El legado que deja un Mundial en las ciudades sede; Canadá, EE. UU. y México se preparan
La cita orbital acelerará cambios urbanos en Norteamérica: remodelaciones, conectividad y más, pero con impactos que ya han dejado otras ediciones.

Cuando el balón rueda, la ciudad se transforma. No ocurre solo en los estadios ni durante los 90 minutos de juego; ocurre en los aeropuertos que se amplían, en los sistemas de transporte que se aceleran, en los barrios que cambian de valor y en las calles que se convierten en escaparate global.
A poco menos de seis meses del inicio del Mundial 2026, el primero con 48 selecciones y el primero organizado por tres países, Canadá, Estados Unidos y México ya viven una certeza compartida: el torneo no será solo un evento deportivo, sino un experimento urbano, económico y social a gran escala.
Las Copas del Mundo funcionan como catalizadores y obligan a las ciudades sede a ponerse a punto, a mostrar su mejor cara y a justificar inversiones que, en otras circunstancias, tardarían décadas en concretarse. Pero también dejan preguntas incómodas: ¿quién se beneficia realmente del Mundial?, ¿qué pasa cuando se apagan las luces y los turistas se van?, ¿el legado es duradero o solo un espejismo?
Para entender lo que puede ocurrir en 2026, vale la pena mirar atrás. El último Mundial, disputado en Catar en 2022, dejó un laboratorio extremo de transformación urbana. Y antes, Estados Unidos y México ya habían vivido en carne propia lo que significa organizar la cita futbolística más importante del planeta.
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Catar 2022: una transformación pensada para el Mundial
En Catar, el Mundial no se adaptó a las ciudades; las ciudades se adaptaron al Mundial; es más, en algunos casos, se construyeron prácticamente desde cero. Lusail, una urbe planificada para albergar la final del torneo, se convirtió en el símbolo de una apuesta ambiciosa: usar el fútbol como motor para rediseñar el país y posicionarlo como un actor global más allá del petróleo y el gas.
El legado urbano fue inmediato y visible; nuevas líneas de metro, carreteras y aeropuertos ampliados y estadios con tecnologías de refrigeración y diseño modular transformaron el paisaje en menos de una década. Desde la perspectiva de infraestructura, Catar mostró lo que puede lograrse cuando el presupuesto no es una limitación.
Another beautiful night at Lusail Boulevard. Come experience it with us
— Lusail City (@Lusail_City) December 6, 2025
ليلة جميلة أخرى في درب لوسيل
عيشوا التجربة معنا.#Lusail #Thatsmyaddress pic.twitter.com/vqE4hebl7F
Pero el Mundial también expuso las tensiones de los megaeventos y organizaciones internacionales y medios documentaron críticas sobre las condiciones laborales de los trabajadores migrantes que levantaron esas obras. El debate sobre derechos humanos terminó siendo inseparable del análisis del legado, recordando que el impacto de un Mundial no se mide solo en cemento, sino también en sus costos sociales.
Aun así, Catar intentó proyectar una narrativa de herencia sostenible. Algunos estadios fueron desmontados parcialmente, otros reconvertidos en espacios comunitarios, y se creó un fondo internacional de legado para financiar proyectos sociales y deportivos en distintos países.
Lusail FIFA Stadium by Foster + Partners
— Architectural Art (A-A) (@4AAAAart) November 4, 2025
Lusail, Qatar 🇶🇦 pic.twitter.com/12xzgXNsgw
(No se pierda: Alemania amenaza con no disputar el Mundial 2026 por el caso Groenlandia y Estados Unidos)
Estados Unidos y México: cuando el Mundial ya pasó
Para Estados Unidos y México, el Mundial 2026 no es un salto al vacío, ya que ambos países ya fueron sede y conocen, con matices distintos, los efectos del torneo.
En 1994, Estados Unidos organizó un Mundial que rompió récords de asistencia y demostró que el fútbol podía competir con otros deportes en un mercado históricamente dominado por el fútbol americano, el béisbol y el baloncesto. A nivel urbano, el impacto fue más discreto que en otros países: la mayoría de los estadios ya existían y las inversiones fueron contenidas.
Sin embargo, el verdadero legado fue cultural y estructural: el torneo sentó las bases para la creación y consolidación de la Major League Soccer (MLS), la liga estadounidense y canadiense, que hoy es un campeonato estable y en expansión.
USA '94 🏟️ pic.twitter.com/TWW3Eee9jI
— 90s Football (@90sfootball) January 14, 2026
México, en cambio, vivió el Mundial como una experiencia identitaria. En 1970 y 1986, la Copa del Mundo reforzó la imagen del país como epicentro futbolístico de América Latina. El Estadio Azteca se convirtió en un símbolo global y las ciudades sede quedaron asociadas a momentos históricos del deporte. El impacto económico directo fue limitado y desigual, pero el valor simbólico y turístico se extendió durante décadas.
ESTADIO AZTECA, México 86.
— ESTADIOSdeMÉXICO (@MXESTADIOS) January 14, 2026
México vs Paraguay.
Cuando le cabían 110 mil personas. Y era imponente, sin palcos VIP, terrazas, zonas Lounge, asientos premium.
Simplemente inmenso. pic.twitter.com/bcpUF1vTqs
Esa experiencia previa también dejó lecciones. Las grandes promesas de derrama económica no siempre se cumplieron como se esperaba, y los beneficios tendieron a concentrarse en sectores específicos: hotelería, comercio y servicios. El Mundial elevó la visibilidad internacional, pero no resolvió problemas estructurales de desigualdad urbana.
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2026: promesas, cifras y tensiones en las ciudades sede
El Mundial 2026 planea ser distinto a todo lo anterior. Con 16 ciudades sede repartidas entre tres países, la escala del evento no tiene precedentes y las estimaciones hablan de decenas de miles de millones de dólares en impacto económico y cientos de miles de empleos generados directa e indirectamente.
Para ciudades como Nueva York, Los Ángeles, Ciudad de México, Toronto o Monterrey, el torneo aparece como una oportunidad para atraer turismo, inversión y atención global, y fortalecer aun más su imagen ante el mundo.
Canada's opening match at the 2026 FIFA World Cup will be played in Toronto on June 12th, 2026 🇨🇦 pic.twitter.com/fy55LirZge
— FOX Soccer (@FOXSoccer) February 4, 2024
Por su parte, en términos de infraestructura, el enfoque será menos radical que en Catar. La mayoría de los estadios ya existen y las inversiones se concentran en remodelaciones, transporte, conectividad y espacio público. En México, la renovación del Estadio Azteca y las obras en su entorno ya han generado debate entre vecinos que temen el aumento del costo de vida y la presión inmobiliaria.
En Estados Unidos y Canadá, las ciudades anticipan una alta ocupación hotelera y un impulso para sectores creativos y culturales. Sin embargo, las advertencias están sobre la mesa. Experiencias pasadas muestran que los megaeventos pueden acelerar procesos de gentrificación y profundizar desigualdades si no hay políticas de contención.
Sunday 19 July 2026 📆
— FIFA (@FIFAcom) July 19, 2025
In just one year's time, the @MetLifeStadium in New York New Jersey will be hosting another FIFA tournament final 🏆 pic.twitter.com/v5gZs810wx
El legado del Mundial dependerá menos del número de visitantes y más de cómo las ciudades gestionen el después: qué infraestructuras quedan al servicio de la comunidad, qué barrios se benefician y cuáles pagan el precio.
Cuando ruede el balón en 2026, el mundo mirará goles, celebraciones y derrotas. Pero el verdadero partido se jugará fuera de la cancha, en las calles y en los barrios de las ciudades anfitrionas. Allí se decidirá si el Mundial deja un legado duradero.
