Inicio / Opinión

La memoria no se borra: la juventud volverá a encender la luz de Colombia

Su tarea es distinta: tomar esas experiencias como referencia, reconocer el valor de quienes abrieron camino y construir nuevas respuestas.

Fernando Ardila Patiño
Fernando Ardila PatiñoDocente universitario desde 1996, directivo de programas, estudioso de la normativa.
05 NOV 2026 - 13:29Actualizado: 05 NOV 2026 - 18:30

Compartirwhatsappfacebookxlinkedin
whatsappÚnete a nuestro canal

Hay quienes creen que la historia comienza cuando ellos llegan. Una curiosa enfermedad de nuestro tiempo: aparecer en escena, levantar la voz, cambiarle el nombre a lo que ya existía y anunciar que, por fin, ha llegado la modernidad. Antes de ellos, al parecer, solo había oscuridad, ignorancia y gente que trabajaba sin saber que estaba haciendo historia.

Son los saltimbanquis de la memoria: hacen piruetas entre un discurso y otro, acomodan el relato según la tribuna y, si es necesario, borran el pasado para que su propia fotografía salga mejor. Confunden renovación con amnesia y protagonismo con trascendencia. Una verdadera acrobacia, aunque no siempre aterricen de pie.

Pero Colombia no comenzó ayer. Tampoco nació con las redes sociales, los gurús del emprendimiento, los discursos de innovación ni los personajes que descubrieron que para transformar el país basta con anunciarlo en una publicación.

Hace varias décadas, en medio de dificultades políticas, económicas y sociales, hubo mujeres y hombres que decidieron hacer algo bastante menos espectacular: trabajar, arriesgar, producir, educar, crear empresas y abrir oportunidades. No tenían millones de seguidores ni necesitaban convertir cada reunión en una transmisión en directo. Tenían ideas, oficio, disciplina y una convicción que hoy parece casi revolucionaria: el país también se construye haciendo.

Hace varias décadas, en medio de dificultades políticas, económicas y sociales, hubo mujeres y hombres que decidieron hacer algo bastante menos espectacular: trabajar, arriesgar, producir, educar, crear empresas y abrir oportunidades.

Una panadería podía convertirse en industria. Una receta familiar, en una marca nacional. Un taller, en una empresa. Una institución educativa, en una oportunidad para quienes no encontraban las puertas abiertas. No todo se resolvía con un decreto ni se financiaba con una presentación de PowerPoint. Había que madrugar, equivocarse, insistir, contratar, producir y volver a empezar.

Ahí están Rafael Molano Olarte y Ana Luisa Camacho, quienes con Productos Ramo convirtieron una iniciativa familiar en una de las marcas más reconocidas del país. El ponqué, el Chocoramo y tantos otros productos terminaron instalándose en la memoria de varias generaciones. No necesitaron una campaña para convencernos de que eran parte de Colombia: bastaba con abrir la lonchera.

También está JGB, con su trayectoria en productos para la salud y el bienestar; Pastas Doria, que hizo de un alimento cotidiano una industria; Carulla, que contribuyó a transformar las prácticas comerciales y el autoservicio; Lec Lee, que apostó por la confección y la industria nacional; y Rómulo, que elevó el oficio del calzado y la marroquinería a una propuesta empresarial reconocida por su calidad.

No eran simples nombres comerciales. Detrás de cada uno había empresarios, trabajadores, proveedores, familias, distribuidores y personas que entendieron que una empresa no se construye únicamente vendiendo un producto. Se construye generando confianza, creando empleo, desarrollando capacidades y permaneciendo en el tiempo.

Detrás de cada uno había empresarios, trabajadores, proveedores, familias, distribuidores y personas que entendieron que una empresa no se construye únicamente vendiendo un producto.

Y mientras unos construían empresas, otros entendían que el país también necesitaba construir conocimiento.

La Universidad de los Andes, fundada en 1948 por un grupo de jóvenes liderado por Mario Laserna Pinzón, nació con una apuesta que merece recordarse: contribuir a formar nuevas generaciones y construir un país distinto, en un momento en que la confrontación política también atravesaba las instituciones educativas.

La Universidad La Gran Colombia abrió una posibilidad fundamental para los trabajadores que necesitaban estudiar sin abandonar sus obligaciones laborales. La educación nocturna no era un eslogan de inclusión: era una puerta concreta para quienes debían repartir las horas entre el trabajo, el transporte, la familia y los libros.

La Escuela de Diseño y Mercadeo de Moda Arturo Tejada Cano contribuyó a profesionalizar un sector que muchos todavía miraban como un asunto de telas, pasarelas y vanidad. Y Taller 5 consolidó una propuesta de formación ligada a la creatividad, la investigación y la práctica.

A todos ellos hay que reconocerles algo: comprendieron que el desarrollo no depende exclusivamente de quienes gobiernan, sino también de quienes se atreven a crear instituciones, formar personas y sostener proyectos más allá de su propio tiempo.

Eso es construir país.

Y conviene decirlo porque últimamente parece que la memoria se hubiera convertido en un estorbo. Hay una curiosa tendencia a contar la historia desde el último capítulo, como si todo lo anterior fuera material descartable. Se cambian los nombres, se maquillan los antecedentes, se ignoran los pioneros y se presentan como descubrimientos extraordinarios ideas que otros llevan décadas desarrollando.

Y conviene decirlo porque últimamente parece que la memoria se hubiera convertido en un estorbo.

El procedimiento es sencillo: no hace falta destruir un archivo; basta con dejar de consultarlo. No hay que negar una trayectoria; basta con no mencionarla. No es necesario borrar físicamente a quienes construyeron; alcanza con reemplazarlos en el relato por quienes llegaron después y encontraron el terreno preparado.

La memoria no siempre se destruye: a veces se administra por omisión.

Y ahí aparecen los saltimbanquis, tan hábiles para cambiar de discurso como para saltar de escenario. Hoy celebran una tradición, mañana la desconocen; hoy se presentan como herederos, mañana como fundadores; hoy hablan de innovación y pasado mañana descubren que innovar también consiste en reconocer lo que otros hicieron. Su especialidad no es construir puentes, sino posar sobre ellos.

Pero tampoco conviene confundir la crítica a estos personajes con una condena al presente. Colombia no necesita vivir mirando por el retrovisor ni convertir a sus empresarios y educadores de otras épocas en figuras intocables. Necesita conocerlos, reconocer sus aportes, estudiar sus aciertos y también aprender de sus errores. La memoria no es un altar: es una herramienta para no empezar siempre desde cero.

Colombia no necesita vivir mirando por el retrovisor ni convertir a sus empresarios y educadores de otras épocas en figuras intocables.

Y aquí aparece una razón poderosa para mirar hacia adelante: la juventud.

Mientras algunos adultos se disputan micrófonos, protagonismos y derechos de autor sobre la historia, hay jóvenes trabajando silenciosamente. No todos están buscando convertirse en influenciadores, ni necesitan anunciar cada idea como si acabaran de descubrir la electricidad. Muchos estudian, investigan, emprenden, diseñan, programan, crean empresas, recuperan oficios, desarrollan tecnología, trabajan en proyectos comunitarios y se preparan para asumir responsabilidades.

Están en los talleres, laboratorios, universidades, emprendimientos, escenarios culturales, empresas y territorios. Algunos todavía no tienen nombre público; otros ni siquiera saben que un día serán referentes. Pero están aprendiendo, equivocándose, organizándose y construyendo capacidades.

No hacen tanto ruido porque están ocupados haciendo algo.

A esos jóvenes hay que mirarlos con respeto. No necesitan que les entreguemos un país envuelto en discursos motivacionales ni que les expliquemos, desde la comodidad de nuestras certezas, cómo deben resolver los problemas que heredaron. Necesitan oportunidades, educación, instituciones que funcionen, espacios para crear y adultos capaces de reconocer que el futuro no les pertenece a quienes más hablan, sino a quienes se preparan para asumirlo.

Ellos no tienen que repetir la historia de Ramo, JGB, Doria, Carulla, Lec Lee o Rómulo. Tampoco tienen que fundar otra universidad para demostrar que entendieron la lección. Su tarea es distinta: tomar esas experiencias como referencia, reconocer el valor de quienes abrieron camino y construir nuevas respuestas para un país que ya no enfrenta los mismos desafíos.

Quizá algunos de ellos estén creando hoy la empresa que dentro de treinta años acompañará la vida cotidiana de millones de colombianos. Quizá otros estén formando la institución que cambiará la educación, la ciencia, la cultura o la industria. Tal vez todavía no tengan capital, contactos ni una fotografía con personajes importantes. No importa. Las grandes obras rara vez comienzan con una alfombra roja.

Comienzan con una idea y alguien dispuesto a trabajar por ella.

Por eso resulta tan importante preservar la memoria de quienes construyeron antes. No para vivir de sus glorias, sino para que los jóvenes sepan que es posible hacer cosas duraderas en este país. Que hubo personas que, sin tener todas las condiciones a favor, crearon empresas, abrieron universidades, profesionalizaron oficios y dejaron oportunidades que otros pudieron aprovechar.

Por eso resulta tan importante preservar la memoria de quienes construyeron antes.

La memoria no es una carga para la juventud. Es parte de su equipaje.

Colombia necesita menos saltimbanquis del relato y más constructores de futuro. Menos personas empeñadas en aparecer como protagonistas de todo y más jóvenes dispuestos a asumir responsabilidades. Menos ceremonias para inaugurar lo que otros hicieron y más capacidad para crear lo que todavía no existe.

Los empresarios que abrieron camino, los educadores que levantaron instituciones y los trabajadores que hicieron posibles esos proyectos merecen reconocimiento. No porque hayan sido perfectos, sino porque hicieron algo que sigue siendo necesario: convertir una idea en realidad y dejar algo útil para los demás.

Y los jóvenes merecen algo todavía más importante: que no les entreguemos solamente el recuerdo de lo que fuimos, sino las condiciones para decidir lo que podemos llegar a ser.

La patria no necesita una generación que repita discursos sobre el pasado ni otra que pretenda borrarlo para hacerse un lugar. Necesita una generación que conozca su historia, tenga criterio para cuestionarla y carácter para continuarla.

La patria no necesita una generación que repita discursos sobre el pasado ni otra que pretenda borrarlo para hacerse un lugar.

Porque los saltimbanquis pasarán de escenario en escenario, como siempre. Cambiarán de vestuario, de libreto y de aplausos. Pero quienes trabajan, crean, educan y construyen dejan huellas que no desaparecen con el siguiente espectáculo.

Las modas pasan. Los discursos cambian. Los protagonistas se reemplazan. Las obras permanecen.

Y cuando esos jóvenes que hoy crecen silenciosamente decidan tomar las banderas de Colombia, no tendrán que inventarse una historia para empezar a caminar.

Tendrán una memoria que defender, un país que transformar y una tarea pendiente:

Volver a encender la luz, no para iluminar el retrato de quienes llegaron, sino para que las generaciones que vienen puedan ver el camino que todavía falta por construir.

Copyright © – Minuto60 – 2026

metricool pixel