Murió Beatriz González, la artista que convirtió el dolor de Colombia en memoria
A los 93 años falleció Beatriz González, maestra del arte colombiano cuya obra convirtió el dolor del conflicto en memoria colectiva.

Este viernes 9 de enero de 2026 Colombia despide con profundo pesar a Beatriz González Aranda, una de las artistas plásticas más influyentes de su generación. Nació en Bucaramanga, Santander, en 1932 y falleció en Bogotá a los 93 años, dejando un legado artístico que marcó profundamente el diálogo entre arte y memoria en el país.
González no fue solo una creadora de imágenes; fue una testigo sensible de las heridas sociales y políticas de Colombia. Su obra, que abarcó pintura, dibujo, gráfica y escultura, tradujo en lenguaje visual los estados de dolor, duelo y resistencia que atravesaron generaciones impactadas por el conflicto armado interno.
Mi homenaje en vida a la maestra Beatriz González, con una retrospectiva plastilínica de su obra. Q. E. P. D. pic.twitter.com/NJrS7ikn71
— ¿Se lo explico con plastilina? (@altereddie) January 9, 2026
Una vida dedicada a narrar lo colombiano
Desde joven, Beatriz sintió el pulso de su país. Su formación comenzó en la Universidad de los Andes, donde estudió artes bajo la mira de destacados maestros, y luego se consolidó con estudios de grabado en la Academia de Bellas Artes de Róterdam.
Su obra emergió con fuerza en 1964 con su primera exposición individual en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, y desde entonces su carrera creció hasta posicionarse entre los artistas más representativos del arte moderno y contemporáneo de Colombia.
González exploró personajes cotidianos, líderes políticos, ídolos deportivos, iconos religiosos e imágenes de culturas precolombinas. Así logró una mirada crítica y profunda sobre la identidad nacional, rescatándola de estereotipos y tensiones sociales.
Ha fallecido a los 93 años la artista plástica, historiadora y crítica de arte colombiana Beatriz González.
— Nubia E. Rojas G. (@NubiaERojas) January 9, 2026
“Los suicidas del Sisga”, basada en una noticia vista en el periódico, es su obra más conocida y el año pasado cumplió 60 años. pic.twitter.com/dRAPeAZSsr
El arte como espacio de duelo y memoria
Si algo definió la obra de Beatriz González, fue su capacidad para transformar imágenes tomadas de la prensa en poderosos testimonios visuales. En series como “Los suicidas del Sisga” (1965), la artista recreó en diálogos de color y forma escenas tomadas de una fotografía periodística, marcando una de sus primeras incursiones en lo que podría identificarse con un pop art local, aunque cargado de crítica sociopolítica.
A partir de la década de los 80, su trabajo adoptó una tonalidad más elegíaca y comprometida con las víctimas de la violencia. Obras como Entierro en el Museo Nacional o las figuras de la serie Las Delicias llevan grabadas las huellas del sufrimiento colectivo y el duelo permanente.
En 2009, González realizó una de sus intervenciones más conmovedoras: “Auras Anónimas”, en el Cementerio Central de Bogotá.
Con miles de siluetas impresas sobre nichos abandonados, convirtió ese espacio en un monumento público para la memoria de los muertos anónimos del conflicto, un gesto artístico y ético que simboliza la lucha contra el olvido.
Un legado que trasciende fronteras
La obra de Beatriz González no se limitó a Colombia. Fue presentada en importantes museos y bienales del mundo, desde la Tate Modern en Londres hasta exposiciones internacionales en México, Berlín, Madrid y Nueva York, consolidando su voz como una de las más significativas del arte contemporáneo latinoamericano.
Más allá de su estilo, que combinó humor, ironía y crítica, lo que la caracterizó fue su apropiación del imaginario popular para hablar de temas universales: la pérdida, la violencia y la memoria histórica.
Su arte fue siempre una invitación a reflexionar sobre la sociedad que fuimos, la que somos y la que queremos ser.
Beatriz González deja un legado incuestionable: el de una artista que no solo representó imágenes, sino que les devolvió humanidad y significado. Su obra seguirá siendo un puente entre el pasado y el presente, un recordatorio de que la memoria, como su arte, puede ser un acto de justicia.
