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El opinador profesional, o el inspector de vidas ajenas

La sociedad tiene una extraordinaria habilidad para convertir la vida de los demás en formulario de control de calidad.

Fernando Ardila Patiño
Fernando Ardila PatiñoDocente universitario desde 1996, directivo de programas, estudioso de la normativa.
07 OCT 2026 - 16:10Actualizado: 07 OCT 2026 - 21:11

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Nuestra sociedad cuenta con un departamento que funciona con una eficiencia admirable y que, hasta donde se sabe, todavía no aparece en el presupuesto nacional: el Departamento Nacional de Opiniones Sobre la Vida Ajena.

No tiene sede conocida, pero está en todas partes. Uno sale a la calle y aparece el funcionario de turno: Estás muy gordo, Te vas a enfermar. Una persona baja de peso y, apenas recupera la dignidad frente al espejo, aparece otro: Estás muy flaco, ¿Te pasa algo? Si no tiene hijos, ¿Y ustedes para cuándo? Si tiene un hijo, ¿Y el hermanito? Si tiene dos hijos, ¿Van a parar ahí? Si decide no casarse, ¿Y entonces qué estás esperando? Si se casa, ¿Y los hijos? Y si finalmente tiene hijos, el mismo comité ciudadano vuelve a reunirse: ¿Pero sí era el momento? Uno empieza a sospechar que, en realidad, no existe una respuesta correcta. Existe, eso sí, la respuesta que todavía no ha sido criticada.

La sociedad tiene una extraordinaria habilidad para convertir la vida de los demás en formulario de control de calidad. Demasiado gordo, Demasiado flaco, Muy solo, Mal acompañado, Sin hijos, Con demasiados hijos, Muy ambicioso, Poco ambicioso. Y siempre hay alguien dispuesto a informar que, según su experiencia personal, usted está viviendo incorrectamente. Qué servicio tan completo.

Zygmunt Bauman describió una modernidad en la que muchas de las antiguas certezas se volvieron frágiles, cambiantes, “líquidas”. Las instituciones, los vínculos, las identidades y hasta las formas de pertenencia dejaron de tener la solidez de otros tiempos.

Pero hay algo que parece haber sobrevivido bastante bien al naufragio de las certezas: la necesidad de decirle al otro cómo debería vivir. Es decir, Vivimos proclamando la libertad individual como uno de los grandes valores de la época, pero parece que esa libertad viene con un pequeño asterisco: Usted es libre de vivir como quiera, siempre que lo haga de una manera que no incomode demasiado a los demás. El cuerpo, por ejemplo, se convirtió en una obra pública. Todo el mundo tiene licencia para opinar sobre él. Si engorda, debe adelgazar. Si adelgaza demasiado, debe engordar. Si hace ejercicio, seguramente está obsesionado. Si no hace ejercicio, se está descuidando. Si come ensalada, qué aburrimiento. Si come fritanga, qué irresponsabilidad. El cuerpo dejó de ser simplemente el lugar donde uno vive para convertirse en, un proyecto interminable de remodelación. Y eso tiene una ventaja extraordinaria para el mercado: el proyecto nunca termina.

Pero hay algo que parece haber sobrevivido bastante bien al naufragio de las certezas: la necesidad de decirle al otro cómo debería vivir.

Siempre falta algo, Un kilo menos, Un músculo más, Una arruga menos, Un tratamiento nuevo, Un suplemento, Una dieta, Una aplicación, Un entrenador, Un espejo que, convenientemente, tampoco parece estar satisfecho. El consumidor perfecto es aquel que nunca termina de gustarse, Pero la vigilancia social no se limita al cuerpo. También administra la familia. 

Durante siglos nos dijeron que había que casarse y tener hijos. Ahora nos dicen que hay que desarrollarse profesionalmente, viajar, emprender, vivir experiencias y conservar todas las opciones abiertas.

El problema es que las viejas expectativas no desaparecieron. Simplemente se pusieron a pelear con las nuevas.

Es como participar en un concurso cuyo reglamento cambia después de cada respuesta. Probablemente allí esté una parte del problema. Cuando las antiguas formas de pertenencia se debilitan, necesitamos nuevas maneras de sentir que pertenecemos a algo. Y juzgar puede ser una de las más baratas. Porque señalar al que está, mal, permite establecer rápidamente quiénes somos nosotros: nosotros somos los normales; él es el raro. Nosotros comemos bien, Él come mal, Nosotros tenemos familia, Él está solo, Nosotros trabajamos, Él es conformista, Nosotros sabemos criar hijos, Él no sabe, Nosotros tenemos una vida correcta, Él necesita orientación, Y así, por unos minutos, la existencia recupera un orden admirable. El universo puede estar colapsando, pero por lo menos el vecino está demasiado gordo.

Bauman habló de las “comunidades de guardarropa”, esas formas de agrupación efímera alrededor de acontecimientos, emociones o espectáculos compartidos. En ellas, las personas encuentran temporalmente una identidad común. La crítica cumple a veces una función parecida, Nos une. No necesariamente alrededor de una causa noble, sino alrededor de una víctima. El gordo, El flaco, El soltero, La divorciada, El que no tiene hijos, La que tuvo demasiados, El que se viste raro, La que envejeció, El que todavía vive con los padres, Siempre hay alguien disponible para convertirse en el ejemplo de lo que, nosotros, no somos. 

Y ahí aparece el chisme, esa maravillosa tecnología social de bajo costo. No requiere infraestructura, No requiere capacitación, No requiere presupuesto, Solo necesita dos personas y una tercera que no esté presente, ¿Supiste lo de…? Y comienza la ceremonia, Uno aporta información, Otro agrega interpretación, Un tercero inventa contexto, Al cuarto ya le diagnosticaron la personalidad, Y al quinto, naturalmente, ya le resolvieron la vida.

Y ahí aparece el chisme, esa maravillosa tecnología social de bajo costo.

El chisme tiene además una ventaja psicológica formidable: permite hablar de uno mismo sin hablar de uno mismo. Mientras discutimos el matrimonio del vecino, no tenemos que mirar el nuestro. Mientras analizamos el cuerpo de otra persona, no tenemos que preguntarnos qué relación tenemos con el nuestro. Mientras juzgamos las decisiones de los hijos ajenos, podemos evitar revisar las propias. La vida del otro funciona como una cortina de humo. Y quizá por eso algunas personas parecen tener una dedicación casi profesional a vigilar la existencia ajena. No es curiosidad, Es auditoría. Hay gente que no pregunta: ¿Cómo estás? Pregunta: ¿Por qué estás así? No escucha, Investiga, No conversa, Levanta un expediente. No acompaña, Dictamina.

Y detrás de esa necesidad permanente de corregir al otro puede haber muchas cosas: inseguridad, necesidad de control, comparación social, prejuicios, frustraciones propias o, simplemente, una incapacidad bastante elemental para entender que, la vida ajena no es un bien de uso público. 

También puede haber algo más sencillo e incómodo: juzgar a otro puede hacernos sentir superiores durante unos minutos. No necesitamos ser extraordinarios, Basta con encontrar a alguien que, según nuestro criterio, esté peor. Es una estrategia de autoestima verdaderamente económica. No tengo que subir para sentirme más alto, Solo necesito señalar a alguien que está más abajo. Y así llegamos a una de las grandes obsesiones de nuestra época: la jerarquía. Porque muchas de estas opiniones no buscan realmente ayudar. Buscan ordenar.  ¿Quién está arriba? ¿Quién está abajo? ¿Quién tiene éxito? ¿Quién fracasó? ¿Quién tiene el cuerpo correcto? ¿Quién tiene la familia correcta? ¿Quién ganó? ¿Quién perdió?

La sociedad puede haber cambiado sus discursos, sus tecnologías y sus formas de consumo, pero conserva una vieja fascinación por las escalas.

Necesitamos saber quién pertenece, quién manda, quién merece admiración y quién debe sentirse un poquito avergonzado.

Por eso la crítica cotidiana puede ser mucho más que una simple grosería, Puede ser un mecanismo de pertenencia, Al señalar al diferente, reafirmamos nuestra propia normalidad. Al corregir al otro, nos colocamos momentáneamente por encima. Y al hablar de su vida, conseguimos algo todavía más extraordinario: sentimos que la nuestra está bajo control. Aunque no lo esté. Quizá por eso deberíamos sospechar un poco de quienes siempre saben exactamente cómo deberían vivir los demás.

Por eso la crítica cotidiana puede ser mucho más que una simple grosería, Puede ser un mecanismo de pertenencia,

Porque hay una diferencia entre aconsejar y colonizar. Entre preocuparse y entrometerse. Entre acompañar y administrar la existencia ajena. Y, sobre todo, entre pertenecer a una comunidad y necesitar que alguien sea declarado inferior para sentir que pertenecemos. Quizá el verdadero problema no sea que la gente opine demasiado, Eso parece irreversible. El problema es que hemos confundido opinión con autoridad; Creemos que porque tenemos una lengua podemos usarla como licencia de inspección. Y no. Que alguien tenga sobrepeso no convierte su cuerpo en asunto público.

Que alguien no tenga hijos no convierte su útero o su decisión en tema de debate nacional.

Que alguien se divorcie no lo convierte en patrimonio del vecindario.

Y que nosotros hayamos tomado una decisión determinada no significa que el resto de la humanidad esté obligada a repetirla.

La vida no es una junta de copropietarios.

Y, por fortuna, tampoco necesitamos que todos vivamos igual para demostrar que pertenecemos a la misma especie.

Quizá una sociedad verdaderamente madura no sea aquella donde todos piensan igual, comen igual, se casan igual, tienen hijos igual y envejecen siguiendo el mismo manual.

Quizá sea aquella donde podamos mirar al otro y resistir una tentación muy humana: la de convertir su diferencia en nuestra superioridad. 

Porque al final, detrás de buena parte del chisme, de la crítica y de esa irresistible necesidad de preguntar “¿y usted por qué no…?”, aparece una pequeña verdad bastante incómoda: quien necesita vigilar permanentemente la vida de los demás probablemente está intentando tranquilizar alguna parte de la propia.

Y entonces quizá convenga dejar de preguntar tanto si el otro está gordo, flaco, casado, soltero, con hijos, sin hijos, exitoso, fracasado o feliz. Podríamos intentar algo mucho más revolucionario: dejarlo vivir.

Aunque eso nos quite una buena parte de la conversación del domingo.

Y, para ciertos inspectores voluntarios de la vida ajena, semejante pérdida sería verdaderamente dramática. Después de todo, ¿qué harían con tanto tiempo libre?

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