El poeta, la impunidad y la luz de esperanza: 20 años del crimen de Óscar Salas
El caso de Óscar Salas parecía condenado al olvido. Dos décadas después de su muerte en una protesta universitaria, la investigación revivió.

El día que mataron a Óscar, Ana Benilda, su mamá, se la pasó doblando ropa negra. Esa noche no pudo dormir. Un frío escurridizo le congeló las entrañas y estaba preocupada porque su papá aún seguía hospitalizado en el Líbano, Tolima. Cuando salió el sol, se hizo un café y se preparó para lo peor. Sacó la plancha, las telas de luto y un par de maletas por si tenía que salir corriendo para el pueblo a despedirlo.
Estando en esas sonó el teléfono, era su mamá:
- Mija, ¿qué está haciendo?
- Bien, mami, ¿por qué?, ¿cómo está mi papá?
- No, mija, él está bien, fui a verlo al hospital y está mejor. Lo que pasa es que en la universidad hay una revuelta y allá estaba Óscar y parece que le dispararon en un pie.
Ana tiró el teléfono y salió corriendo con la ropa que tenía puesta. Le gritó a cuanto carro pasó por ahí hasta que paró un taxi. Ella vivía en Fontibón y a Óscar lo tenían en la clínica Fundadores, cerca de la Universidad Nacional de Bogotá.
En el camino no dejaba de pensar en lo que había hablado con su hijo la noche anterior. Era el miércoles 8 de marzo del 2006, Día de la Mujer. Óscar pasó el martes a dejarle unas flores, era tarde, como las 9 o 10 de la noche. Le rogó que se quedara, pero él tenía una reunión con un grupo de militantes del Polo Democrático Alternativo.
“Mire la hora que es, papi, no sea desconsiderado conmigo porque mire la angustia que me da. Nosotros ya no vivimos en el pueblo, vivimos en una ciudad llena de peligros. Y además que no me gusta todo lo que usted hace porque es peligroso, papi, a la gente buena no la dejan vivir”.
El poeta del pueblo
A Óscar no le gustaba que su mamá fumara, pero esa noche, antes de irse, fue a la tienda y le compró una cajetilla. Antes de despedirse, cruzaron unas últimas palabras, proféticas y poéticas. Él era poeta, dueño de una pluma sensible y profunda que contrastaba con un humor negro rocoso.
- Papi, ¿y si me le pasa algo?
- Mami, muy fácil, me entierra...
- No tengo ni para comprar una panela, voy a tener para un ataúd...
- Entonces, pues me queman, me queman y echan mis cenizas en el parque del Líbano, al frente de la emisora.
Ana Benilda recuerda esa conversación con inquietante nitidez y, 20 años después, sigue sin entenderla por completo. También recuerda que esa noche quedaron en verse al otro día, recuerda su voz, recuerda a su niño tímido que cuando cumplió 14 años empezó a desbordar generosidad y amor. Más de 7.300 días después, sigue recordando.
“En el colegio era muy noble, él le regalaba las onces que se le daban, su dinero, de pronto a niños que no llevaban qué comer”, me cuenta Ana sobre su hijo. La escucho al otro lado del teléfono. Tiene una voz firme, es espontánea y de una memoria casi fotográfica aunque no quiere reconocerlo.

Óscar Salas nació en el Líbano, Tolima, y se graduó del colegio Isidro Parra. Cortesía
Cada anécdota que me suelta es una reflexión de la vida. Como el día en que iba en el carro y vio a un habitante de calle tirado en el andén del Teatro Andino arropado con la cobija que llevaba varias semanas buscando en la casa, o cuando Óscar se le perdió por varios días porque se fue para el sur del Tolima -a Icononzo le parece recordar-, a ayudar a fundar una emisora y a enseñarle crochet a los indígenas.
Él era técnico en radio, actor de teatro, artesano… Pero, sobre todo, era poeta. Ese era su lenguaje del amor. Al que conocía le escribía. “Comenzó desde muy niño, desde los 9 años empezó a escribir poesía. Él se hacía amigo de una persona o se sabía la historia de una persona y de una vez le hacía una poesía y se le regalaba”.
De hecho, después de que le mataron a su hijo, a Ana Benilda le empezaron a llover obras de él. “Yo sabía que él escribía y él tenía sus libros en la casa y todo, pero lo que yo no sabía era que él le regalaba poesía a todo el mundo: a los profesores, a los compañeros, a los vendedores de dulces, a los habitantes de calle”.
El 8 de marzo del 2006, tras una intervención del Esmad en una protesta universitaria, murió a un poeta. Y también murió la piedra angular de la emisora Café 93,5 FM del Líbano. Salas, como le decían algunos de sus amigos, entró a trabajar con ellos cuando tenía 16 años y ahí empezó a hacerse conocido en el pueblo.
No solo se hizo referente por lo que hacía en la emisora, sino fuera de ella. Recogía mercados, ollas y preparaba comida para los más necesitados. Enseñaba artesanía, regalaba ropa y divertía a niños y adultos con su talento teatral.
Del Isidro Parra a la Universidad Distrital
Cuando se graduó de bachiller, del colegio Isidro Parra, se presentó a la universidad Distrital de Bogotá. Ese año fue uno de los mejores puntajes. Su hermano, Julián, hizo lo propio pero en la Nacional. Ambos estaban listos para armar maletas e irse a conquistar la capital. Pero Ana no iba a dejar a sus hijos solos, así que cogió a sus muchachos, una maleta, y a Laura, la hija menor, y se fueron todos.
Llegaron al barrio Policarpa en Bogotá en el 2003. “La situación económica pues no era nada fácil en ese momento. Y ellos se tenían que ir a la universidad a pie. O sea, si ellos entraban a la clase a las 7 de la mañana, ellos salían a las 5 de la mañana para llegar caminando”.
Así pasó un buen tiempo. Ana trabajaba en lo que saliera al día para tenerle algo de comer a sus hijos cuando llegaran. Todo cambió cuando su hermano le cedió un puesto de comidas rápidas en Fontibón, por la zona franca, cerca al aeropuerto. Con eso las cosas mejoraron, pero Óscar esta vez no quiso irse con su mamá.
Creó una fundación con unos amigos y encontraron apoyo para abrir una casa en el barrio Santa Isabel en la que vivían y comían unos 12 pelaos universitarios que estaban en una situación similar: sin comida, sin techo, sin transporte. De nuevo, Óscar, así como lo hizo por tanto tiempo en su Líbano, empezó a organizar paneladas y reunir mercados para darle de comer a los más necesitados, pero en Bogotá.
A eso le tenía miedo Ana. Los habitantes de calle de pueblo son diferentes a los de la ciudad, pensaba. “Qué tal que un día no alcance la aguapanela y me le hagan algo al muchacho”. Por eso cuando el martes 7 de marzo, en la noche, Óscar le dijo que tenía una reunión, le rogó que no fuera.

Tras ser herido, Óscar fue trasladado a la clínica Fundadores. Una multitud lo acompañó hasta el centro médico. Archivo particular
La horrible noche
Cuando Ana llegó a la clínica Fundadores no entendía qué estaba pasando. Una multitud desbordaba el lugar. Tambores, arengas, gritos, periodistas, policía, indígenas, universitarios, caos, música, cientos de velas en el andén, miles de flores, pancartas gigantes, llanto, ira.
“Pero le dispararon en un pie”, pensó.
Como pudo llegó a la entrada de urgencias y el celador le impidió el paso. “Soy la mamá del joven que hirieron en la universidad Nacional”, gritaba, con la garganta deshaciéndose, con la vida detenida.
Cuando logró pasar por encima de cualquiera que estuviera atravesado y entró al hospital, una enfermera la estaba esperando con un vaso de agua y una pastilla.
Ella no se tomó nada, “dónde está mi hijo”, seguía rasgándose la voz. Cuando lo vio botado en una camilla, en el corredor, separado por una cortina de tela casi transparente, completamente desnudo, con aparatos embutidos en su cuerpo y con cuatro policías custodiándolo como si se tratara de un delincuente peligroso a punto de escapar, Ana se derrumbó sin dejarse ir al suelo.
“Yo le decía: ‘Viva, como quede, pero viva, no se me muera, no se me vaya, no me deje’”. Pero Óscar ya se había ido. El respirador seguía funcionando, pero su cerebro, alcanzado por una canica asesina, ya había colapsado. Cinco minutos después apareció Julián, su hermano.
A diferencia de su mamá, él no logró sostenerse y cuando vio a su compañero de vida muerto, se derrumbó. Simplemente cayó. Su cabeza se estrelló con un borde y la sangre, histriónica como suele ser, inundó las baldosas blancas de la sala de urgencias de la clínica los Fundadores.
“Yo sentía que se me habían muerto los dos, Dios mío, no. No te imaginas, o sea, te estoy hablando y no quiero, pero tengo ganas de llorar”. Ana, no recuerdes más, le digo. El día que le dispararon a Óscar, supo ella tiempo después, él no estaba protestando, fue a la Nacional a recoger a su hermano porque habían acordado ir juntos a donde su mamá a celebrar el día de la mujer.
Un asedio
La madre que acababa de perder a su hijo, acababa de perder también la paz de su vida para siempre. No sabía que Óscar ya era un símbolo, una figura del pueblo, una luz de esperanza de un país en decadencia.
En la misma sala de hospital los periodistas, embutidos como buitres, la abordaban con preguntas que no tenían respuestas y racimos de abogados le pasaban tarjetas para hacerse cargo del caso. Toda la gente de afuera, le dijeron, es la misma que estaba en la protesta contra el TLC que Álvaro Uribe estaba promoviendo con Estados Unidos.
Ana Benilda no soportó más y se desmayó, pero sacó fuerzas para permanecer junto a su hijo durante tres días en el hospital, sin bañarse, sin tocar bocado. Él tenía muerte cerebral. Mientras tanto, a 303 kilómetros, en la emisora Café 93,5 lo despedían.
“Faltan segundos para la 1 de la mañana y en Bogotá será desconectado el cadáver de nuestro compañero, nuestro amigo, nuestro hijo, Óscar Salas, uno de los valores más altos con que contaba nuestra emisora”.
La Universidad Distrital alzó la mano y se hizo cargo de la velación. El homenaje fue multitudinario. Miles de personas pasaron a despedirse del poeta. Su ataúd se llenó de banderas, de poemas, de lapices, de flores, y Ana Benilda lo único que quería era despedir a su hijo.
“Cuando llegó el carro funeral, cuando lo iban a echar al carro, la gente no dejaba. Yo gritaba que él va dentro del carro fúnebre, pero no, la gente dijo que no, hasta se pusieron groseros conmigo porque me decían que Óscar no era mío. Que Óscar era una semilla, que yo nada más lo había creado, pero que Óscar era del pueblo y que el pueblo podía hacer lo que quería con él”.
El féretro fue llevado al cementerio central, donde permaneció por varios años. Ana Benilda seguía en Bogotá, aunque quería morir.

Aunque Ana Benilda pidió que su hijo fuera llevado al cementerio en un carro fúnebre, la gente prefirió cargarlo y llevarlo a pie. Archivo particular
La vida después de la muerte
Los primeros meses después del entierro fueron un túnel sin días. No quería comer, no quería hablar, no quería levantarse de la cama. Solo se escapaba al cementerio, como si el camino hasta la tumba fuera una cuerda que todavía la amarraba a su hijo. Iba en silencio, con una botella de agua y una bolsa con flores baratas, se sentaba frente a la tumba y hablaba sola durante horas.
Su hija Laura tenía seis años y no entendía por qué su mamá lloraba tanto. A veces la encontraba abrazada a la almohada de Óscar. Otras veces la escuchaba decir su nombre en la madrugada, como si estuviera llamándolo desde un sueño. La niña pasó meses de mano en mano entre vecinos y familiares mientras Ana trataba de aprender a respirar de nuevo.
Pero el duelo no era solo suyo. En Bogotá y en el Tolima el nombre de Óscar empezó a circular como un símbolo. En marchas, en murales, en panfletos universitarios. El poeta que escribía versos a vendedores de dulces y habitantes de calle ahora aparecía pintado en paredes grises, con el rostro joven congelado en el tiempo.
Ana no sabía si sentirse orgullosa o robada. “Yo quería que Óscar fuera mío -dice- solo mío”. Pasaron los años y un día entendió que eso ya no era posible. La ciudad lo había adoptado. Mucho después vino otra batalla. Ana decidió que no podía dejar a Óscar enterrado tan lejos de su casa. Bogotá le parecía demasiado fría para un muchacho del Líbano, un pueblo donde las montañas arropan a su gente.
Así que empezó un proceso largo y doloroso: permisos, trámites y papeles para sacarlo de esa tumba y cremarlo, como pidió. Cuando por fin lo logró, lo llevó de regreso al Tolima. A su pueblo. Una multitud recibió sus cenizas y una noche, sin que nadie supiera, lo puso en el parque donde él mismo había dicho que quería descansar alguna vez, medio en broma, medio en poesía.
Han pasado casi veinte años desde aquel 8 de marzo. Ana Benilda sigue recordando cada detalle. El taxi, la cortina de tela del hospital, el ruido de los respiradores, la sangre de Julián en el piso blanco. Hay escenas que el tiempo no borra; apenas les baja el volumen.

La emisora Cafe 93,5 FM marcó la vida de Óscar Salas y allí le hicieron un homenaje cuando Ana Benilda llevó sus cenizas al Líbano. Archivo particular
La sombra de la impunidad
Durante los primeros años después del crimen, la búsqueda de justicia de Ana Benilda fue también un aprendizaje brutal sobre cómo funciona -o no funciona- la justicia en Colombia. Dos años después de la muerte de Óscar, la Fiscalía la citó para una diligencia que, según recuerda, terminó siendo una especie de juicio contra su propio hijo.
Allí, dice, la trataron con frialdad y le hicieron sentir que los culpables eran ellos, la familia. En medio de esa reunión, la fiscal del caso lanzó una conclusión que dejó a Ana paralizada. Sostuvo que Óscar no había sido asesinado, sino que había muerto por un accidente provocado por él mismo.
Según esa hipótesis, el joven estaba manipulando un papa bomba que se le habría caído de las manos, reventando contra el pavimento del puente de la 30 con 45, frente a la Nacional, y lanzando una bola de cristal que terminó incrustada en su ojo. Con base en esa versión, el caso fue archivado semanas después.
La historia no terminaba ahí. En otra ocasión, esa misma fiscal llegó incluso a decirle a la madre que su hijo no era un estudiante universitario, sino un “capucho”, un encapuchado de las protestas que había provocado una justa reacción del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad).
Para Ana Benilda, aquella frase fue una herida que todavía recuerda con claridad. No solo habían matado a su hijo, también estaban intentando convertirlo en el culpable de su propia muerte. El archivo del proceso llegó apenas dos años después del crimen. Para reabrirlo, los abogados de las víctimas tuvieron que iniciar una batalla jurídica que se prolongó durante casi tres años.
Amenazas y presiones
Mientras ese pulso judicial avanzaba a paso lento, Ana vivía otra clase de presiones. Fue amenazada múltiples veces y tenía que cambiar de casa cada tanto. Le llegaron panfletos e incluso su hija por poco es secuestrada. Le exigían que renunciara a la justicia.
Pero no solo eran presiones de seguridad. En 2007 fue citada a la Dirección General de la Policía en Bogotá. Según contó, llegó acompañada por su abogado, pero a él no lo dejaron entrar. La hicieron subir sola.
La mantuvieron allí desde las ocho de la mañana hasta casi las tres de la tarde, sin siquiera un vaso de agua, sometida a un interrogatorio que, narra, consistía en las mismas veinte preguntas repetidas una y otra vez. En algún momento de esa reunión le dijeron que dejara de insistir, que iba a perder cualquier proceso contra el Estado. Luego vino la propuesta: treinta millones de pesos para cerrar el asunto y no “molestar más”. Ana se levantó de la silla y se fue.
En los años siguientes, el expediente empezó a peregrinar de despacho en despacho, cada uno retomando el proceso desde donde lo había dejado el anterior, como si el tiempo judicial estuviera condenado a reiniciarse siempre desde el principio.
Hubo momentos en que Ana dejó de esperar algo de la Fiscalía. Protestó, denunció, incluso llegó a encadenarse frente a la institución para exigir que el caso avanzara. Pero el cansancio también llega. Después de tantos años golpeando puertas que no se abrían, dejó de llamar, dejó de viajar a Bogotá, dejó de preguntar. El expediente seguía existiendo, pero ella había empezado a resignarse a que su hijo quedara atrapado en esa zona gris que en Colombia se llama impunidad.
Por eso la llamada que recibió casi dos décadas después la tomó por sorpresa. Un fiscal nuevo había recibido el caso y la buscó. Le dijo que la investigación seguía viva, que no estaba prescrita y que había razones para pensar que podía retomarse con otro rumbo.

La familia Salas completa. Ana Benilda con sus tres hijos. Cortesía
La justicia que camina despacio
Durante casi dos décadas el caso de Óscar Leonardo Salas Ángel pareció condenado a quedarse quieto en un archivo judicial. No fue una metáfora. Literalmente estuvo guardado en una carpeta, pese a los esfuerzos de sus abogados del colectivo José Alvear Restrepo, que nunca dejó sola a Ana Benilda.
En realidad eran doce. Doce cuadernos judiciales de trescientas páginas cada uno, apilados en un expediente que narraba, folio tras folio, cómo un muchacho de 19 años murió durante una protesta universitaria el 8 de marzo de 2006 en Bogotá.
“Ya son cerca de una decena de fiscales los que han pasado por el caso”, explica el fiscal en diálogo con Minuto60. La razón por la que terminó en su escritorio fue casi burocrática, uno de los fiscales anteriores fue trasladado a otro cargo y su carga de trabajo tuvo que repartirse entre varios despachos. Entre los cien procesos que llegaron a sus manos estaba también el de Óscar.
Lo primero que hizo fue abrir la carpeta. Y leer. Leer sin parar hasta llegar al final. Ese es, dice, el único modo serio de enfrentarse a un expediente de ese tamaño. “Cada cuaderno tiene trescientas páginas. Me demoré más o menos quince días en leerlo completo”.
Quince días para recorrer veinte años de investigación fragmentada. Pero el caso de Óscar no cayó en cualquier despacho. El fiscal que lo recibió trabaja en una unidad donde se acumulan algunos de los expedientes más pesados de la historia reciente de Colombia.
En su carga de trabajo están, por ejemplo, las investigaciones por el asesinato de líderes políticos como Carlos Pizarro León-Gómez, Bernardo Jaramillo o Manuel Cepeda Vargas. Más recientemente también recibió procesos derivados del magnicidio de Luis Carlos Galán.
“Ahí está toda la historia contemporánea del país”, dice. La verdad real, no la verdad oficial. En medio de esos nombres enormes apareció también el de un muchacho que escribía poemas y hacía radio comunitaria: Óscar Salas.
Un caso que nunca prescribió
Cuando el fiscal empezó a revisar el expediente había una pregunta inevitable. ¿Por qué el caso seguía abierto? En Colombia, explica, la regla general es que los homicidios prescriben penalmente a los veinte años. Es decir, pasado ese tiempo ya no se puede perseguir penalmente a los responsables.
Pero al avanzar en la lectura de los cuadernos el fiscal encontró algo que cambiaba completamente el panorama. “Cuando iba por el tercer cuaderno ya sabía que en ese caso habían participado exclusivamente agentes estatales”. Ese detalle modifica todo el reloj judicial.
Cuando en un crimen participan servidores públicos, el tiempo de prescripción se amplía en una tercera parte. Eso significa que el plazo no es de veinte años, sino de veintiséis años y ocho meses. Ese margen fue lo que mantuvo vivo el expediente. Pero el fiscal insiste en que ese tiempo no es una excusa para que la investigación siga aplazándose.
“No voy a esperar seis años más. Estoy trabajando para que este mismo año se produzca al menos la primera imputación”, explica. Sería la primera vez, en veinte años, que un agente del Estado es formalmente acusado por la muerte de Óscar.
Una investigación que nació torcida
Al revisar los primeros folios del expediente el funcionario encontró algo que explica, en parte, por qué la investigación se estancó durante tantos años. “Este caso nació torcido”, advierte sin rodeos.
La expresión no es casual. Según su lectura, desde el inicio se cometieron errores graves en la investigación. El caso quedó inicialmente en manos de una fiscal de la unidad de vida de Bogotá que, según él, no condujo correctamente las primeras diligencias.
Durante los primeros años del proceso se extraviaron piezas fundamentales del expediente como grabaciones, registros, fotos, documentos médicos. Algunas pruebas desaparecieron, otras nunca se recolectaron adecuadamente. El resultado fue una investigación incompleta que durante mucho tiempo avanzó con enormes vacíos probatorios. Para la familia de Óscar, aquello se sintió como una segunda muerte.
Luego, el expediente empezó a revelar una estructura más compleja que la simple responsabilidad individual de un patrullero. El fiscal lo explica como una cadena. En los operativos antidisturbios hay jerarquías muy claras. En la base están los agentes que disparan los dispositivos. Encima están los suboficiales que coordinan el grupo. Más arriba aparecen oficiales que supervisan el operativo. Y por encima de todos está la comandancia del escuadrón.
“Cuando ocurre algo así no participa solo el patrullero. Hay una cadena de mando que puede llegar hasta el coronel del escuadrón”, comenta, advirtiendo que la justicia puede llegar hasta ese rango. El análisis del expediente apunta a que el disparo que mató a Óscar habría salido de un arma de dispersión conocida como TruFlay, utilizada por el Esmad.
En teoría, ese dispositivo no es un arma letal. Está diseñado para lanzar gases lacrimógenos o granadas aturdidoras que deben dispararse en trayectoria curva hacia el aire para dispersar a una multitud.
Pero la investigación judicial sugiere que, en algunos operativos, esos dispositivos eran manipulados de forma irregular. El fiscal lo describe con crudeza. Después de disparar la carga original del dispositivo, algunos agentes recogían las carcasas y las rellenaban con objetos improvisados: arandelas metálicas, fragmentos duros, bolas de vidrio. Luego volvían a dispararlas. Cuando se recalza así, ese dispositivo se convierte en un arma letal. Ese patrón aparece también en otros casos investigados por la Fiscalía.
El patrón de las protestas
En el curso de la investigación el fiscal empezó a mirar el caso de Óscar no como un hecho aislado, sino como parte de una serie de muertes ocurridas en operativos antidisturbios durante esos años.
Uno de los nombres que inevitablemente apareció en ese análisis fue el de Nicolás Neira, un estudiante de secundaria que murió en Bogotá en 2005 tras recibir el impacto directo de un proyectil disparado por el Esmad durante una manifestación del Primero de Mayo.
“No es un caso insular”, explica. Según su análisis, en un período de aproximadamente dos años ocurrieron al menos cuatro muertes adicionales con características similares: jóvenes manifestantes muertos durante operativos del escuadrón antidisturbios. Para la Fiscalía, ese patrón podría abrir la puerta a una hipótesis mucho más grave. La posibilidad de que no se trate de hechos aislados, sino de un ataque sistemático contra civiles en contextos de protesta.
La apuesta por la lesa humanidad
Esa hipótesis es la razón por la que el fiscal está intentando algo poco común en un caso como este. Buscar que el asesinato de Óscar sea declarado crimen de lesa humanidad. La figura jurídica es excepcional.
“Para lograrlo hay que demostrar que estos casos hacen parte de un mismo patrón”, explica. La estrategia jurídica consiste en asociar varios expedientes similares para demostrar que existía un modo de operar repetido dentro de ciertos operativos del escuadrón antidisturbios.
No significa que todos los casos se investiguen juntos, pero sí que puedan analizarse como parte de un mismo fenómeno. Si esa tesis prospera, el caso de Óscar no solo seguiría vigente judicialmente. También pasaría a formar parte de la categoría más grave de crímenes reconocida por el derecho internacional.

Cronología del caso de Óscar Salas. Minuto60 con uso de tecnología
Veinte años después
Han pasado casi dos décadas desde aquella mañana de marzo. Para Ana Benilda el tiempo no se mide en años sino en audiencias, diligencias y promesas de justicia que nunca terminan de llegar. Cuando el fiscal la llamó por primera vez para hablar del caso, ella no sabía qué esperar. Durante años había escuchado versiones similares.
Pero esta vez hubo algo distinto. “Le dije que para mí su hijo es un héroe. Y que ella también es una heroína”, confesó el funcionario judicial. Al caso hoy en la Fiscalía lo llaman Luz de Esperanza. “Eso fue lo que me dijo la señora Ana Benilda cuando la llame, que yo era su última luz de esperanza".
Veinte años después, el expediente sigue abierto, pese a tantas dificultades, como que el principal testigo, un agente del Esmad que hizo parte del operativo de ese día, y que por años estuvo dispuesto hablar, simplemente desapareció, se cree que huyó a Ecuador por amenazas tras haber aparecido dando entrevistas sobre el caso.
Hace escasas dos semanas se realizó la reconstrucción de los hechos y aparecieron, casi como un milagro, nuevos testigos. Una chica que estuvo en la protesta de ese 8 de marzo, que entonces estudiaba derecho y que hoy es jueza de la República, es una de ellas. La justicia parece, finalmente, dejar ver su rostro.
El próximo 13 de marzo se encenderán 7.310 velas en la Universidad Nacional: una por cada día que la justicia ha tardado en llegar desde que un disparo apagó la voz de un poeta de 19 años.
“Cuando hables,
cuando cantes,
cuando vivas y sientas;
no te olvides que debes cantar,
gritar a lo alto, que se escuche tu grito,
y el eco se expanda por los oídos sordos del amor,
por los rincones vacíos y exhaustos del silencio.
Cuando llores, no acabes del todo tu lucha,
cuando rías, no dejes que tu llama pierda dignidad,
porque hasta ahí éstas serán palabras muertas escritas por un amigo llamado el poeta”.
Óscar Salas Ángel, Q.e.p.d