
Creada en 1990 por Artesanías de Colombia y Corferias como una plataforma de encuentro e intercambio cultural y comercial, Expoartesanías se consolidó como la feria artesanal más grande y representativa de Colombia, y como una de las más reconocidas de América Latina y del mundo. Lo digo con conocimiento de causa —y advierto al lector desde el inicio—: estuve vinculada a este evento durante más de cinco años como parte del equipo directivo de Artesanías de Colombia.
Las cifras promedio de los últimos años dan cuenta de su potencia: más de 850 artesanos indígenas, rurales y urbanos, provenientes de todos los rincones del país, y alrededor de 18 mil millones de pesos en ventas. Pero Expoartesanías nunca fue solo un asunto de números. Durante tres décadas fue un evento sin color político construido a partir de aprendizajes colectivos y acumulativos, donde los artesanos ocupaban el centro del relato.
Hoy, tristemente, la feria parece haber invertido sus prioridades. El protagonismo de las directivas se ha vuelto más visible que los propios saberes que dicen celebrar. Los pasillos, agendas y escenarios se contaminan de discursos políticos orientados a explicar que el “gobierno del cambio” es el primero en preocuparse verdaderamente por los artesanos y artesanas del país. El reiterado “por primera vez” se instala como una fórmula discursiva que borra trayectorias, aprendizajes y memorias colectivas.
El reiterado “por primera vez” se instala como una fórmula discursiva que borra trayectorias, aprendizajes y memorias colectivas.
Ese síndrome de adanismo resulta profundamente revelador si se tiene en cuenta que se trata de un evento que cumplió 35 años y de una entidad organizadora con más de 60 años de trayectoria. Al margen de los discursos, la mayoría de artesanos y artesanas, así como los visitantes asiduos, tienen muy claro qué cosas han cambiado realmente en la feria en los últimos años.
Tienen claro, en primer lugar, que la feria nunca había sido utilizada como escenario de proselitismo político, ni inundada de discursos ajenos a su razón de ser.
Saben también que, durante más de treinta años, Expoartesanías fue una feria artesanal donde se rendía culto al saber, al trabajo colectivo y a los oficios y técnicas artesanales, y no un espacio que admitiera toda clase de objetos sin relación alguna con lo artesanal. Asimismo, saben que pasar el filtro de la convocatoria era un honor, símbolo del talento creativo, del esfuerzo sostenido y de la preparación de comunidades enteras. Sabían que iban a un evento que exigía y ofrecía identidad y calidad en igual medida, y resienten hoy el decrecimiento del nivel general de la feria.
Asimismo, saben que jamás, en toda la historia del evento, se habían abierto las puertas sin tener listos los montajes de todos los espacios institucionales, con pabellones enteros cerrados y con la decepción de muchos visitantes que asistieron durante los tres primeros días: precisamente los más importantes, por coincidir con un fin de semana festivo —que concentra un pico de asistencia y ventas— y por la presencia de compradores profesionales que van por lo mejor de la feria.
Recuerdan que hasta hace pocos años los montajes, además de puntuales, eran impecables, pensados para resaltar las piezas artesanales como verdaderas obras de arte y para brindar dignidad, comodidad y tranquilidad a sus creadores. Por eso no se explican cómo fue posible que este año los stands no tuvieran puertas para las bodegas donde guardan su mercancía en la noche y que solo después de tres días se “solucionara” el problema, no con una puerta —que antes les permitía dormir tranquilos—, sino con una tela negra improvisada. Tampoco comprenden una distribución espacial que revela un desconocimiento profundo de las lógicas conceptuales y técnicas de una feria de esta envergadura, que terminó convirtiéndose en un mercado de pulgas que confunde al comprador y anula cualquier relato coherente.
La feria nunca fue un escenario en el que tuviera cabida el trato áspero, ni prácticas de descalificación —ni hacia el equipo organizador, ni hacia los artesanos participantes, ni hacia los visitantes—.
Saben también que la feria nunca fue un escenario en el que tuviera cabida el trato áspero ni prácticas de descalificación —ni hacia el equipo organizador, ni hacia los artesanos participantes, ni hacia los visitantes—, sino una auténtica celebración de encuentros múltiples, donde se respiraba una energía bonita y limpia. Recuerdan, además, que durante décadas la entidad y sus directivas insistieron en no pedir rebaja a los artesanos, sensibilizando a los compradores sobre el valor simbólico, cultural y económico de cada pieza. Por eso hoy les resulta ofensivo un regateo permanente y normalizado, promovido y ejercido desde las propias instancias de dirección.
Del mismo modo, saben que, además del fin comercial, Expoartesanías tiene una importancia cultural mayúscula, en la medida en que reúne a miles de personas alrededor del patrimonio del país, genera conciencia y orgullo por nuestra diversidad étnica, cultural y natural, y demuestra que el patrimonio conecta raíces y tradiciones con valores y necesidades actuales. El sentido de ir a la feria siempre ha radicado en lo que los artesanos y sus comunidades tienen para ofrecer, contar y enseñar: un sistema vivo de relaciones entre territorio, naturaleza y cultura; una revelación de las conexiones entre materias primas, técnicas y comunidades; cientos de historias de memoria, transformación y resistencia.
Por eso, advierten que tantos conciertos, presentaciones y eventos durante la feria —que vaya uno a saber cuánto han incrementado sus costos— distraen al comprador, atraen a un visitante que no compra y terminan afectando directamente la percepción del evento. Pasar de 83 mil visitantes en 2019 (año pre-Covid) a 56 mil este año, debería suscitar una reflexión interna sobre la oportunidad perdida de acercar a miles de personas a nuestra diversidad biocultural y frente a la efectividad de tanta inversión en temas ajenos a los propósitos de la feria.
La organización reporta haber cerrado este año con una cifra histórica de $ 19 mil millones, (...) representaría casi un 3 % de incremento frente al año anterior. (...) Un resultado que desafía toda lógica.
En términos de ventas, la organización reporta haber cerrado este año con una cifra histórica de 19 mil millones de pesos, lo que representaría casi un 3 % de incremento frente al año anterior. Honestamente, un resultado que desafía toda lógica si se consideran, por un lado, los niveles históricamente bajos de asistencia; por otro, un porcentaje significativo de espacios cerrados durante tres días clave de fin de semana; y, finalmente, lo relatado por varios artesanos con quienes hablé el penúltimo día de la feria, quienes reportaban ventas muy por debajo de sus promedios históricos.
Y, sin embargo, pese a todo, aún es posible encontrar en Expoartesanías la belleza y la dignidad de los artesanos y artesanas que siguen cuidando esta feria que es suya: “Estamos acá porque este espacio es nuestro”. “Habrá gente que piensa que uno pierde por las pocas ventas que estamos teniendo este año; pero uno no pierde. A la larga, lo que no podemos es entregar esta feria que hemos forjado durante tantos años”. “Mi esposa no estuvo de acuerdo con que participara por el maltrato que hemos sentido en estos últimos años. Pero yo pensé: cómo no venir; cómo renunciar a procesos y esfuerzos tan grandes míos y de toda mi comunidad”.
También quedan algunos funcionarios y funcionarias que han tratado de sostener y cuidar los procesos y la feria, incluso a costa de su salud mental y emocional, en un ambiente que, a partir de las primeras denuncias por maltrato laboral, fue calificado en una investigación de Casa Macondo como La casita del terror. A ellos, mi admiración y mi abrazo solidario.
El problema de Expoartesanías no es estético ni coyuntural. Es una pérdida de sentido, una inversión profunda de prioridades. Cuando el protagonismo se desplaza del artesano a las directivas, del oficio al discurso político y del saber al espectáculo, lo que se vacía no es solo una feria, sino el sentido mismo del patrimonio que dice celebrarse.
El problema de Expoartesanías no es estético ni coyuntural. Es una pérdida de sentido, una inversión profunda de prioridades.
Ni los artesanos ni los visitantes son ingenuos: todos tienen memoria, criterio y puntos de comparación. Por eso resulta inevitable afirmar que triste legado deja esta administración en la última versión de Expoartesanías que le corresponde liderar.
Mientras termino de escribir esta columna, suena de fondo Cambalache, el desesperanzador tango que dice:
“Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches
se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remaches
ves llorar la Biblia junto a un calefón (…)”.
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