Pastelería Lucerna: el sabor más dulce de Pereira que fue arrasado por el terremoto
La pastelería Lucerna, uno de los sitios más querido por los pereiranos que abrió en 1959, fue otro de los locales arrasados por el letal terremoto.

Hay lugares que no se construyen con ladrillos, sino con recuerdos. Para los pereiranos, cruzar las puertas de la pastelería Lucerna en el centro de la ciudad nunca fue un acto meramente comercial; era un viaje directo a la infancia, una tregua dulce en medio del afán diario. Fundada en 1959 por el inmigrante suizo Max Jourdan, la Lucerna logró lo que pocos negocios consiguen: fundirse con la identidad de un pueblo hasta volverse parte de su patrimonio afectivo.
Durante 67 años, este sitio, ubicado en una esquina de tradición europea y corazón cafetero vio pasar generaciones enteras. Era el punto de encuentro obligado para los abuelos que compartían un café por las tardes, el premio dominical para los niños que devoraban sus deliciosas papas a la francesa, los famosos helados veteados, y el orgullo local que se empacaba en cajas de turrones de maní para enviar a los familiares que vivían lejos, muy lejos.
Las vitrinas de este 'delicioso lugar', repletas de milhojas perfectas, copas Selva Negra y cucuruchos crujientes, custodiaban los momentos más felices de miles de hogares. Allí se celebraron bautizos, se consolidaron amores y se cerraron importantes negocios, siempre bajo el aroma inconfundible del pan recién horneado y el dulce artesanal.
Este es el mensaje alentador de la Pastelería Lucerna
Por eso, ver las imágenes de su sede principal destrozada golpeó el alma colectiva de Pereira. Ver desmoronarse el escenario de tantos momentos felices provocó un dolor compartido que trascendió las pérdidas materiales. No caían solo muros; se resquebrajaba un fragmento vivo de la historia urbana de la capital de Risaralda.
Sin embargo, la verdadera esencia de una ciudad se mide por la entereza de su gente ante la adversidad. En este momento de profunda nostalgia, hacemos llegar nuestra más sincera solidaridad a los propietarios, a los trabajadores que día a día daban vida al salón de té, y a todas las familias y empresas vecinas que también lo perdieron todo en la tragedia. Pereira se caracteriza por su empuje, por esa hospitalidad cívica que levanta lo que el destino derriba.
El dolor da paso a la esperanza. La misma empresa que endulzó las vidas de los pereiranos durante sesenta años dejó un mensaje contundente de resistencia en sus redes sociales, acompañado de las duras imágenes de la destrucción: "Juntos volveremos más fuertes haciendo parte del renacer de nuestra querida Pereira".
Esas palabras no son solo una promesa empresarial; son un pacto con la ciudad y el país La historia de Max Jourdan que comenzó a mediados del siglo pasado no termina aquí.
La receta de su permanencia no está en los hornos destruidos, sino en la memoria de cada cliente y en la resiliencia de un equipo humano dispuesto a empezar de nuevo.
Lucerna volverá a abrir sus puertas, el olor a hojaldre regresará al centro de la ciudad y los pereiranos volverán a sonreír alrededor de una mesa, demostrando que la tradición es inmune al fuego y a la destrucción.
