
En diciembre, mientras el planeta entero anda ocupado escribiendo cartas al Niño Dios, a Papá Noel, a Odín, Krishna o al santo que atienda de turno, los colombianos intentamos algo más complicado: escribirle a un gobernante que conteste.
Los niños piden bicicletas, muñecas o videojuegos. Los adultos, en cambio, pedimos algo más raro y escaso: gestión pública.
Y como ya estamos llegando a la mitad del periodo de alcaldes y gobernadores, dos años de aprendizaje lento, de promesas recicladas, de inauguraciones de obras ajenas y de conciertos tan abundantes como los huecos, decidí sumarme al ritual navideño, pero con la esperanza razonable del contribuyente que sabe que, si no le escribe a una deidad, no pasa nada.
Los niños piden bicicletas, muñecas o videojuegos. Los adultos, en cambio, pedimos algo más raro y escaso: gestión pública.
Querido Niño Dios: usted sabe, porque lo sabe todo, que yo nunca he pedido nada. Nunca le pedí bicicleta, tampoco beca celestial, ni mucho menos milagros administrativos. Le he ahorrado una fortuna en trámites sagrados, y eso debería contar como mérito. Así que considere esta carta una inversión: pequeña, modesta y necesaria.
Le presento, pues, la lista de deseos ciudadanos que usted, si se anima, podría tramitar con la eficiencia que la administración terrenal no conoce.
Niño Dios, quisiera una ciudad menos temerosa,
una noche que no ladre advertencias
ni un viento que huela a amenaza detrás de cada esquina.
Regáleme seguridad verdadera,
no esa de rueda de prensa y cifras optimistas
que se derrite como natilla al primer disparo.
Quisiera parques vivos, no jardines derrotados;
más sudor de niño y menos excusa del funcionario,
más cancha con alma y menos pasto a media asta.
Que el columpio vuelva a sonar a paz
y no a abandono.
Quisiera gobernantes presentes,
no esas sombras que andan en gira permanente;
menos precampaña presidencial
y más barrio, más calle, más gente.
Menos pelea con el Gobierno Nacional
y más ejecución del presupuesto que ya existe.
Quisiera menos lloriqueo público
y más liderazgo que no fatigue.
Menos funcionarios sin perfil, sin rumbo, sin sector,
y más experiencia verdadera,
de técnica, calle y vida,
no de tutoriales en TikTok.
Y ya que usted reparte milagros con generosidad decembrina,
tráigame un transporte que no trate al usuario como ganado,
una gobernanza que escuche antes de posar,
y un gabinete que recuerde, aunque sea por accidente,
para qué cargo lo nombraron.
Agréguele también, por si queda tiempo,
una lupa para la Contraloría,
un despertador para la Veeduría,
y un manual de valentía para el Concejo,
para ver si alguno se acuerda, de una buena vez,
cuál es su función en esta democracia.
Eso pido, Niño Dios:
gobiernos menos de foto y más de obra,
menos de discurso y más de ciudad.
Porque ya es media administración
y los ciudadanos merecemos más que un álbum de inauguraciones heredadas:
merecemos un legado,
no un inventario de lo que otros hicieron.
Mientras usted decide si tiene turno, presupuesto o talante para atender esta súplica, yo
seguiré haciendo lo que hacemos los colombianos desde tiempos ancestrales:
esquivar huecos, sobrevivir al transporte,
hacer fila para todo y sonreír con la esperanza testaruda
de que algún día gobernar sea más que inaugurar obras ajenas.
Total, si Papá Noel reparte regalos en una sola noche,
no debería ser tan difícil pedirle a un gobernante
que ejecute al menos una obra propia antes de que se acabe el período.
Queda la esperanza, terca como siempre,
de que la ciudadanía reciba algo más que anuncios.
Y si el cielo no concede nada,
al menos que lo conceda el gobernante
antes de que el calendario lo alcance.
Gracias por su atención, Niño Dios.
Puede volver con tranquilidad a sus asuntos eternos;
que aquí, en Colombia,
los milagros, si llegan, suelen venir por vía terrenal
y con sello de auditoría pendiente.
Nota: Si usted no cree en el Niño Dios, remita esta carta a Papá Noel, Odín, Krishna o la deidad que corresponda. Todas aceptan peticiones. Otra cosa es que las cumplan.
Copyright © – Minuto60 – 2026