Perfil | Ramón Jesurún, el intocable patrón del fútbol colombiano
No comienza en la Federación ni en los grandes despachos internacionales, sino en Barranquilla.

En el fútbol colombiano hay cargos… y hay poder. Y si hay un nombre que encarna ese poder en su máxima expresión es el de Ramón Jesurún Franco, recientemente reelegido como presidente de la Federación Colombiana de Fútbol. Su figura no solo representa continuidad, sino la consolidación de una estructura que ha sabido sostenerse durante años, resistiendo escándalos, crisis deportivas y cambios políticos, siempre con él en el centro de la toma de decisiones. Para muchos dentro del ecosistema del balompié nacional, Jesurún no es simplemente un dirigente: es el verdadero patrón del fútbol colombiano.
Su historia, sin embargo, no comienza en la Federación ni en los grandes despachos internacionales, sino en Barranquilla, en el corazón de una red de poder donde el fútbol, la política y los negocios conviven sin fronteras claras. Allí aparece una figura clave para entender su ascenso: la familia Char. El vínculo entre Jesurún y ese poderoso clan empresarial y político no es anecdótico, es estructural. En el entramado que permitió la reconstrucción del Junior de Barranquilla como institución dominante en el Caribe, nombres como el de Alberto Mario Pumarejo fueron determinantes para convencer a Fuad Char de retomar las riendas del club, y en ese proceso emergió Jesurún como parte de ese círculo de confianza que entendía el fútbol no solo como deporte, sino como negocio y plataforma de influencia.
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Su llegada al fútbol colombiano
Ese ecosistema fue su trampolín. Desde ahí construyó una carrera dirigencial que lo llevó primero a la presidencia del Junior y luego a la de la Dimayor, donde durante casi una década se consolidó como un operador político eficaz dentro del fútbol colombiano. Su capacidad para tejer alianzas, negociar con clubes y mantener equilibrios internos le permitió dar el salto definitivo en 2015 a la Federación, en un momento clave para el país futbolero. Desde entonces, no ha soltado el poder.
Ya instalado en la cima, Jesurún entendió que el fútbol moderno no se juega solo en la cancha. Bajo su administración, la Federación se transformó en una máquina de ingresos: nuevos patrocinadores, acuerdos comerciales internacionales y una imagen de marca fortalecida que convirtió a la Selección Colombia en un producto global. A esto se suman las inversiones en infraestructura, con sedes de alto nivel en Barranquilla y Bogotá que no solo modernizaron la logística del equipo nacional, sino que reforzaron el discurso de gestión eficiente.
Jesurún, en la Federación Colombiana de Fútbol
Pero el poder de Jesurún no se limita a Colombia. Su influencia se extiende a Sudamérica y al mundo. Como miembro del Consejo de la FIFA, ha logrado posicionarse como un actor relevante en las decisiones del fútbol global, en una relación cercana con Gianni Infantino que le ha permitido tener voz en escenarios donde se define el rumbo del deporte. En la Conmebol también es un hombre de peso, capaz de incidir en debates clave y de sostener alianzas estratégicas que refuerzan su posición.
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Sin embargo, todo ese poder ha convivido con polémicas que nunca han terminado de desaparecer. El caso más emblemático es el de la reventa de boletería para las eliminatorias al Mundial de Rusia 2018, un escándalo que sacudió los cimientos del fútbol colombiano y que dejó al descubierto un sistema que, según las autoridades, favoreció la especulación y perjudicó a miles de hinchas. La Federación fue sancionada y el nombre de Jesurún quedó inevitablemente ligado a ese episodio, aunque él ha defendido su actuación y ha logrado mantenerse firme en el cargo, sin que el escándalo erosionara de forma definitiva su poder.
Esa capacidad de supervivencia es, quizás, su mayor fortaleza. Jesurún ha demostrado que en el fútbol colombiano no basta con ganar partidos: hay que saber moverse en los pasillos, construir lealtades y sostener estructuras. Su relación con los Char, su paso por Junior y Dimayor, su llegada a la Federación y su proyección internacional son piezas de un mismo rompecabezas: el de un dirigente que entendió cómo funciona el poder en el deporte y que ha sabido administrarlo con precisión.
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Hoy, con su reelección, el mensaje es contundente. En un país donde los ciclos suelen ser cortos y las crisis frecuentes, Ramón Jesurún sigue ahí, más fuerte que nunca, controlando los hilos del fútbol colombiano desde las oficinas, pero con impacto directo en cada decisión que se toma dentro y fuera de la cancha. Para sus críticos, es la cara de un sistema cerrado; para sus aliados, el hombre que le dio estabilidad y músculo financiero al fútbol nacional. Pero para todos, sin excepción, es el nombre que define quién manda realmente en este negocio.
