Inicio / Opinión

Construir ciudad exige mucho más que construir obras: Treinta años de aprendizajes sobre desarrollo urbano

Consiste, sobre todo, en construir confianza, apropiación y sostenibilidad junto con la ciudadanía.

Lucy Molano Rodríguez
Lucy Molano RodríguezArquitecta. Experta en participación, cultura ciudadana y gobernanza urbana.
15 SEP 2026 - 11:09Actualizado: 15 SEP 2026 - 16:10

Compartirwhatsappfacebookxlinkedin
whatsappÚnete a nuestro canal

Durante décadas hemos medido el éxito del desarrollo urbano por las obras construidas y las inversiones ejecutadas. Sin embargo, el desarrollo urbano trasciende la transformación física del territorio: también se expresa en la capacidad de reducir brechas, fortalecer la confianza entre ciudadanía e instituciones, ampliar las oportunidades y mejorar la calidad de vida. La verdadera pregunta no es cuántas obras construimos, sino qué ciudad y qué ciudadanía estamos construyendo con ellas.

Después de casi treinta años trabajando en temas de desarrollo urbano llegué a una conclusión: el mayor desafío para construir ciudad nunca ha sido la ingeniería. Ha sido convencer a las propias instituciones de que la ciudadanía hace parte de la obra. Esta reflexión comenzó con una pregunta que me acompañó durante años: ¿la gestión social es realmente estratégica o sigue siendo vista como un requisito más para ejecutar los proyectos?

La respuesta terminó definiendo mi manera de entender el desarrollo urbano. Si la gestión social se reduce a atender quejas o mitigar conflictos, la ciudadanía termina siendo vista como un obstáculo para la ejecución de los proyectos. Pero si se entiende como un proceso permanente de relacionamiento, diálogo y construcción de confianza, los ciudadanos dejan de ser simples receptores de las obras para convertirse en verdaderos coproductores de ciudad.

Pero si se entiende como un proceso permanente de relacionamiento, diálogo y construcción de confianza, los ciudadanos dejan de ser simples receptores de las obras para convertirse en verdaderos coproductores de ciudad.

Lamentablemente, desde la formación universitaria todavía persiste la idea de que la dimensión sociocultural del desarrollo urbano es un asunto secundario. Con frecuencia se considera una responsabilidad exclusiva de disciplinas como el trabajo social, la comunicación o la psicología, mientras que la ingeniería, la arquitectura o el urbanismo se ocupan de lo verdaderamente importante: diseñar y construir infraestructura.

Después de casi tres décadas de trabajo en el Instituto de Desarrollo Urbano comprendí exactamente lo contrario.

La infraestructura no puede pensarse únicamente desde el concreto, el acero o el asfalto. Cada proyecto transforma relaciones sociales, dinámicas económicas, prácticas culturales, condiciones ambientales y formas de habitar el territorio. Por eso, construir ciudad exige comprender el desarrollo urbano como un proceso interdimensional, interdisciplinario e interinstitucional, donde las personas ocupan el mismo nivel de importancia que las obras.

Esa convicción permitió que, a lo largo de catorce administraciones distritales, entre 1998 y 2023, se consolidara en el IDU un modelo de Relacionamiento y Servicio a la Ciudadanía que evolucionó gracias al aprendizaje conjunto con comunidades, líderes sociales, contratistas, académicos y entidades nacionales e internacionales.

No fue un cambio de nombre. Fue un cambio de paradigma.

Pasamos de entender la gestión social como una estrategia para disminuir inconformidades durante la construcción de las obras a concebir el relacionamiento con la ciudadanía como un componente estratégico presente durante todo el ciclo de vida de los proyectos.

También aprendimos que el conocimiento técnico no es el único conocimiento válido. La experiencia cotidiana de quienes habitan los territorios aporta información que difícilmente aparece en los planos o en los diseños. Escuchar a la ciudadanía no significa renunciar al criterio técnico, sino enriquecerlo para tomar mejores decisiones, construir consensos y fortalecer la legitimidad de las intervenciones públicas.

La experiencia cotidiana de quienes habitan los territorios aporta información que difícilmente aparece en los planos o en los diseños.

Por supuesto, la participación tampoco puede entenderse como un ejercicio sin límites. Gobernar implica tomar decisiones, pero también desarrollar la capacidad técnica y pedagógica para explicar los proyectos, escuchar argumentos, incorporar mejoras y generar acuerdos que permitan avanzar privilegiando siempre el interés general sobre el particular.

Ese aprendizaje transformó también nuestra forma de relacionarnos con la ciudadanía. Dejamos atrás una comunicación centrada exclusivamente en informar el avance de las obras para impulsar procesos permanentes de formación y apropiación ciudadana. Durante cerca de veinte años implementamos el Curso de Desarrollo Urbano y Cultura Ciudadana y creamos, junto con el Museo Interactivo de Ciencia y Tecnología Maloka, el primer Laboratorio de Ciudad y Cultura Ciudadana (CiuLab), convencidos de que la mejor infraestructura es aquella que la ciudadanía comprende, valora y cuida.

Ese mismo proceso nos llevó a construir y perfeccionar, durante más de dos décadas, una política de Relacionamiento y Servicio a la Ciudadanía, acompañada de manuales, guías y herramientas metodológicas que posteriormente fueron compartidas con entidades nacionales e internacionales. En 2019, la Corporación Financiera Internacional (IFC), del Grupo Banco Mundial, destacó el liderazgo del IDU en el relacionamiento con comunidades y el trabajo interinstitucional como un referente para los proyectos de transformación urbana integral.

Después de casi treinta años de aprendizaje puedo afirmar que el verdadero desarrollo urbano no consiste únicamente en construir infraestructura. Consiste, sobre todo, en construir confianza, apropiación y sostenibilidad junto con la ciudadanía.

De estas reflexiones nació, como mencioné en una columna anterior, mi tesis de maestría: La Metáfora de la Línea y el Punto, hoy convertida también en una plataforma de conversación ciudadana en YouTube. Allí sostengo que cada proyecto de infraestructura adquiere verdadero sentido cuando fortalece el tejido social y mejora la calidad de vida de quienes habitan los territorios. Las líneas que trazamos sobre la ciudad solo tienen valor cuando benefician a los puntos que atraviesan: los barrios, sus comunidades y sus historias.

Ese ha sido, quizá, el mayor aprendizaje de mi trayectoria profesional.

Mi mayor deseo es que las instituciones públicas sigan construyendo sobre lo construido. Los funcionarios somos pasajeros; las políticas públicas sólidas son las que permanecen. Fortalecer el relacionamiento con la ciudadanía significa fortalecer la confianza institucional y hacer del desarrollo urbano un verdadero proyecto colectivo y sostenible.

Los funcionarios somos pasajeros; las políticas públicas sólidas son las que permanecen.

Finalmente, esta columna es también un homenaje a los miles de profesionales; trabajadores sociales, comunicadores, pedagogos, economistas, ingenieros, arquitectos, gestores urbanos, politólogos, guías cívicos y muchos otros, que durante décadas han demostrado, muchas veces lejos de los reflectores, que construir ciudad va mucho más allá de ejecutar una obra. Gracias a ellos entendí, como arquitecta, que la infraestructura solo cumple plenamente su propósito cuando logra construir ciudadanía. Porque, al final, las mejores ciudades no son las que levantan más obras, sino las que fortalecen la confianza entre quienes las habitan y hacen de la cultura ciudadana el verdadero cimiento de su desarrollo.

Copyright © – Minuto60 – 2026

metricool pixel