
La muerte de Carlos Gardel llegó tangamente, como en la balada de Piazzolla y Horacio Ferrer, aunque no de madrugada ni en Buenos Aires, sino a plena luz del día en este valle de buenos aires. Era 1935 y aquella tragedia sellaría para siempre el vínculo del tango con una ciudad que no es solo silicona y pólvora. Que también es nostalgia, sensualidad, deseo, desgarro, celebración y vitalidad.
En esa historia ocupa un lugar fundamental Leonardo Nieto, un argentino que llegó a Medellín en 1960 siguiendo la recomendación de tomar un descanso y se sorprendió al encontrar una ciudad profundamente enamorada del tango. Decidió quedarse, dedicar buena parte de su vida a cultivar esa pasión y, por supuesto, no seguir la instrucción médica, porque la verdad es que acá hizo de todo menos bajar las revoluciones. En 1961 fundó el Salón Versalles, en la tradicional calle Junín, que se convertiría en un referente de la vida cultural e intelectual de Medellín. Su idea era reproducir algo del ambiente de los cafés de Buenos Aires: lugares donde las personas no solo comen, sino que conversan, leen, discuten, escuchan música y construyen relaciones.
Versalles se convirtió en lugar de encuentro de escritores, periodistas, artistas e intelectuales. Uno de sus visitantes más célebres fue Manuel Mejía Vallejo, quien escribió allí parte de su novela Aire de tango, publicada en 1973. Todavía hoy es una delicia ir a almorzar, comprar sus empanadas argentinas y chilenas e imaginar esa vida que pasó por allí, como un soplo.
En 1968, Leonardo impulsó el primer Festival de Tango de Medellín, una iniciativa que tuvo continuidad durante una década y que, tras varios años de interrupción, fue retomada e institucionalizada por la Alcaldía. Este año el Festival Internacional de Tango celebró su vigésima edición y decidió honrar la memoria de Leonardo dando su nombre a la ceremonia de clausura. A comienzos de los años setenta fundó la Casa Gardeliana, en Manrique, un espacio de encuentro para músicos, bailarines y aficionados que terminaría convirtiéndose en un referente patrimonial de Medellín y contribuiría a imprimir un sello tanguero a esta vibrante comuna del nororiente de la ciudad. Allí, compañías como Fantasía Argentina Tango, Unión Latina, el Balcón de los Artistas y otras tantas siguen recreando esta tradición con niveles de calidad excepcionales e historias de carne y hueso que muestran que el arte y la cultura sí pueden transformar a las personas, las comunidades, los barrios.
A esa geografía sentimental de Medellín pertenece también el Salón Málaga, fundado en 1957 por Gustavo Arteaga, donde todavía hoy el tango convoca a escuchar, conversar, bailar y recordar, entre discos, fotografías y memorias de una ciudad que se resiste a olvidar porque sabe que el olvido todo lo destruye.
Hace unos días, en colaboración con la Fundación Apus, la Academia de baile El Candombe, que acogió a mi madre hace quince años, regalándole amistades entrañables y grandes dosis de alegría, salud y emoción, presentó el espectacular montaje Medellín, un siglo de tango. Una puesta en escena que, de la mano de grandes clásicos, nos llevó a recorrer la historia del tango en Medellín: desde su llegada con el ferrocarril, pasando por la muerte de Gardel y la vida tanguera de Guayaquil, hasta las academias, los bailarines y las nuevas generaciones que mantienen viva esta tradición.
Jhon A. Blandón, o Jhony, como lo conoce todo el mundo, es el alma de El Candombe. Licenciado y magíster en danza, premiado internacionalmente, director, fundador y profesor estrella de la academia, esta vez nos descrestó también como guionista, director creativo, escenógrafo y productor. Un espectáculo conmovedor, emocionante, que ojalá recorra el país y cruce fronteras.
Por mi parte, guardo un par de humildes esperanzas: cumplir una promesa que se salda en el Salón Málaga y oír a Pala en uno de sus conciertos de tango.
Con sobradas razones, Medellín emprendió este año el camino para incluir el tango en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial del Distrito. Personas apasionadas y comprometidas con esta melancolía hecha música nos recuerdan que sí, que el tango también es de Medellín. Y que está más vivo que nunca. Que desde hace un siglo habita sus calles, sus barrios, sus bares, sus casas, sus academias de baile, sus lugares de canto y de escucha. Y, sobre todo, sus sentimientos.
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