
En algún momento de la historia humana, vestirse no era una declaración de estilo, una tendencia de temporada ni una discusión sobre si el pantalón debía llevarse ancho, estrecho, roto o a un precio que obligara a solicitar un crédito de libre inversión. Vestirse era, sencillamente, una manera de sobrevivir.
Nuestros antepasados tuvieron que adaptarse a entornos cambiantes, proteger sus cuerpos y aprovechar los materiales disponibles. Mucho antes de que existieran las pasarelas, las vitrinas y los asesores de imagen, alguien descubrió que una piel podía servir para algo más que cubrir un animal. Allí comenzó una larga historia de ingenio humano que terminaría convirtiendo una necesidad en una de las expresiones más complejas de nuestra cultura.
El problema es que la humanidad nunca se conforma con resolver una necesidad. La resuelve, la transforma, le pone nombre, le inventa una categoría, la convierte en negocio y, finalmente, organiza un evento internacional para presentar la nueva colección.
Así pasamos de proteger el cuerpo a vestirlo, de vestirlo a representarnos y de representarnos a construir identidades mediante telas, colores, cortes, texturas y siluetas. La ropa dejó de ser solamente una barrera contra el frío para convertirse también en lenguaje. Un lenguaje que no necesita palabras, aunque a veces consiga decir más de lo que su propietario quisiera.
(...) pasamos de proteger el cuerpo a vestirlo, de vestirlo a representarnos y de representarnos a construir identidades (...)
Basta observar lo que ocurre cuando alguien estrena zapatos. Camina distinto. Cuando alguien recibe su primer traje profesional, puede sentir que está entrando en una nueva etapa de su vida. Cuando un médico se pone la bata blanca, un chef recibe su filipina o un graduando viste la toga y el birrete, la prenda deja de ser un simple objeto: representa una profesión, un logro, una pertenencia.
La psicología tiene incluso un concepto para estudiar parte de este fenómeno: enclothed cognition, o cognición vestida, propuesto por Hajo Adam y Adam Galinsky en 2012. Sus investigadores, plantearon que la ropa puede influir en los procesos psicológicos de quien la lleva, según el significado simbólico de la prenda y la experiencia de usarla. No significa que ponerse una corbata convierta automáticamente a alguien en estadista, ni que una bata blanca otorgue conocimientos médicos por ósmosis. La tela tiene sus límites; algunos, por fortuna, todavía insuperables. Pero sí nos recuerda que vestirse puede modificar la manera en que nos percibimos y asumimos determinados papeles sociales.
Sin embargo, durante mucho tiempo hubo quienes trataron la moda como un asunto menor, una frivolidad para entretener a quienes no tenían problemas verdaderamente importantes. Como si diseñar una prenda, comprender el comportamiento de los materiales, construir una silueta, interpretar una tendencia, desarrollar un patronaje o convertir una idea en un producto comercial no exigiera conocimiento, disciplina y sensibilidad.
Se trata de una vieja costumbre humana: dividir el conocimiento entre lo que parece solemne y lo que parece superficial, como si el mundo pudiera funcionar únicamente con quienes redactan teorías y no con quienes saben convertirlas en objetos útiles, bellos y posibles.
La moda ha tenido que defender su lugar frente a esa jerarquía del conocimiento. Y vaya si lo ha conseguido.
La moda ha tenido que defender su lugar frente a esa jerarquía del conocimiento.
En el siglo XIX, Charles Frederick Worth contribuyó a transformar el oficio de la confección en una industria creativa organizada alrededor de la figura del diseñador, las colecciones y la presentación de prendas sobre modelos vivas. Su casa, fundada en París en 1858 junto con Otto Bobergh, marcó un hito en la historia de la alta costura.
La ropa ya no era solamente algo que se encargaba para cubrir el cuerpo. También podía expresar la visión de un creador, anticipar tendencias, construir una marca y articular una cadena de trabajo que reunía diseño, textiles, confección, comercialización y comunicación.
Desde entonces, la moda ha desarrollado su propio vocabulario y ha colonizado nuestra conversación cotidiana. Hablamos de look, outfit, vintage, low cost, colecciones, tendencias, prendas a la medida y temporadas. Nos vestimos para trabajar, celebrar, protestar, pertenecer, seducir, distinguirnos o, simplemente, intentar sobrevivir a una fotografía familiar.
Porque la moda también tiene sus ironías: queremos vestirnos como nadie, pero sin dejar de parecernos a alguien; buscamos diferenciarnos, aunque a veces terminemos uniformados por la misma tendencia. La industria conoce bien esa extravagancia. Detrás de cada prenda que parece sencilla puede haber una compleja suma de decisiones creativas, técnicas, industriales y comerciales.
Por eso, cuando hablamos de moda, no hablamos únicamente de diseñadores famosos ni de modelos caminando bajo luces calculadas. Hablamos de una industria que necesita textiles, patronistas, confeccionistas, fotógrafos, comunicadores, empresarios, docentes, investigadores, comerciantes y profesionales capaces de convertir la imaginación en trabajo, empleo y desarrollo.
(...) cuando hablamos de moda, no hablamos únicamente de diseñadores famosos ni de modelos caminando bajo luces calculadas.
Y en Colombia, esa historia tiene nombres propios. El pionero, Arturo Tejada Cano. Arquitecto de formación, educador, empresario y visionario. Arturo entendió que la moda colombiana necesitaba mucho más que talento espontáneo. Necesitaba formación, estructura, profesionalización y una institucionalidad capaz de convertir las vocaciones creativas en proyectos de vida.
Su historia estuvo ligada desde temprano al universo empresarial de la confección. En el entorno familiar conoció los textiles, el patronaje, la producción y la comercialización; aprendió que detrás de una prenda hay una idea, pero también costos, materiales, procesos, personas y decisiones. Más tarde, su formación como arquitecto aportaría otra perspectiva: construir no consiste únicamente en imaginar una forma, sino en comprender cómo sostenerla.
Y esa fue, precisamente, una de sus grandes contribuciones.
Tras asumir la dirección de la institución familiar, impulsó su transformación en la Escuela de Diseño y Mercadeo de Moda Arturo Tejada Cano, consolidando un espacio de formación para quienes querían llevar su creatividad más allá de la intuición y convertirla en profesión.
No se trataba solamente de enseñar a dibujar una prenda o a combinar colores. Se trataba de formar personas capaces de comprender el sistema completo: diseño, patronaje, textiles, mercadeo, producción, fotografía, comunicación y gestión empresarial.
En otras palabras, comprender que una buena idea necesita algo más que inspiración para llegar a buen puerto. Necesita método, conocimiento, oficio y una buena cantidad de trabajo que rara vez aparece en la fotografía de la pasarela.
Necesita método, conocimiento, oficio y una buena cantidad de trabajo que rara vez aparece en la fotografía de la pasarela.
Arturo contribuyó a formar generaciones de profesionales, a conectar el talento nacional con referentes internacionales y a fortalecer los espacios de encuentro de una industria que durante demasiado tiempo fue mirada con cierta condescendencia. Allí donde algunos veían ropa, él ayudó a construir un campo de conocimiento, una oportunidad empresarial y un proyecto de desarrollo.
Su legado no cabe únicamente en el nombre de una institución ni en la lista de quienes pasaron por sus aulas. Está también en cada profesional que encontró una ruta para desarrollar su talento, en cada emprendimiento que pudo convertir una vocación en sustento y en cada persona que descubrió que la moda no tenía por qué ser un pasatiempo: podía ser una carrera, una empresa, una industria y una forma de contribuir al país.
Hoy, cuando Colombia participa en los circuitos internacionales de la moda y sus diseñadores, marcas y empresas buscan nuevos mercados, conviene recordar que ninguna industria creativa se construye únicamente con aplausos. Se construye con formación, inversión, trabajo, conocimiento, experimentación y personas capaces de pensar más allá de la próxima temporada.
También se construye reconociendo a quienes abrieron camino cuando el sector todavía debía justificar su importancia ante quienes confundían la apariencia con la superficialidad.
Por eso, rendir homenaje a Arturo Tejada Cano es reconocer mucho más que una trayectoria individual. Es reconocer la tarea de quienes han contribuido a profesionalizar la moda colombiana y a demostrar que la creatividad, cuando se acompaña de conocimiento y estructura, puede convertirse en patrimonio productivo y cultural.
Al final, quizá todo comenzó con la necesidad de cubrirnos del frío. Pero la historia no se detuvo ahí. Aprendimos a transformar materiales, a expresar identidades, a construir oficios y a transmitir conocimientos de generación en generación. Aprendimos que una prenda puede proteger el cuerpo, representar una profesión, contar una historia y ayudarnos a reconocer quiénes somos.
Y detrás de ese recorrido hay manos que cortan, mentes que diseñan, ojos que anticipan, empresas que arriesgan y maestros que enseñan a otros a continuar.
Arturo Tejada Cano dedicó una parte fundamental de su vida a esa última tarea: construir las condiciones para que el talento colombiano pudiera convertirse en conocimiento, profesión y futuro.
Existen arquitectos que levantan edificios y otros que ayudan a construir industrias. Los primeros dejan estructuras que podemos recorrer. Los segundos dejan capacidades que otros pueden seguir desarrollando.
La verdadera obra de Arturo Tejada Cano no está solamente en las prendas que inspiró ni en las aulas que ayudó a consolidar, sino en las generaciones que aprendieron a convertir la creatividad en una profesión y la moda en una posibilidad de vida.
Ese es el hilo que merece ser reconocido: el que une la necesidad humana de vestirnos con la capacidad de imaginar, crear, enseñar y construir.
Y el que demuestra que, a veces, para transformar un país, también hay que saber cortar bien la tela.
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