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Resistir frente al calor, el agua y la violencia para proteger la primera infancia

Hoy, más que nunca, acompañar a quienes cuidan y priorizar su salud mental es un acto de resistencia.

 Blasina Niño Sáenz
Blasina Niño Sáenz Directora técnica del programa Semillas de Apego
03 NOV 2026 - 16:42Actualizado: 03 NOV 2026 - 22:32

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En las últimas semanas no ha parado de llover en Tumaco. La marea sube con fuerza, entra a las casas palafíticas y arrastra toda la basura que las personas han botado al mar. Esa basura queda bajo las casas y genera graves condiciones de salubridad. Las casas también se inundan, las cosas se mojan, la ropa y los colchones se humedecen y se generan problemas respiratorios. Adicionalmente, la lluvia hace que las personas no quieran salir de sus casas, y el encierro, en una comunidad tan activa, produce niveles altos de ansiedad y estrés.

Y mientras en Tumaco llueve torrencialmente, en lugares como Barranquilla, Cúcuta y Cali, la sensación térmica es de 45° o más. Caminar cinco minutos en el calor extremo se vuelve imposible. Entonces, las personas también optan por refugiarse. Ese encierro y el calor en casa genera en las cuidadoras y los cuidadores niveles altos de intolerancia, lo cual repercute en el trato hacia las niñas y los niños: con cualquier situación cotidiana llega el golpe.

Ese encierro y el calor en casa genera en las cuidadoras y los cuidadores niveles altos de intolerancia (...)

La OMS advierte que el cambio climático plantea riesgos graves para la salud mental (angustia, ansiedad, depresión) y que esos impactos no se distribuyen de manera uniforme: los grupos más vulnerables son los más afectados. En las sesiones de Semillas de Apego, un programa psicosocial donde participan madres, padres y cuidadores de niñas y niños de primera infancia, vemos ese riesgo de salud mental a diario: se traduce en menos paciencia y más dificultad para sostener el cuidado sensible que la primera infancia necesita.

Todas las semanas, quienes participan en el programa llegan para reflexionar en torno a su bienestar y el cuidado de niñas y niños; comparten sus historias de vida, las heridas del pasado, los desafíos de cuidar frente a situaciones como el conflicto y otras adversidades, retos no menores que ahora se incrementan con el calor y la lluvia. Por ejemplo, ambos factores están afectando la asistencia al programa, y las sesiones han tenido que modificarse. El calor no permite el desarrollo de muchos ejercicios corporales, que han pasado a ser reflexiones sin movimiento para generar el menor calor posible. Pero el impacto en el desarrollo de las sesiones es solo la punta del iceberg cuando pensamos ahora en esta crisis que enfrenta nuestro planeta.

Las condiciones climáticas hacen parte del contexto que siempre hemos tenido en cuenta para implementar este programa, pues reconocemos que cada territorio tiene su particularidad. Pero hoy, en particular, las manifestaciones del cambio climático cobran relevancia en el contexto de las niñas y los niños: con el calor están más activos o más pasivos, salen de lo que para los cuidadores es la normalidad y expresan de diferentes formas su malestar con el clima, este agente externo que está afectando su mundo interno. Están más intolerantes, irascibles, lloran, se quejan, sobre todo los más pequeños. Hay una dificultad general, como si el ambiente estuviera más denso por el calor. Entonces, respirar no es fácil, llegan las pataletas, y con estas, una reacción en quienes cuidan: yo también tengo calor, tú estás insoportable, me sacas de quicio y no logro acompañarte en esto.

(...) con el calor están más activos o más pasivos, salen de lo que para los cuidadores es la normalidad y expresan de diferentes formas su malestar con el clima (...)

Y se suman otros tantos factores que hacen de la tarea de cuidar una misión casi imposible. En muchos territorios, además, las personas viven con miedo: reaparece el ejército, se multiplican las desapariciones, se organizan las autodefensas y las redes de delincuencia detonan con fuerza el microtráfico. Se recluta a niñas, niños y adolescentes, aumenta la violencia contra la mujer y se instalan los discursos de odio en el clima actual del país. A esto se suman las secuelas del terremoto: lugares aún con escombros y polvo, y personas desalojadas que se desplazan por la ciudad en busca de un techo, pues muchos albergues han cerrado, particularmente en ciudades como Cali o Medellín.

Y entonces llega el calor extremo y la lluvia como una bomba de tiempo para madres, padres y cuidadores. En este escenario queda entonces la resistencia de quienes acompañan a quienes cuidan: facilitadoras comunitarias que hacen un esfuerzo diario por sostener a estas personas, porque aunque ellas mismas también se están viendo afectadas por todas estas condiciones climáticas, caminan bajo el calor para seguir presentes, se suben en canoas y se acomodan las botas para atravesar el agua y así llegar a los barrios donde se encontrarán con las y los cuidadores. Porque algo tienen claro: hoy, más que nunca, acompañar a quienes cuidan y priorizar su salud mental es un acto de resistencia, y una de las tareas más urgentes para proteger a las niñas y niños de Colombia que viven y crecen en medio de un país convulsionado.

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