece y la capacidad de generar riqueza se multiplica.
A gran escala, esto experimenta una sociedad cuando atraviesa su "bono demográfico". Es una ventana de oportunidad única que surge durante la transición poblacional y facilita el salto hacia etapas superiores de desarrollo: mayor esperanza de vida, mejor educación, consolidación urbana, sistemas de salud financieramente viables y un incremento sustancial en el ingreso per cápita.
Con la modernización, un país reduce primero la mortalidad infantil y materna. Luego, los jóvenes entran al mercado laboral, tienen menos hijos y los nacimientos caen. El resultado es una gran masa de personas en su máxima capacidad productiva sosteniendo a muy pocos dependientes.
Con la modernización, un país reduce primero la mortalidad infantil y materna. Luego, los jóvenes entran al mercado laboral, tienen menos hijos y los nacimientos caen.
Sin embargo, para cobrar este bono, la fuerza laboral debe contribuir activamente a los sistemas de seguridad social (impuestos, pensiones y salud). En Colombia, esa base formal es apenas del 42 % al 46 % debido a nuestras crónicas tasas de informalidad. Si a esto sumamos que solo una minúscula fracción paga impuesto de renta ―apenas el 2 % al 4 % de los ocupados que ganan más de $ 69,7 millones anuales―, entendemos por qué el Estado se ve obligado a asfixiar con impuestos a las empresas para compensar el déficit de recaudo de las personas naturales.
Las reformas sociales que muchos jóvenes defienden hoy, manifestadas en su apoyo a sectores políticos populistas, van en contravía de su propio futuro. Serán precisamente ellos y ellas quienes tendrán que cargar sobre sus hombros el sostenimiento de sistemas estatales cada vez más costosos y desfinanciados.
El actual gobierno ha impulsado reformas que incentivan la informalidad y exigen mayores esfuerzos fiscales para soportar las pensiones del mañana. El pago de las mesadas a mediano plazo dependerá de trasladar el ahorro pensional privado a las arcas de Colpensiones. En suma, se está haciendo todo lo contrario a lo que se requiere para adaptar nuestro modelo a una población envejecida.
En suma, se está haciendo todo lo contrario a lo que se requiere para adaptar nuestro modelo a una población envejecida.
El bono demográfico que estamos desperdiciando no volverá. Su pérdida obligará al Estado, tarde o temprano, a imponer reformas que probablemente detonen estallidos sociales como los que ya hemos vivido, abriendo nuevamente la puerta a gobiernos populistas incapaces de solucionar el problema de raíz.
Y aun así, ese estallido social en las calles será una anécdota comparado con el colapso fiscal sistémico al que nos llevará la negligencia de no adoptar políticas públicas serias a tiempo.
Casi nadie está hablando de la ‘hipertensión’ demográfica que ya padecemos. Seguiremos siendo los y las "neoliberales" (y ahora también demógrafos y demógrafas) quienes alcemos la voz, como predicando en el desierto. Pero que nos ignoren hoy no significa, en absoluto, que estemos equivocados.
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