
Débora Arango nació en 1907. Han pasado 119 años y resulta extraordinario que una mujer de su tiempo tenga tantas cosas que decirnos sobre el nuestro.
Veinte días antes de que se ordenara de manera arbitraria el retiro de más de cincuenta obras y objetos históricos del Museo Nacional de Colombia, el Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM) había inaugurado Débora Arango. Mirar sin miedo, una exposición que recorre una vida y una obra que son, a la vez, un retrato impactante del siglo XX en Colombia. Una mirada descarnada sobre una sociedad que prefería ocultar sus contradicciones antes que reconocerse en el espejo.
Débora pintó la pobreza, la prostitución, las desigualdades, los cuerpos femeninos, los pulsos y luchas de las mujeres y los abusos de poder. Puso en evidencia la doble moral de una sociedad pacata y mojigata que condenaba sus pinturas mientras toleraba las injusticias que denunciaban. E incomodó no solo por lo que pintaba, sino por quién era y desde dónde miraba. Por desafiar varias de las convenciones más arraigadas de su tiempo.
La primera gran transgresión de Débora fue representar el cuerpo femenino desde su condición de mujer. Sus desnudos fueron escandalosos no tanto porque mostraran el cuerpo femenino, que los pintores y escultores hombres llevaban siglos representando, sino porque una mujer se atrevía a hacerlo desde su propia mirada, sin someterse a los códigos de pudor y feminidad que la sociedad esperaba de ella. Más allá del cuerpo, fue una disputa por el derecho de las mujeres a mirar, interpretar y representar el mundo.
La primera gran transgresión de Débora fue representar el cuerpo femenino desde su condición de mujer.
En 1939 participó en la exposición Pintores Profesionales de Medellín, organizada por la Sociedad Amigos del Arte en el Club Unión, donde obtuvo el primer premio con Hermanas de la Caridad, una obra de temática religiosa, al tiempo que La amiga y Cantarina de Rosa, dos cuadros presentados en esa misma exposición, desataron el escándalo. Era la primera vez que una artista colombiana pintaba y exhibía desnudos femeninos.
Por ese desafío, y seguro también por empezar a destacarse, pagó un precio muy alto. Su obra fue objeto de escándalo, rechazo, censura y desprestigio. Y ella también. Tras exhibir aquellos desnudos, sus amigas le expresaron que ya no querían tomar más clases con ella; su maestro Pedro Nel Gómez le dio la espalda y la menospreció públicamente como artista, y la Liga de la Decencia de Medellín la acusó de indecente e inmoral y acudió a monseñor Miguel Ángel Builes para solicitar su excomunión.
Entre los personajes que ayudan a comprender aquella Colombia está justamente monseñor Builes, obispo de Santa Rosa de Osos, cuyas pastorales convirtieron la confrontación política en una cuestión religiosa. Insistía en que el liberalismo era pecado, condenaba determinadas formas de vestir de las mujeres y veía en las transformaciones sociales una amenaza contra el orden moral. Su prédica alimentó el sectarismo de una época que terminaría marcada por una violencia devastadora.
En este ambiente puritano y hostil que solo avalaba la familia tradicional y los roles domésticos de la mujer, Débora respondió con una segunda transgresión: darle vida a mujeres que no encajaban en el ideal femenino de entonces. Mujeres que pensaban, leían, sufrían, luchaban, se rebelaban, se volaban del convento, usaban bikini o vivían en los márgenes de la sociedad. Mujeres que no cabían en el estrecho molde de la obediencia doméstica.
Una tercera transgresión consistió en ejercer una voz política. Sus pinturas retrataron los peligros del autoritarismo y de la radicalización política, así como múltiples episodios de violencia de la historia nacional. Laureano Gómez –otro personaje histórico que, como Débora, volvió a cobrar plena vigencia por estos días–, Rojas Pinilla y los protagonistas de la violencia bipartidista aparecen en un universo pictórico que revela la degradación del poder cuando este se alimenta del miedo, la intolerancia y la deshumanización del adversario. Una voz política tremendamente potente en una época en la que las mujeres todavía no tenían derecho a votar. Débora celebraría esa conquista en Los derechos de la mujer, obra realizada en 1954, año en que se reconoció el sufragio femenino en Colombia, ejercido por primera vez en una votación nacional en 1957.
Una voz política tremendamente potente en una época en la que las mujeres todavía no tenían derecho a votar.
Hay una cuarta transgresión que vale la pena resaltar: en una sociedad donde la autoridad religiosa pretendía dictar no solo las normas de conducta, sino también los límites del pensamiento y la creación artística, ella se atrevió a ejercer su fe con libertad de conciencia y sin doble moral. Su crítica a los jerarcas religiosos no suponía un rechazo a los valores de su fe católica. Por el contrario, su pintura revela una sensibilidad profundamente cristiana frente al sufrimiento, la injusticia y el desamparo. Débora parecía comprender que la esencia de su religión no estaba en condenar al otro ni en imponerle una determinada moral, sino en la compasión, el perdón y el reconocimiento de la dignidad humana. Su transgresión consistió en mantenerse fiel a esos principios incluso cuando entraban en contradicción con quienes se proclamaban sus guardianes.
Y una quinta transgresión: Débora se atrevió a mirar el mundo desde un lugar distinto al de su origen social. Provenía de una familia de clase alta —que, dicho sea de paso, siempre la apoyó—, pero dirigió su mirada artística hacia quienes sufrían en una sociedad profundamente desigual. Se puso del lado de los pobres, las prostitutas, los marginados, las mujeres sometidas y las víctimas de la violencia. Retrató también la cara menos idealizada de la maternidad, marcada para tantas mujeres por el sufrimiento, la precariedad y el desamparo. Y cuestionó los abusos de poder, la hipocresía y la doble moral de las élites políticas, económicas y religiosas. En un contexto de rígidas jerarquías sociales, Débora desafió las convenciones de su propia clase: reconoció la dignidad de quienes eran despreciados y se atrevió a señalar la responsabilidad de quienes, desde posiciones de poder, contribuían a perpetuar ese sufrimiento.
Provenía de una familia de clase alta —que, dicho sea de paso, siempre la apoyó—, pero dirigió su mirada artística hacia quienes sufrían en una sociedad profundamente desigual.
¡Qué profundas fueron sus transgresiones! La libertad de mirar, la valentía de denunciar, la capacidad de ponerse en el lugar del otro y el coraje de mantenerse fiel a sí misma.
Débora Arango murió en 2005, pero sus pinturas continúan haciéndonos preguntas. Sobre las mujeres y su libertad. Sobre la religión y la compasión. Sobre la política y sus fanatismos. Sobre la valentía de disentir y el deber de reconocer la humanidad de quienes piensan distinto.
Su obra, tantas veces silenciada por el poder político y religioso, nos recuerda que el arte puede ayudarnos a ver lo que una época se empeña en ocultar. Y también nos señala el papel insustituible de los museos como custodios de nuestra memoria colectiva. Con razón, la exposición del MAMM concluye que cuidar el legado de Débora Arango no es solo una tarea institucional e histórica, sino también un compromiso con nuestros valores democráticos.
Por eso resulta tan significativa la reciente decisión judicial que ordena restituir las piezas retiradas del Museo Nacional y ampara los derechos a la libertad de expresión, al acceso a la cultura, a la educación y a la memoria histórica. El fallo recuerda que la autonomía curatorial no puede confundirse con la imposición de un relato oficial y que las decisiones museográficas deben estar debidamente sustentadas en criterios técnicos, curatoriales y de conservación.
Débora tuvo que luchar y esperar buena parte de su vida para que pudiéramos mirar sus pinturas. “Pinté para que un día alguien más pudiera mirar sin miedo. Ahora esta mirada le pertenece a mi país”, se lee al final de la exposición Mirar sin miedo. ¡Que ahora nadie pretenda decidir qué tenemos derecho a mirar ni devolvernos a los tiempos asfixiantes de los moralismos impuestos por el poder político y religioso! Y que ciudadanos e instituciones —museos y jueces incluidos— sigamos defendiendo la libertad, la diversidad y el pluralismo que hacen posible nuestra democracia.
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