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La Metáfora de la Línea y el Punto: Todo comenzó en el sur de Bogotá

Allí aprendí que una calle nunca es solamente una calle.

Lucy Molano Rodríguez
Lucy Molano RodríguezArquitecta. Experta en participación, cultura ciudadana y gobernanza urbana.
19 AGO 2026 - 11:42Actualizado: 19 AGO 2026 - 16:42

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Durante más de treinta años me he hecho la misma pregunta como arquitecta, servidora pública, profesora universitaria y conferencista: ¿qué pasa debajo de la línea que traza un urbanista para diseñar la ciudad? En realidad, esa línea atraviesa muchos puntos: barrios, familias, memorias, comercios, patrimonio cultural y proyectos de vida. A esa forma de entender el desarrollo urbano la llamé, desde mi tesis de maestría, La Metáfora de la Línea y el Punto.

Con el paso de los años he descubierto que esa manera de entender la ciudad no nació únicamente en la universidad ni en las entidades públicas. Mucho antes de estudiar Arquitectura, la ciudad ya me estaba formando. Crecí en el barrio Inglés, en la localidad Rafael Uribe, al sur de Bogotá. Allí aprendí que una calle nunca es solamente una calle. Es el lugar donde los vecinos se saludan, donde los niños juegan en la calle, donde los pequeños comercios sostienen a cientos de familias y donde el espacio público determina buena parte de nuestra calidad de vida. Sin saberlo, allí comenzaron las primeras lecciones de la metáfora que años después desarrollaría desde la academia.

Con el paso de los años he descubierto que esa manera de entender la ciudad no nació únicamente en la universidad ni en las entidades públicas.

Durante mucho tiempo sentí, como tantos bogotanos, el peso de los prejuicios que todavía existen sobre el sur de la ciudad. Sin embargo, con los años comprendí que crecer allí me regaló una forma de comprender Bogotá que hoy considero uno de mis mayores privilegios.

Mientras estudiaba Arquitectura en la Universidad Nacional descubrí que me interesaba más comprender cómo se construye la vida urbana, cómo se relacionan las personas con el espacio público y de qué manera el diseño de una ciudad puede mejorar o deteriorar la calidad de vida de quienes la habitan.

Tuve además el privilegio de terminar mi carrera en una época excepcional. Hacia 1993, la Universidad Nacional tenía como rector a Antanas Mockus y como secretario general a Paul Bromberg. Dos años después ambos liderarían una política pública que cambiaría la manera de entender Bogotá: la Cultura Ciudadana. Por primera vez una administración demostró que transformar una ciudad no dependía únicamente del cemento y las grandes obras, sino también de fortalecer la confianza entre los ciudadanos, el respeto por las diferencias y el cuidado de lo público. Poco tiempo después ingresé a trabajar en ese equipo, en la Gerencia de Espacio Público, una experiencia que cambiaría para siempre mi forma de ver y sentir la ciudad.

Más adelante ingresé al Instituto de Desarrollo Urbano (IDU), donde trabajé cerca de veintiséis años. Allí impulsamos una idea que con el tiempo se convirtió en un modelo de gestión pública para los proyectos de infraestructura: una obra no termina cuando se inaugura. Su verdadero éxito depende de la relación que logra construir con las comunidades antes, durante y después de su ejecución. Por eso, la cultura ciudadana no puede ser un componente accesorio; debe planearse con el mismo rigor con el que se diseñan los puentes, las vías o el Metro de Bogotá.

(...) una obra no termina cuando se inaugura. Su verdadero éxito depende de la relación que logra construir con las comunidades antes, durante y después de su ejecución.

Fue precisamente mientras realizaba mi maestría y trabajaba en el IDU cuando aquella pregunta encontró una primera respuesta. La construcción del tramo de la Avenida Comuneros, entre la carrera Novena y la Avenida Circunvalar, resolvía un problema de movilidad, pero dejaba enormes inconsistencias sobre el espacio público, el patrimonio cultural, las viviendas y, especialmente, sobre las personas que vivían allí.

Entonces comprendí el verdadero significado de mi metáfora. La línea representa la infraestructura que trazamos sobre los planos: una avenida, una troncal, una línea de metro o un cable aéreo. Los puntos representan todo aquello que esa línea atraviesa y transforma: barrios, familias, memorias, comercios, patrimonio, sueños y proyectos de vida.

Durante años escuché a ciudadanos decir que una obra había mejorado el tráfico, pero no necesariamente su calidad de vida. Muchas familias vendían sus viviendas, otras veían deteriorado su entorno y numerosos espacios públicos terminaban convertidos en lugares residuales. No era un problema exclusivamente de ingeniería; era una manera incompleta de entender el desarrollo urbano.

Afortunadamente también tuve la oportunidad de comprobar que otra forma de hacer ciudad es posible. En TransMiCable, en Ciudad Bolívar, logramos corregir varios de los errores que habíamos cometido en proyectos anteriores. El proyecto estuvo acompañado por procesos de diálogo con la comunidad, mejoramiento del espacio público y construcción de equipamientos que fortalecieron el territorio. El resultado fue mucho más que un sistema de transporte: se fortaleció el sentido de pertenencia, se ampliaron las oportunidades para miles de habitantes y surgió una nueva relación entre la ciudad y un territorio históricamente olvidado.

Pero mi manera de entender la ciudad no proviene únicamente de los grandes proyectos. También nació de las lecciones cotidianas que recibí en mi barrio de infancia.

Pero mi manera de entender la ciudad no proviene únicamente de los grandes proyectos. También nació de las lecciones cotidianas que recibí en mi barrio de infancia.

Desde hace cuarenta y tres años mi mamá atiende personalmente el restaurante de gastronomía patrimonial “Doña Fa”, en el barrio Inglés. Crecí viendo cómo un pequeño restaurante podía convertirse en el corazón del barrio; un lugar donde varias generaciones de vecinos se encuentran, conversan y construyen confianza. Allí aprendí que preparar y servir un buen plato también es una forma de servir a la comunidad, y que la perseverancia y el amor por el servicio fortalecen el tejido social de un barrio.

Por eso hoy reivindico con orgullo mis orígenes en el sur de Bogotá. También hago un llamado a revisar cuál es la ciudad que diseñamos, construimos y conservamos en el norte y en el sur de la capital. Mientras buena parte de las localidades del sur cuentan con apenas entre tres y cuatro metros cuadrados de espacio público efectivo por habitante, varias localidades del norte alcanzan entre ocho y diez. Esa diferencia no es solo una cifra: refleja décadas de desarrollo desigual y explica, en parte, muchas de las brechas que aún persisten en la calidad de vida de sus habitantes.

Han pasado muchos años desde que escribí La Metáfora de la Línea y el Punto como tesis de maestría. Hoy sigue siendo la idea que orienta mi trabajo, mis investigaciones y las conversaciones que comparto desde mi plataforma de YouTube que lleva el mismo nombre. Porque cada nuevo proyecto confirma la misma convicción: las ciudades no se transforman únicamente trazando nuevas líneas sobre los planos. Se transforman cuando aprendemos a mirar todos los puntos que existen debajo de ellas: las personas, sus historias y sus sueños.

¿Cuál cree que es la mayor deuda que Bogotá aún tiene con el sur de la ciudad?

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