
Hay una frase que se ha convertido en el mantra oficial de nuestros tiempos:
Yo puedo. Puedo con todo.
Puedo levantarme a las cinco de la mañana, trabajar doce horas, hacer ejercicio, comer saludable, tener una relación estable, educar a mis hijos, pagar la hipoteca, emprender, ahorrar, viajar, meditar y, si queda algún minuto disponible, sonreír para demostrar que todo está bajo control.
Puedo ser mi mejor versión. Puedo superar mis traumas. Puedo reinventarme. Puedo sanar. Puedo triunfar.
Y si no puedo… algo debo estar haciendo mal. Es una idea extraordinariamente rentable.
Porque antes el poder decía: Debes. Ahora dice: Puedes.
Ahí está la pequeña trampa: si puedes, entonces también eres responsable de no poder.
El antiguo capataz podía ser culpado por la explotación. El nuevo solamente te mira y dice: “Tú elegiste”.
Qué maravilla.
Hemos conseguido que el trabajador se convierta en su propio patrón, su propio supervisor y, cuando las cosas salen mal, también en su propio verdugo. Todo incluido en el mismo paquete de autosuperación.
Byung-Chul Han llamó a esto la sociedad del rendimiento: una cultura en la que la exigencia ya no necesita presentarse solamente como una orden externa. Se instala dentro del individuo y lo empuja a producir, mejorar y superarse permanentemente.
Ya nadie tiene que decirnos, trabaja más. Nos lo decimos nosotros mismos: debo poder, tengo que lograrlo, no puedo fallar, sí los demás pueden, yo también debería poder.
Y aparece una criatura bastante peculiar: el individuo exhausto que se siente culpable por estar exhausto.
Descansar parece pérdida de productividad. Fracasar es una oportunidad de aprendizaje. Y estar deprimido, en semejante zoológico de optimismo obligatorio, puede convertirse incluso en otra forma de fracaso.
No porque la sociedad del rendimiento produzca por sí sola la depresión. La depresión es un trastorno complejo, con factores biológicos, psicológicos y sociales. Pero una cultura sí puede influir en la manera en que interpretamos nuestro sufrimiento.
Una persona puede pensar: Estoy enferma y necesito ayuda. Pero también puede haber aprendido durante años otra frase: Yo debería poder solo.
Entonces el sufrimiento adquiere una segunda capa: la culpa.
El cansancio se convierte en vergüenza. La necesidad de ayuda, en debilidad. La tristeza, en incapacidad.
Ese, es uno de los efectos más perversos de convertir la autosuficiencia en religión: nos cuesta admitir que necesitamos a los demás precisamente cuando más los necesitamos.
Porque si todo depende de mí, mi fracaso también es exclusivamente mío.
El desempleo, la soledad, la desigualdad, la enfermedad, la incertidumbre o una ruptura dejan de parecer problemas humanos y sociales para convertirse en tareas pendientes de superación personal.
Si estás mal: trabaja en ti.
Si estás triste: trabaja en ti.
Si estás quebrado: trabaja en ti.
La sociedad consigue así una pequeña maravilla administrativa: transforma problemas colectivos en tareas individuales.
Y mientras tanto, las redes sociales muestran a millones de personas levantándose a las cuatro de la mañana, tomando agua con limón y conquistando el universo antes del desayuno.
Naturalmente, uno empieza a sospechar que algo está fallando como especie.
El problema aparece cuando llega aquello que ninguna dosis de motivación puede controlar: una pérdida, una enfermedad, un desempleo, una ruptura, una deuda, la muerte, la inseguridad.
Entonces el mismo individuo al que durante años le dijeron, tú puedes, empieza a escuchar otra versión del mismo evangelio:
Tú debes protegerte.
Y ahí aparece el arma.
No solamente como una pieza de metal, sino como la culminación de una determinada fantasía de autosuficiencia.
Si puedo con mi carrera, con mi dinero, con mi cuerpo, con mis emociones y con mi destino… ¿por qué no voy a poder también con mi seguridad?
Si nadie me protege, me protejo yo.
La pistola aparece entonces como una especie de diploma universitario de la autosuficiencia:
Ya no necesito que nadie me cuide. Estoy armado.
La escena sería casi cómica si las consecuencias no fueran tan serias.
Primero llega el libro de autoayuda: confía en ti. Después el podcast: toma el control de tu vida. Luego el seminario: elimina tus límites mentales. Y finalmente la armería:
¿Qué calibre desea?
La sociedad del yo puedo acaba de descubrir el yo disparo.
El arma ofrece algo psicológicamente seductor: una sensación inmediata de capacidad frente a una experiencia de vulnerabilidad. No resuelve la inseguridad, pero puede producir la sensación de que ahora existe una respuesta.
No puedo controlar el mundo, pero puedo controlar esto.
No puedo garantizar que nada malo ocurra, pero puedo estar preparado.
No puedo confiar en todos, pero puedo defenderme.
El problema es bastante sencillo: una sensación de control no equivale necesariamente a seguridad.
Entonces, aparece la estadística para arruinar la fiesta.
Según UNODC, en 2021 las armas de fuego estuvieron involucradas en alrededor del 70 % de los homicidios en Sudamérica, frente a cerca del 17 % en Europa. Esto no significa que las armas expliquen por sí solas la violencia. Sería absurdo. La violencia tiene causas sociales, económicas, culturales, institucionales y criminales.
Pero tampoco resulta muy científico fingir que la disponibilidad de armas es irrelevante.
La cuestión se vuelve todavía más delicada cuando recordamos algo elemental: una persona no permanece toda la vida en el mismo estado psicológico en el que compró un arma.
Hoy puede sentirse fuerte.
Mañana puede perder el empleo.
Después puede divorciarse, enfermar, perder a alguien, endeudarse o entrar en una depresión.
Puede llegar una noche en la que su percepción del mundo sea radicalmente distinta de la que tenía cuando decidió armarse.
El arma, en cambio, sigue allí. No tiene duelo. No tiene ansiedad. No tiene arrepentimiento. No cambia de opinión…..Solo espera.
Por eso hablar de armas y depresión exige evitar una estupidez frecuente: convertir a las personas deprimidas en una amenaza. La inmensa mayoría de quienes sufren depresión no ejerce violencia contra otras personas.
El problema está en otra parte.
Cuando una persona atraviesa una crisis aguda y tiene acceso inmediato a un medio altamente letal, una crisis que podría ser transitoria puede terminar en una consecuencia irreversible.
El problema no es el deprimido. Es la combinación.
Entonces, la legalidad introduce una paradoja incómoda.
El debate suele detenerse cuando aparece la palabra mágica: Legal.
Es legal. Tiene permiso. Cumple los requisitos. Está registrado.
Perfecto.
Pero la legalidad responde a una pregunta:
¿Puede tenerla?
La salud pública hace otra:
¿Qué puede ocurrir cuando la tenga?
La ley regula la puerta de entrada. La vida real se encarga de lo que ocurre después.
El ciudadano que compra un arma no firma simultáneamente un contrato comprometiéndose a no deprimirse jamás. No promete que nunca perderá un empleo, sufrirá una ruptura, recibirá una noticia devastadora o atravesará una crisis.
Simplemente cumple unos requisitos en un momento determinado.
Pero la vida continúa.
Y cambia.
Ese es el problema de diseñar políticas públicas mirando la fotografía de una persona y no la película de su vida.
Una sociedad que aumenta la disponibilidad de armas no está suponiendo que sus ciudadanos serán eternamente estables. Está apostando a que las circunstancias futuras no convertirán esa disponibilidad en un problema.
Una apuesta curiosa para una especie cuya principal característica parece ser la capacidad de complicarlo todo.
Porque la misma sociedad que nos enseña a no depender de nadie puede terminar ofreciéndonos la solución perfecta frente al miedo: armarnos para seguir siendo independientes.
El mensaje es precioso: No necesitas a nadie. Pero lleva esto.
Así, la autosuficiencia termina convertida en una religión con accesorios.
Y probablemente ahí esté la verdadera ironía.
Somos animales sociales. Necesitamos vínculos, ayuda, comunidad e instituciones. Necesitamos poder decir: No estoy bien.
Y que alguien pueda responder: No tienes que poder con todo.
Porque quizá la verdadera libertad no sea poder con todo.
Quizá sea poder decir, no puedo, sin sentir que hemos fracasado como seres humanos.
Eso no vende tantos libros de autoayuda.
Tampoco genera tantos seguidores.
Y ciertamente no necesita calibre.
Pero puede salvar una vida.
Porque al final hay una diferencia brutal entre dos frases que nuestra época confunde demasiado:
Yo puedo con todo.
Y: No tengo que poder con todo solo.
La primera suena poderosa.
La segunda probablemente lo sea más.
Y quizá tengamos que aprenderlo antes de que la sociedad del yo puedo termine vendiéndonos la última demostración de autosuficiencia: un arma en una mano y una persona completamente sola en la otra.
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