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Hace poco se hizo público que la actriz colombiana Margarita Rosa de Francisco se sometió a un tratamiento o cirugía estética de rejuvenecimiento facial. La noticia generó comentarios de todo tipo, muchos de ellos con un tono de sorpresa o reproche, por su aparente contradicción con el discurso de izquierda y feminista que ha defendido públicamente en los últimos años.
No me interesa sumarme a ese juicio. Toda mujer —todo ser humano, en realidad— es libre de hacer con su cuerpo lo que quiera, y exigirle coherencia estética absoluta a alguien para que sus ideas políticas sigan siendo válidas es, de entrada, una trampa. Pero el episodio sí sirve como una buena razón para hacernos una pregunta más amplia y más urgente: ¿por qué una mujer con los medios para hacerlo sintió la necesidad de rejuvenecerse y eso en el fondo escenifica un ejemplo de edadismo?
La respuesta tiene menos que ver con ella y más con el entorno que hace que "verse mayor" casi nunca se sienta como una opción neutral, sobre todo para figuras públicas. Ahí es donde vale la pena mirar con más atención el edadismo: la discriminación por motivos de edad, una forma de prejuicio silenciosa pero profundamente arraigada en nuestras sociedades. Un edadismo que existe sobre todo porque hemos entronizado la juventud, el afán por ser y vernos jóvenes el mayor tiempo posible, negar los años y evitar a como dé lugar el paso del tiempo.
Un edadismo que existe sobre todo porque hemos entronizado la juventud (...)
Isabella Rossellini, de 74 años, hija de dos leyendas del cine —Ingrid Bergman y Roberto Rossellini—, ha construido con los años una mirada lúcida sobre su propio envejecimiento: "Envejecer trae mucha felicidad. Uno engorda y le salen más arrugas, y eso no es tan bueno, pero también conlleva una libertad. La libertad es: mejor hago lo que quiero ahora, porque pronto moriré", declaró a The Guardian en 2020. Sobre las cirugías estéticas ha sido igual de directa: "Es como cuando vendaban los pies a las mujeres en China, una nueva manifestación de la misoginia". Años después añadió: "Nunca me he hecho ninguna cirugía plástica. Si lo haces, puede que ganes una batalla, pero pierdes la guerra".
La también actriz Kirsten Dunst, de otra generación, ha dicho algo parecido frente a las presiones que hay sobre las actrices mujeres para hacerse cirugías plásticas o cambios físicos para mantenerse vigentes en la industria: "Todavía sé, hasta el día de hoy, que no voy a arruinarme la cara y parecer un fenómeno. Prefiero envejecer y hacer buenos papeles".
Son posiciones admirables y merecen ser destacadas. Pero convertirlas en la vara con la que medimos a otras mujeres —incluida Margarita Rosa— sería perder de vista lo esencial: cada uno negocia con el mundo que le tocó, y ese mundo es profundamente hostil con las mujeres que envejecen, sobre todo si su rostro es, además, su herramienta de trabajo.
(...) cada uno negocia con el mundo que le tocó, y ese mundo es profundamente hostil con las mujeres que envejecen (...)
Buena parte del feminismo contemporáneo, apoyado en categorías marxistas y postmarxistas, ha señalado justamente esto: la industria de la belleza necesita generar insatisfacción constante para vender soluciones. Es la crítica de izquierda al consumismo y la alienación, aplicada al cuerpo: la insatisfacción corporal como necesidad fabricada para producir lucro, ganancias.
Una representante de la tercera ola feminista, la estadunidense Naomi Wolf, en su libro El mito de la belleza argumenta que los estándares de belleza funcionan como un mecanismo de control social que reemplazó otras formas de opresión tras los avances del feminismo. Sostiene que la industria de la belleza (incluida la cirugía) genera ansiedad e inseguridad en las mujeres precisamente cuando ganan poder económico y político, como forma de mantenerlas distraídas y gastando recursos en su apariencia.
La filósofa también estadounidense, Susan Bordo, en su libro El peso insoportable usa el concepto foucaultiano de "cuerpo dócil" para explicar cómo las mujeres internalizan y reproducen voluntariamente normas corporales impuestas culturalmente. Analiza la cirugía plástica como una forma de disciplina corporal que hace parecer "elección personal" lo que en realidad responde a presiones estructurales.
(...) para explicar cómo las mujeres internalizan y reproducen voluntariamente normas corporales impuestas culturalmente.
Ese es el punto exacto donde debería aterrizar cualquier lectura seria del caso de Margarita Rosa: en el sistema que pone a cualquier mujer pública —piense lo que piense— a elegir entre visibilidad y vejez. Porque de eso se trata, en el fondo, el edadismo: verse "vieja" —sobre todo en industrias como el entretenimiento, los medios o cualquier profesión de cara al público— sigue significando perder oportunidades laborales y sociales, ser excluida progresivamente de los espacios donde antes se tenía protagonismo.
Eso sí, esa exclusión no golpea a todas por igual. Quien tiene los recursos económicos como Margarita Rosa puede acceder a tratamientos, cirugías, tecnologías que retrasan esa exclusión; quien no los tiene, simplemente la sufre sin atenuantes. Así, el edadismo no solo discrimina por edad: también reproduce y profundiza desigualdades de clase, porque convierte el "verse joven" en un privilegio comprable, no en una condición natural del paso del tiempo.
La pregunta de fondo es por qué seguimos construyendo sociedades donde la vejez visible equivale a desdén o exclusión, y por qué esa presión, aunque afecta a todos, cae con más peso sobre las mujeres.
(...) por qué seguimos construyendo sociedades donde la vejez visible equivale a desdén o exclusión (...)
Como advierte la filósofa Martha Nussbaum en Envejecer con sentido, "la sensación generalizada de que la pérdida de capacidades con el envejecimiento es simplemente 'natural' es un gran impedimento para el debate que tanto necesitamos" sobre esta etapa de la vida y sus aportes a la sociedad.
Y como lo afirmo en mi libro Ciudades Sénior, diseñar ciudades y sociedades para la nueva longevidad exige, antes que nada, una conversación honesta sobre el valor de la vejez: reconocer la sabiduría, la plenitud, la libertad y la generatividad —ese compromiso de cuidar y guiar a otros— como aportes tan legítimos como la juventud, y no como su pálida sombra. Esos valores no se sostienen únicamente desde la voluntad individual de cada persona mayor; requieren un entorno político y un acuerdo social que respete la dignidad de la vejez, incluso —y quizás, sobre todo— en su dimensión estética y corporal.
Ese es el debate pendiente. No el rostro de una actriz en particular, sino el espejo colectivo en el que decidimos, como sociedad, qué valor le damos a los años vividos.
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