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El boom latino no es moda: es historia, música y reivindicación

Entre listas globales y grandes eventos, la música latina gana visibilidad y reactiva debates sobre identidad, poder y representación.

El boom latino no es moda: es historia, música y reivindicación
La latinidad en escena: música e identidad. - Crédito: Fotomontaje Minuto60

La creciente visibilidad de la música latina en el mainstream global ha venido acompañada de una serie de fenómenos que invitan a la reflexión. Desde la revalorización de identidades históricamente invisibilizadas, pasando por la transformación de un mercado musical anglo tradicionalmente excluyente, hasta la aparición de figuras públicas que reivindican su latinidad desde la herencia familiar y no necesariamente desde el territorio.

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A esto se suma la presencia de artistas latinos en escenarios antes ajenos, como grandes eventos deportivos, de moda o religiosos, y el renovado interés por géneros como la salsa dentro del pop y la música urbana. Más que respuestas cerradas, estos procesos abren preguntas sobre identidad, mercado, apropiación cultural y el lugar que hoy ocupa la latinidad en la cultura global.

Para analizar estos procesos, Minuto60 conversó con dos especialistas que abordan el fenómeno desde miradas complementarias. Por un lado, Mariana Castro, socióloga, quien analiza la música y la cultura popular como espacios de disputa simbólica e identitaria. Por otro, Bob Téllez, investigador musical, cuyo trabajo se centra en los cruces entre historia, sonido y construcción cultural en América Latina. A partir de sus lecturas, esta nota busca poner en contexto y analizar el llamado boom de la latinidad sin darlo por sentado.

De la invisibilización a la revalorización

La identidad latinoamericana no ha ocupado siempre un lugar central en el imaginario cultural global. Por el contrario, durante décadas, aquello que era considerado legítimo, moderno o deseable estuvo atravesado por una mirada eurocentrista que relegó lo latino a los márgenes. Para la socióloga Mariana Castro, el mainstream cultural es un espacio de disputa simbólica, donde lo que se percibe como “cool” o digno de atención cambia en función de tensiones sociales, políticas y culturales.

Desde una mirada histórica, el investigador musical Bob Téllez explica que, a partir de los años cuarenta, los Estados latinoamericanos comenzaron a construir identidades nacionales modernas utilizando la cultura popular y particularmente la música, como herramienta de cohesión, pero también de jerarquización. En ese proceso, algunos rasgos culturales fueron exaltados mientras otros quedaron neutralizados. Con el crecimiento de las clases medias urbanas, se instaló una mirada aspiracional hacia Europa y Estados Unidos, asociando la modernidad con sonidos como el rock, el pop o el jazz, y relegando lo latinoamericano a lo rural o a lo “atrasado”.

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Cultura latina. Canva

Las dictaduras del Cono Sur y los conflictos armados en Centroamérica profundizaron esta fractura cultural. Aunque surgieron expresiones musicales de resistencia, como la Nueva Canción, estas construyeron una identidad latinoamericana solemne y épica que, con el tiempo, perdió conexión con nuevas generaciones. Según Castro, el escenario actual también se explica por el clima político contemporáneo, marcado por el resurgimiento de discursos conservadores y la romanización de lo blanco, lo ordenado y lo “puro”. Frente a este contexto, la revalorización de la identidad latina aparece como una forma de resistencia simbólica.

Téllez identifica un punto de inflexión en los años noventa, cuando la globalización y el neoliberalismo desarman narrativas rígidas y dan paso a identidades más híbridas, atravesadas por clase, etnia y territorio. En ese proceso, lo latino deja de ser una categoría fija y se transforma en una búsqueda. Géneros como la salsa, la cumbia, el hip hop o el reggae comienzan a ocupar el centro de la experiencia cotidiana, ya no desde la consigna política, sino desde la vida diaria y lo popular.

Hoy, coinciden ambos especialistas, la revalorización de la latinidad no responde a una esencia única ni a una tradición inmutable. Se trata, más bien, de una relectura sin complejos, atravesada por tensiones entre resistencia, mercantilización y apropiación cultural, en un escenario donde la identidad latinoamericana vuelve a disputarse su lugar en el centro del mainstream.

Del filtro cultural a la rentabilidad

Durante décadas, el mercado musical anglo funcionó como un sistema excluyente que operaba a modo de filtro cultural. El idioma era una frontera clara y el origen latino se convertía, muchas veces, en una marca que limitaba cualquier posibilidad real de proyección internacional. No se trataba solo de gustos musicales, sino de una estructura que decidía quién podía entrar y quién quedaba fuera.

Según el investigador musical Bob Téllez, esta lógica comenzó a transformarse en los últimos años por una razón concreta: el mercado dejó de dictar el gusto y empezó a seguirlo. El crecimiento exponencial de la población latina en Estados Unidos volvió económicamente insostenible seguir ignorando la música producida en español. En ese escenario, la apertura ya no responde a un gesto simbólico de inclusión, sino a una decisión basada en la rentabilidad.

Téllez subraya que, aunque la música es identidad, cultura y patrimonio, también es una industria. Y como tal, responde a dinámicas económicas. El interés del mercado anglo por los artistas latinos no surge únicamente de una valoración cultural tardía, sino del reconocimiento de audiencias masivas dispuestas a consumir música en español.

Un ejemplo clave de esta transición es Juanes, quien desde el inicio de su carrera internacional sostuvo el español como eje central de su identidad artística. Su eslogan, “se canta en español”, no solo funcionó como declaración estética, sino como una postura política y comercial. Aunque exploró ocasionalmente otros idiomas, su obra se consolidó mayoritariamente en español, demostrando que era posible internacionalizarse sin renunciar a la lengua propia.

En síntesis, desde finales de los años noventa y con la llegada del nuevo milenio, el éxito global de diversos artistas ha puesto en evidencia que el idioma dejó de ser un obstáculo cuando existen públicos amplios dispuestos a escuchar. Más que una ruptura total con el pasado, este cambio refleja una reconfiguración del poder cultural, donde el mercado ya no impone unilateralmente sus reglas, sino que se ve obligado a adaptarse a las audiencias que crecen y se hacen escuchar.

Latinidad heredada y visibilidad global

La mayor visibilidad de la música latina ha contribuido a legitimar formas de identidad basadas en la herencia cultural y no solo en el territorio. Para personas con raíces familiares en América Latina, la música funciona como un puente simbólico que habilita pertenencias más flexibles y visibles dentro del mainstream global.

Al normalizar el español y los sonidos latinos en el centro de la cultura pop, la música amplía las formas de reconocerse como latino o latina. Sin embargo, este proceso también convive con dinámicas de mercado que pueden simplificar o estetizar la identidad, abriendo tensiones entre reivindicación cultural y apropiación. Aun así, la música se consolida como un espacio clave para disputar y resignificar qué significa hoy la latinidad.

¿Por qué Karol G y Bad Bunny hoy ocupan escenarios globales?

La presencia de artistas como Karol G y Bad Bunny en espacios históricamente ajenos a lo latino, como el Super Bowl, la NFL o grandes eventos de la industria cultural global, abre lecturas diversas sobre las razones de su ascenso y el significado de su impacto. Para el investigador musical Bob Téllez, el fenómeno de Bad Bunny no puede entenderse únicamente desde la identidad latina ni desde el talento artístico, sino desde dinámicas de poder político y económico que atraviesan la industria musical. En su lectura, el éxito del artista responde a agendas culturales y políticas que operan desde estructuras empresariales específicas, lo que invita a mirar el fenómeno con escepticismo y a no asumirlo automáticamente como una victoria cultural de lo latino.

Desde una perspectiva distinta, la socióloga Mariana Castro propone leer estos casos como ejemplos complejos dentro de un proceso más amplio de revalorización de la identidad latina en el mainstream. Para ella, tanto Karol G como Bad Bunny destacan porque no blanquean ni despolitizan su arte, sino que lo utilizan conscientemente como una herramienta política y cultural. En lugar de suavizar su identidad para encajar, apuestan por visibilizarla en toda su dimensión: lo popular, lo ruidoso, lo diverso y lo históricamente marginado.

Castro subraya que estos artistas recuperan y dignifican raíces musicales profundamente latinas, como la salsa, el merengue o el reggaetón, integrándolas en un discurso contemporáneo que no se disocia del contexto político. En el caso de Bad Bunny, su último álbum es leído como una obra abiertamente política, que aborda temas como la gentrificación, la discriminación a migrantes, el blanqueamiento cultural y la expulsión de comunidades locales, particularmente en Puerto Rico, pero también en otros territorios latinoamericanos.

Desde esta mirada, la llegada de estos artistas a escenarios globales no se explica solo por el crecimiento demográfico latino o por el atractivo comercial del mercado, sino por la potencia de un mensaje que interpela el clima político actual. Un mensaje que incomoda, que nombra procesos de colonización moderna y que cuestiona la reducción de lo latino como simple estética. Para Castro, es precisamente esa honestidad política y cultural la que conecta con audiencias globales y convierte a estos artistas en referentes de una latinidad que no busca ser aceptada, sino reconocida.

¿Por qué las marcas miran hoy al mercado latino?

El interés de las marcas por el mercado latino responde, en primer lugar, a un cambio en la forma en que hoy se construyen las modas y lo que se entiende como “cool” en el mainstream. Ya no son unos pocos curadores quienes imponen tendencias, sino audiencias diversas y masivas que influyen directamente en el consumo cultural.

En ese escenario, lo latino históricamente asociado a lo ruidoso, lo colorido y lo no pulido, entra en disputa con ideales tradicionales de blanquitud, orden y limpieza que durante décadas dominaron la industria. Para las marcas, este giro resulta atractivo porque el mercado se ha democratizado y diversificado, pero también abre la puerta a tensiones profundas.

La apertura de espacios antes reservados a estéticas blancas no garantiza una comprensión real de las apuestas sociales y políticas que atraviesan a los artistas latinos. Por el contrario, muchas veces estos procesos derivan en apropiación cultural y mercantilización, donde la música y la identidad se despojan de su contenido político para volverse productos empaquetables, reproducibles y vendibles.

Así, lo latino se celebra como algo “diverso” y “divertido”, pero sin necesariamente atender a los contextos, las historias y los conflictos que esos sonidos y estéticas buscan visibilizar.

La salsa nunca se fue: memoria, identidad y diálogo con lo urbano

Más que hablar de un regreso, el renovado interés por la salsa dentro del pop y la música urbana puede entenderse como una reactivación de su lugar histórico dentro de la identidad latinoamericana. Para el investigador musical Bob Téllez, la salsa nunca desapareció: siguió funcionando como un lenguaje común capaz de conectar generaciones, territorios y experiencias. En un panorama musical marcado por la inmediatez y el consumo acelerado, este género ofrece algo que hoy muchas audiencias jóvenes están buscando: relato, contexto e historia.

La salsa nació como una música migrante, afrodescendiente y urbana, gestada por comunidades latinas en Nueva York. Desde su origen, funcionó como crónica popular, capaz de narrar la vida cotidiana, el desarraigo, la fiesta y la resistencia sin idealizar el pasado. En ese sentido, no compite con los sonidos contemporáneos, sino que los reconfigura, recordando que la identidad latina se construye desde la mezcla y no desde la pureza.

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Desde una mirada sociológica, Mariana Castro subraya el valor cultural y político de que artistas urbanos incorporen ritmos tradicionales como la salsa, la cumbia o el merengue en sus producciones actuales. Para ella, este gesto responde a una necesidad de culturalizar y politizar la identidad latina dentro de un género que hoy representa globalmente a la región. Rescatar estos sonidos no es un ejercicio nostálgico, sino una forma de memoria histórica, un reconocimiento a los ritmos que pavimentaron el camino de la música urbana contemporánea.

Castro también destaca que esta fusión resulta honesta y profundamente arraigada en la experiencia de los propios artistas. Aunque crecieron en un entorno dominado por la música urbana, sus referentes familiares como padres y abuelos estuvieron marcados por la salsa, el bolero o la cumbia. La incorporación de estos géneros funciona, así como una juntanza generacional, donde pasado y presente dialogan sin jerarquías.

En el mapa actual de la música latina, la salsa sigue cumpliendo su función original: recordar quiénes somos, conectar historias y reafirmar que la identidad latinoamericana no es lineal ni homogénea, sino un espacio vivo de cruces, herencias y resignificaciones constantes.

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