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La orfandad política

El voto en blanco es cualquier cosa menos un voto cómodo.

Jimena Puyo Posada
Jimena Puyo PosadaGestora cultural, consultora y docente
20 JUN 2026 - 08:56Actualizado: 20 JUN 2026 - 13:56

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Durante semanas he leído argumentos destinados a convencernos de que el voto en blanco es una forma de cobardía, una renuncia a la responsabilidad democrática, una comodidad moral, una falta de solidaridad o, directamente, una muestra de estupidez. Pareciera que, en tiempos de extremos, la única ciudadanía aceptable fuera la que se alinea disciplinadamente con uno de los dos bandos.

No comparto esa idea.

El voto en blanco es cualquier cosa menos un voto cómodo.

Nos deja mal con todo el mundo. La mitad del país cree que deberíamos votar por su candidato y la otra mitad, por el suyo. No hay aplausos. No hay tribu. No hay refugio. Hay una orfandad política que pesa.

Tampoco es un voto neutral. No es que no tengamos posiciones políticas o principios. Al contrario. Sospecho que la mayoría de quienes hemos llegado a esta decisión podemos reconocer con claridad cuál de los dos proyectos está más cerca, al menos en el plano discursivo, de nuestras convicciones.

Yo lo tengo clarísimo.

No me identifico con Abelardo de la Espriella. Me preocupan profundamente sus propuestas de legalizar el porte de armas en un país que sigue atrapado en múltiples violencias; la idea de crear estructuras de seguridad conformadas por reservistas; la eliminación de la JEP; y las propuestas de retirar a Colombia de la ONU, de la OEA y del Sistema Interamericano de Derechos Humanos. Me preocupa también la visión de sociedad que inspira su proyecto político, donde los avances alcanzados por mujeres, minorías y grupos históricamente discriminados podrían verse restringidos o deslegitimados.

No me identifico con Abelardo de la Espriella.

Por eso mismo, el voto cómodo para mí no era el voto en blanco. El voto cómodo era votar por Iván Cepeda.

Era el voto coherente con buena parte de mi trayectoria pública. Era el voto que menos explicaciones exigía. Era el voto que muchos de mis colegas, estudiantes, amigos y compañeros de trabajo considerarían natural. 

Mi problema no es que Cepeda esté demasiado lejos de mis valores.

Mi problema es que está demasiado cerca de ellos como para que me resulte indiferente lo que ocurrió con el gobierno que promete continuar.

Porque cuando alguien defiende causas que uno considera justas e importantes, la exigencia debería ser mayor, no menor. 

Muchos de sus seguidores repiten que Cepeda no es Petro. Y tienen razón en algo evidente: no hablan igual, no tienen el mismo temperamento ni el mismo estilo. Sin embargo, Cepeda no construyó su candidatura marcando distancia frente al gobierno actual. Por el contrario, prometió continuidad. 

Cepeda no construyó su candidatura marcando distancia frente al gobierno actual.

Solo después de la derrota en primera vuelta comenzó a hablar de la posibilidad de corregir errores, siempre desde un lenguaje tímido, ambiguo y general. Incluso sus nuevas formulaciones —como el paso del “poder constituyente” al “poder ciudadano”— me han parecido más un ajuste retórico que una rectificación de fondo.

Me quedé esperando señales.

Me quedé esperando una autocrítica clara frente a errores evidentes y profundos. Me quedé esperando una reflexión honesta sobre prácticas que terminaron reproduciendo los vicios que el propio Pacto Histórico prometió combatir. Me quedé esperando una explicación convincente sobre cómo evitar que la corrupción, el clientelismo, el nepotismo, la improvisación y la soberbia siguieran deteriorando la confianza ciudadana.

Las señales nunca llegaron. Por el contrario, su permisividad frente a la abierta participación política del presidente durante la campaña; la presencia, en su partido y en su campaña, de figuras cuestionadas frente a las cuales nunca marcó una distancia clara; su negativa a debatir; y el reconocimiento tardío de los resultados de la primera vuelta me generaron hondas inquietudes. No solo sobre su independencia, sino también sobre su talante democrático.

Entonces pensé que quizás las exigencias de una campaña electoral podían explicar algunos silencios y ambigüedades. Y busqué al líder político que durante estos años acompañó desde una posición privilegiada al gobierno que hoy aspira a suceder.

Y tampoco encontré allí las distancias que buscaba.

No las encontré frente a los escándalos de corrupción. Tampoco frente a las múltiples crisis que este gobierno ocasionó, agravó o fue incapaz de contener: la crisis fiscal, la crisis de la salud, las incertidumbres sobre el sistema pensional, los riesgos para la seguridad energética y el abastecimiento de gas, el deterioro de Ecopetrol, los errores en la implementación de la Paz Total y el consecuente fortalecimiento de grupos armados, así como el deterioro de la seguridad y la convivencia en buena parte del país.

Tampoco las encontré frente a resultados decepcionantes en varias de las principales banderas sociales del propio progresismo: la educación, la vivienda social, la ciencia y la innovación.

Y eso es, justamente, lo que más me inquieta: la incoherencia.

Y eso es, justamente, lo que más me inquieta: la incoherencia.

Mientras escucho aterrada las amenazas de De la Espriella de derrotar a la izquierda “por la razón o por la fuerza”, recuerdo también al presidente Petro hablando de guerra a muerte. Y me cuesta entender por qué discursos que hoy reconocemos como peligrosos cuando provienen de un extremo fueron tantas veces minimizados o justificados cuando provenían del otro. 

Dejamos de exigirles a nuestros líderes políticos lo mismo que exigimos a sus contradictores.

La vigilancia ciudadana se volvió en muchos casos selectiva. La crítica dejó de ser una herramienta de control democrático para convertirse en un arma que se utiliza únicamente contra el adversario.

Muchos de quienes denunciaban con razón los abusos, la corrupción o el clientelismo cuando gobernaban otros optaron por minimizar, justificar o directamente reproducir esas mismas prácticas cuando los suyos llegaron al poder.

La verdadera prueba de los principios no es defenderlos cuando gobierna el adversario. Es defenderlos cuando hacerlo implica incomodar a los propios.

Mi voto en blanco nace de esa convicción.

No de la indiferencia. No de la neutralidad. No de la equidistancia.

No de la indiferencia. No de la neutralidad. No de la equidistancia.

Nace de la decisión de no suspender mis estándares de exigencia precisamente frente a las opciones que encuentro más cercanas a mis ideales políticos.

Envidio a quienes, sin renunciar a la mirada crítica, sí encontraron las respuestas necesarias para darle su voto de confianza al candidato que les resultó menos malo. Los envidio porque en esa decisión todavía hay esperanza.

Yo no encontré razones suficientes para confiar.

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