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Demasiado corazón: lo que se va con Willie Colón
Jimena Puyo Posada

Jimena Puyo Posada

Gestora cultural, consultora y docente

26 de febrero de 2026

Consuela pensar que la muerte de los artistas es la menos definitiva porque queda su obra. Pero en los últimos años, más que una acumulación de muertes aisladas, lo que estamos presenciando en la salsa es algo más profundo: el cierre de un ciclo histórico, el fin de una generación que hizo de la salsa mucho más que un género musical y la convirtió en un sistema cultural total para la comunidad latina: música, industria, identidad y comunidad. Y con ello, también se reconfigura una forma de ser latinos en el mundo. Una forma de habitar la ciudad, de narrar la vida, de tramitar el conflicto y de resguardar la esperanza.

Cuando desaparecen de la escena figuras como Willie Colón, Eddie Palmieri, Rafael Ithier o Roberto Roena —por mencionar solo los últimos que se han ido—, nos toca reconocer que la centralidad cultural que tuvo la salsa en América Latina se ha desplazado hacia el reggaetón. Seguro a cada generación le toca asistir a esa suerte de sepelio de la música con la que creció y, cuando —como yo–, uno se ubica en una generación bisagra entre dos géneros dominantes, se corre el riesgo de no ser capaz de dar el salto; de no conectar con el nuevo lenguaje; de no identificarse o no entender las realidades y experiencias urbanas que desde allí se narran. De tener que seguir buscando esos Ojos llenos de verdad en un pasado que a uno le susurra con más profundidad.

A pesar de que la época dorada de la salsa, como todo, tuvo su final, el movimiento salsero no ha muerto. Los amantes de este universo somos afortunados porque todavía contamos entre los vivos con la presencia de muchos exponentes de esa gran época que siguen activos. También podemos disfrutar de grupos contemporáneos que mueven las mismas fibras que movieron estos titanes —aunque, aceptémoslo, no están tocados por ese hechizo que reunió a tantos genios en una misma época—. Existe un circuito potente de conciertos y festivales; hay lugares encantadores —de siempre y de ahora— para escuchar o bailar una murga, o para pedir los temas que cada uno lleva consigo. En Medellín todavía nos podemos montar en un taxi donde el conductor tiene sintonizado el sonido de las palmeras y le sube el volumen a gusto a los 100.9, Latina Stereo, la mejor emisora de salsa de Colombia, y probablemente del mundo, que hoy puede oírse desde cualquier lugar.

Los amantes de este universo somos afortunados porque todavía contamos entre los vivos con la presencia de muchos exponentes de esa gran época que siguen activos.

El caso es que, para quienes tenemos la salsa metida en el cuerpo, no como gusto sino como pulso, la muerte de El Malo nos golpea. Este nuyorican, sin formación musical ortodoxa, compensó esa ausencia con una intuición musical excepcional que convirtió en método. Su trombón áspero y nasal supuso la ruptura de una estética sonora que empezó a sonar más cruda y experimental. Willie no limpia el sonido; lo comprime. Y en esa compresión se cuela la calle con su congestión, su roce, su tensión. Como explica César Rondón en el Libro de la salsa, con Willie la salsa no es solo música, sino crónica urbana. Canciones como Calle Luna-Calle Sol, Pedro Navaja o Tiburón, cuentan con humor y sarcasmo historias de delincuencia, marginalidad y sobrevivencia.

La obra de este músico está cargada de una visión particular del mundo que dio lugar a un archivo popular de representación cultural, narración social y sentido político. Por esta razón, no es separable de su autor de manera ingenua, pero tampoco se agota en él: queda inscrita en una materialidad sonora que sigue operando, incluso cuando el sujeto cambia.

Volviendo entonces a la obra, en mi caso, fue la Fania —y en especial Willie Colón, Héctor Lavoe y Rubén Blades—, la puerta de entrada a un universo salsero que después se expandiría. Desde su muerte he estado repasando su discografía y, honestamente, no he sido capaz de escoger mi top 5: son muchísimas las canciones que me gustan y que además guardan una parte fundamental de mi archivo vital, pero también el de una generación que aprendió a reconocerse en esas historias.

The Hustler me lleva al Show de Jimmy y a su inconfundible cortina musical con un trombón que no acompaña sino que empuja. Los álbumes Siembra, con Rubén Blades, y Greatest Hits de la Fania cubren los primeros años de mi amor por la salsa y contienen una estructura narrativa del barrio —de nuestros barrios— que me permitió acercarme a realidades muy duras de Medellín sin juzgar. Las canciones de Willie nos enseñaron que el delincuente puede que no sea solo victimario, ni solo víctima, ni héroe romántico, sino una figura de moralidad ambigua que rompe con el discurso institucional de criminalización pura y también con el discurso romántico que idealiza al “maleante”.

Tiempo pa matar me traslada muy concretamente a esa Medellín intimidante y retadora de mi juventud donde urgía sostener la mirada con altivez. ¿Cómo no acordarse de las elucubraciones existenciales alrededor de ¡Oh, qué será! o de ese himno de sabiduría que es Corazón guerrero, que me enseñó que nadie es bueno, y nadie es malo completamente?

No puedo dejar por fuera canciones como Pasé la noche fumando y Guaracha, que fueron mi escuela del dolor y me enseñaron que se podrá perdonar pero nunca se olvida. Tampoco olvido a Gitana, Soñando despierto, Idilio, Mi sueño y Sin poderte hablar… ay, ay, ay, ay: las canciones de los amores imposibles y los alucinamientos. Después llego a Ah-Ah / O-No y los vínculos en los que uno presiente que no puede ganar ni perder y a pesar de todo nunca se da por vencido porque, después de todo tan solo quedamos… con Demasiado…Corazón. Y, al final, cuando a uno le llega el día de la suerte, también aparecen esas palabras que uno quiere oír una y otra vez porque, por la primera vez, es Amor verdadero.

Willie Colón plasmó un relato latinoamericano de la vida en sus letras, arreglos, carátulas y conciertos, que hoy es su verdadero legado.

Se acaba el tiempo biográfico de un gran músico. Permanece el tiempo histórico de su obra. Willie Colón plasmó un relato latinoamericano de la vida en sus letras, arreglos, carátulas y conciertos, que hoy es su verdadero legado.

Gracias por tanta y tan buena música al arquitecto de la salsa, que ahora, como nube viajera, va flotando, va flotando.

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