
La riqueza cultural de una sociedad se mide por su capacidad de traducir otros lenguajes, ideas y reflexiones. La primera traducción literaria se hizo en Roma en el año 250 a. C. El autor fue Livio Andrónico, quien tradujo la Odisea de Homero del griego antiguo al latín. Livio, a través de sus traducciones, despertó en Roma un interés por descubrir y conocer el mundo heleno, de forma que los habitantes del Lacio pudieron nutrir su mundo cultural, político y religioso a partir de la filosofía y cosmogonía de los griegos. Al punto que, la élite romana consideraba el griego antiguo como la lengua de la clase culta del Imperio.
En nuestras latitudes, la ciudad de Pasto ha sido una de las principales cunas de la traducción en Colombia y en Hispanoamérica. El personaje que más representó esta característica de la cultura del Sur fue el del doctor Leopoldo López Álvarez (1891-1940). El único hispanoamericano que ha traducido del latín y del griego antiguo al español toda la obra de Virgilio, de Homero, de Esquilo y de Aristófanes. Además, el humanista pastuso importó de Alemania una imprenta de tipos griegos, de las pocas que existen en nuestro continente, para imprimir, en la capital de Nariño, sus obras de forma bilingüe: una página en griego antiguo y la página siguiente con la traducción al español. Para esta odisea, López le enseñó griego antiguo a uno de sus tipógrafos y entrenó a sus ayudantes en el uso del alfabeto de la Hélade, con su sofisticado sistema de acentuación y de sintaxis. Esta hazaña le valió el reconocimiento de toda Colombia y de importantes intelectuales del mundo Hispano, de hecho, fue el primer nariñense galardonado con la Cruz de Boyacá.
Las referencias a los traductores pastusos y nariñenses podrían constituir un importante título en la historia intelectual de Colombia, solo con citar, al lado de López y Rodríguez, al eximio poeta de La Unión, Aurelio Arturo...
Los alumnos de López Álvarez y sus coterráneos continuaron la labor de traducción en la capital del Sur. Por ejemplo, Ignacio Rodríguez Guerrero, intelectual pastuso, propietario de la biblioteca personal más grande de su tiempo con más de 50 mil volúmenes; fue un gran abanderado en la quijotesca misión de su ciudad natal por traducir las culturas del mundo. En 1950 Rodríguez publicó el libro Traducciones Poéticas, donde continuó la traducción de los clásicos grecorromanos al llevar al español la obra de Horacio. Esto llevó al intelectual Roberto María Tisnés a mencionar que el pastuso “puede ser catalogado entre los más capacitados traductores colombianos de la actualidad”1. Las referencias a los traductores pastusos y nariñenses podrían constituir un importante título en la historia intelectual de Colombia, solo con citar, al lado de López y Rodríguez, al eximio poeta de La Unión, Aurelio Arturo, con sus traducciones de los poetas griegos contemporáneos y al humanista y político Alberto Montezuma Hurtado con sus obras al español de literaturas anglosajonas.
Esta particularidad de la capital de Nariño tiene profundos significados para el entendimiento de la cultura del Sur. La traducción de las literaturas del mundo ha sido un mecanismo para ampliar la visión política, filosófica y artística de la ciudad de Pasto y vencer así las dificultades que su dura geografía puede generar sobre las mientes de sus pobladores. Pasto está alejada de los puertos fluviales que conectan a las sociedades con el devenir de los pueblos. Los muelles y el mar son espacios por donde transitan ideas y acontecimientos, viajeros y aventureros que traen las novedades de las sociedades que se encuentran allende las fronteras de una nación. Este flujo de información es venero profundo que puede modificar las estructuras de pensamiento y de reflexión de una comunidad sobre las distintas esferas de su realidad. Pasto no ha contado en su historia con un lugar que cumpla la función de gran puerto. La conexión con Tumaco es de hace unas cuantas décadas y la antigua posición de Barbacoas como puerto no cumplió con la misión de integrar profundamente a la ciudad con el mundo, pues los relatos de los viajes por el trayecto entre Barbacoas y Pasto dan cuenta de la lentitud en los flujos y la dificultad del tránsito.
A través de las hojas y del estudio disciplinado, sus habitantes han mantenido un contacto directo con las filosofías, religiones y literaturas de la cultura universal.
En consecuencia, han sido los libros el puerto al mundo de los pastusos. Libros que llegaban por manos de mercaderes y viajeros, pero especialmente por las órdenes religiosas que se asentaron en nuestro Valle. Estos libros permitieron edificar la compleja estructura intelectual de los habitantes del Sur. A través de las hojas y del estudio disciplinado, sus habitantes han mantenido un contacto directo con las filosofías, religiones y literaturas de la cultura universal. Casi por obligación, la limitada producción literaria, filosófica y humanística de Hispanoamérica en los siglos de la ilustración llevó a la lectura de las demás lenguas del Viejo Continente. Pastusos conocedores del inglés, francés, alemán, griego, italiano y portugués recorren las páginas de la historia intelectual del Sur. Esta lectura y estudio constante lleva necesariamente a la traducción de las obras extranjeras a nuestra lengua castellana. Especialmente, como un mecanismo para difundir en nuestra sociedad aquellas miradas sobre la humanidad que son distintas a nuestra tradición cultural. En el fondo, estos traductores pastusos son los aventureros, viajeros y marineros; aquellas figuras de los puertos que llevan lo novedoso a los lugares que aguardan por conocer un mundo distinto.
Igualmente, la traducción ha sido un mecanismo para interlocutar a esa gran idea de nación colombiana que se ubica en un centro de la geografía nacional y que articula las relaciones sociales, políticas y económicas. Pasto ha buscado vincularse a Colombia no por medio de los negocios, la minería o la ilegalidad, sino por medio de la cultura. Ejemplo de lo anterior es López Álvarez, quien, en medio de una visión colombiana sobre el Sur cargada de prejuicios y estupidez, logró que sus traducciones demostraran que el Sur estaba a la vanguardia de los grandes procesos intelectuales de Hispanoamérica. Nótese que la primera traducción que López publicó de forma bilingüe, con la imprenta de tipos griegos, fue los Himnos de Homero. En la primera página de este libro ubicó un orgulloso escudo de la ciudad de Pasto y enseguida una dedicatoria dirigida a la ciudad de Bogotá, como homenaje a sus 400 años de fundación. Esto le valió que el Concejo de Bogotá, intelectuales como Nieto Caballero y hasta el presidente Santos, le dirigieran palabras de reconocimiento y admiración al noble pastuso. El significado no era menor, López se ubicaba como el continuador de la antigua tradición grecolatina en Colombia. Baste con señalar que solo dos compatriotas han traducido la obra completa de Virgilio, el poeta del Imperio Romano, a la lengua de Cervantes: el pastuso Leopoldo López Álvarez y el bogotano Miguel Antonio Caro.
Si el país ubicara a Nariño como centro de sus preocupaciones, esta región daría a la patria grandes y amplias perspectivas que modificarían las rústicas formas de entendimiento del mundo que hay en nuestra sociedad.
La insulsa crítica de nuestros tiempos, al leer estos párrafos, rápidamente, como si de una programación automática se tratara, encasillaría esta tradición en el colonialismo, eurocentrismo, elitismo y demás epítetos desabridos. Pero esto, de ninguna forma corresponde a la complejidad del asunto. Pues Pasto ha sido centro de estudio de las lenguas y culturas indígenas de Colombia. Precisamente Leopoldo López, así como le mostraba a sus coterráneos el mundo de Grecia y Roma, estudiaba sistemáticamente las Voces quichuas de Nariño. Igualmente, Sergio Elías Ortiz, colega y compañero de López durante buena parte de su vida, fue uno de los grandes etnólogos colombianos y publicó su obra Lenguas y dialectos indígenas de Colombia. Todo esto demuestra que la traducción en Pasto fue de carácter universal, una forma de comprender la complejidad de la historia y la realidad a través de distintas culturas y tradiciones. Labor que se ha realizado por iniciativa particular de los ilustres hijos del Sur, sin apoyo ni ayuda de los grandes centros de poder económico de Colombia. Si el país ubicara a Nariño como centro de sus preocupaciones, esta región daría a la patria grandes y amplias perspectivas que modificarían las rústicas formas de entendimiento del mundo que hay en nuestra sociedad.
[1] Gymnasium III(X), p.37. Abril-Junio 1952.
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